Un día estaba medio perdido en el desierto de San Luis Potosí con un conocido. Estábamos lejos de la civilización, empezaba a hacer frio, habíamos caminado todo el día, nos quedaba bastante trayecto para llegar al pueblo y no nos quedaba comida… pero una luna grande nos alumbraba para llegar a nuestro destino. Me sentía mal, como si estuviera enfermo y el aire me penetrara hasta los huesos; en un momento de desesperación me encomendé a Dios y le pedí ayuda, y de repente sentí detrás de mí una presencia magnífica. Era tan grande que no me atreví a mirarla de forma directa; sentí que allí estaba bien, en su regazo. Todavía recuerdo vívidamente la sensación de confianza, seguridad y amor que sentí en ese momento.
Años después, en varios retiros de meditación volví a sentir esa mezcla de seguridad, esperanza, tranquilidad y amor que me produce la divinidad. He sentido esa conexión muchas veces y, si medito (sentado o caminando, rezando, orando o cantando), puedo sentir esa sensación de plenitud espiritual en la cual me siento totalmente en paz. Sé que esa fuerza existe y, si me esfuerzo, me puedo unir a ella, y siento que al final de mi vida lo haré, regresaré a ella.
Esta fuerza —llamémosle energía divina, emanación espiritual o, simplemente, sensación— la he encontrado buscando en mí mismo, al igual que se puede encontrar en muchas religiones. La puedo sentir con Cristo, con la Virgen María, a veces con la Sagrada Trinidad y otras cuando, a través de la meditación, me sumerjo en lo que creo que es la naturaleza de la mente, o algo similar a lo que los budistas denominan «bodichita». Sogyal Rimpoché, un gran maestro budista a quien tuve el honor de conocer en un retiro, decía que «el Nirvana es la mente volcada hacía si misma sumida en su propia reflexión», mientras que, por el contrario, «el Samsara es la mente proyectada hacia el exterior sumida en sus propias proyecciones». Algunas veces, cuando meditaba en el mismo recinto que él intentando reposar en mi interior pude sentir la libertad de estar junto a una persona iluminada, la calma que transmitía era única e ilimitada. Últimamente he sentido también una presencia divina cuando, al amanecer, escucho y canto mantras. Es lo primero que hago muchos días para conectar con el más allá, y a partir de ahí voy concentrando mi mente en emociones positivas durante todo el día.
Pero esto no siempre fue así. Durante mi adolescencia pasé mucho tiempo angustiado por la existencia o no existencia de Dios, y porque no entendía nada de la religión ni de la espiritualidad. Me sentía desamparado, es más, sentía que la religión me excluía, pues no iba a misa, ni creía, ni practicaba la fe. Un cura me dijo que vivía como si estuviera en excomunión. No sé cómo me perdí, pero estuve muchos años así. Después de mucho analizarlo me di cuenta de que incluso era mejor creer por creer que no hacerlo. Hablé con varios tanatólogos y me dijeron que las personas que mueren más conformes son aquellas que tienen la certeza que algo al otro lado las espera y que, por el contrario, quienes no lo creen se resisten a morir y viven el proceso como una dolorosa experiencia. Me dijeron que lo mismo sucede con las personas a quienes se les muere un amigo o un familiar: si creen que el fallecido va a un lugar mejor, aunque sientan tristeza por la separación, en el fondo están tranquilos porque saben que estará bien.
Lo importante de las creencias espirituales es que nos den confianza, que resuelvan nuestras dudas. Cuantos más contactos tengas con ellas, mejor; ya sea a través de una comunidad, de la oración, el canto, el rezo o la meditación. Personalmente he comprobado que el tener una relación espiritual nos brinda una gran salud mental, emocional e incluso física. He visto a gente aliviarse de enfermedades crónico-degenerativas solo con la fe. En conclusión, siempre es mejor creer que no creer.
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