Cuesta trabajo volver a levantarse después de una pausa, volver a tomar ritmo. Me siento cansado, aun después de haber descansado físicamente. Tal vez he pensado demasiado y en el fondo no descansé mi mente, solo la entretuve con otras actividades. Y aquí estoy de nuevo. Sintiéndome como si fuera la primera vez, invocando una ayuda espiritual para levantarme, conectando con el origen, con la sabiduría interna que luego pasa a la conciencia. Todo es pasajero. Solo es el inicio. Hice una pausa y vuelvo a tomar ritmo.
Escribir es una religión de respuestas. Tu sabiduría interna contesta a las preguntas que ella misma crea. El motor es la necesidad de pasar de la calma a la actividad. La energía más fuerte que he sido capaz de invocar siempre proviene del más allá, esa misma que me recuerda en todo momento que debo respirar, aquella que hace latir mi corazón; ese hálito maravilloso de vida escondido en todos los animales, así como en cualquier hojita. Ese suspiro empieza a mover mi emoción hacia lugares positivos, me siento vivo, agradecido por estar otra vez de regreso conmigo. Por haber despertado, por seguir vivo, por haber vivido tanto. Entonces mi mente empieza a enumerar las bendiciones que tengo: el estar vivo y saludable; el tener una relación, un trabajo, amigos, hermanos, familia; el poder tener el control de mi vida; la abundancia que colma mi existencia más de lo que puedo desear; la calma con la que puedo sentarme a respirar; la conciencia para escribir estas palabras… Y de esta manera empiezo a recomponerme, siento el vínculo conector entre mi mente, mi corazón, mi dios y mi cuerpo; son mi sustento y se reflejan en mi ámbito financiero, nutriéndolo.
Con esto enlazo con el trabajo: por un lado, hago cosas muy valiosas que generan dinero, y por otro escribo, que lo que más genera es impactó, ayuda y motivación, tanto para mí como para otros. Esa es la única razón por la que te estoy hablando, para decirte: «Vamos». Un ciclo más empieza, hay que dar la vuelta a la rueda del trabajo para que nuestro mundo siga girando. Así, de repente entró en el flow donde toda actividad desaparece, el tiempo se detiene y mis manos fluyen por el armónico teclado como si siguieran un divino dictado, y me siento liviano, ligero, libre al estar conectando mis conocimientos y sentimientos, la energía que me da vida, expresando mi máximo potencial a través de este torrente de energía que voy manejando a través de los días, las semanas, los meses y los años. El trabajo es y genera energía; al igual que el dinero. Y la libertad y el impacto que genera son sentidos también por las personas que lo reciben, las que disfrutan de aquello que realizamos; pues, aunque trabajamos para nosotros, lo más valioso siempre es lo creamos para otro. En esa comunión de dar y recibir es donde nace el negocio, las relaciones y su forma más pura: el amor. El objetivo de las relaciones es el amor. Trabajamos por nosotros, por la familia —la que nos dio la vida o a la que nosotros le damos la vida—, o por aquellos con quienes compartimos nuestro día a día. Padres, madres, hermanos, tíos, abuelos… , nuestra familia nuclear y la que creamos con nuestra pareja: los hijos; también las personas que vamos eligiendo para ser nuestros amigos. Las relaciones son un diamante, un destello, luz compartida. En ellas, dar y recibir es la actividad principal; dejamos de ser y nos debemos a los demás. Cuando trabajamos para los clientes, para nuestro equipo, estamos dando y recibiendo amor todo el tiempo, en todos los sentidos: a través de las herramientas que utilizamos, los alimentos que comemos o el dinero que pagamos y recibimos. Al final todos buscamos lo mismo: satisfacción, cariño y amor, y lo damos y lo recibimos a través de nuestra familia, nuestros amigos, nuestros jefes, clientes y conocidos; y cuanto más nos entregamos, más felices somos. Necesitamos recrearnos, descansar, hacer arte, expresarnos, escuchar música, salir con amigos, hacer actividades solo por el gusto de hacerlas, por el gusto de existir y experimentar la belleza, el júbilo, la alegría, el fruto del trabajo, el puro amor y la excitación que produce el estar vivo y compartir la vida con otros seres humanos. Necesitamos esa recreación, sin ella el mundo parece desgraciado. La vida puede pasar sin que la disfrutemos; por ello tenemos que recrearnos continuamente a través del dibujo, la escritura, el canto, el cine…, sintiendo junto con otros seres humanos, bailando. Entrando en flow con los demás en el trabajo. O llevar al máximo las palpitaciones y los músculos al practicar algún deporte, ya sea corriendo, nadando o en bicicleta. Al llenar nuestra vida de eventos y experiencias nos recreamos, y después del descanso tenemos que volver a dar la vuelta a la rueda y continuar con el trabajo, cuidar nuestra salud, de esta manera nos conformamos y vamos equilibrando nuestra vida, que no sabemos cuánto va a durar. La gran maravilla de la vida es recrear, y cada día es una nueva oportunidad para cambiar, para volver a ser, para ser más. Soy Edgardo Montero, y gracias a pensar en ti puedo cambiar y mejorar de forma continua. Gracias por escucharme otro día.
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