¿Cuál es tu misión en el mundo?, ¿a qué viniste aquí? ¿Qué es lo más grande que has soñado? ¿Qué es lo que harías si tuvieras diez millones de dólares?, ¿cómo puedes hacer algo similar sin dinero? ¿Por qué no te estás dedicando ahora a eso para lo que te sientes llamado? ¿Por qué no estás viviendo tu sueño o luchando por él? Porque te dijeron que tenías que trabajar para comer, porque te dijeron que no tenías lo suficiente, porque viviste una tragedia cuando eras niño. Seguramente la peor tragedia está por venir: el tiempo pasará (eso es seguro) e irás envejeciendo, y te gastarás el dinero, o tendrás tanto éxito en tu trabajo que te olvidarás de lo que habías soñado y te conformarás con pasar un buen fin de semana. La vida, como dicen, es eso que pasa mientras tu piensas. Y te lo digo porque me lo tengo que recordar a mí mismo, porque, al igual que a ti, desde niño me dijeron «cállate»; porque, al igual que tú, cuando era niño soñaba con hacer cosas muy grandes. Y hoy sigo así, soñando con hacer cosas grandes y llevándolas a cabo; algunas las he conseguido realizar, otras todavía no, pero me he dado cuenta de que la dicha está en el proceso de intentarlo, y en festejar el éxito o aprender del fracaso y volver a intentarlo, o en ponerse metas más altas o renunciar a algunas de ellas, pero cambiándolas por otras, viviendo al máximo todo el proceso.
Al intentar algo nuevo, además de ir contra corriente, te enfrentas día a día a tus miedos, como el que me asalta en este caso a mí de que esto no vale la pena ser escritor, o que ya se ha dicho; pero tanto si lo has oído antes como si no, sé que debes de volver a escucharlo, y yo tengo que volver a decírmelo, pues el camino del progreso está lleno de repetición y de aprendizaje, para hacerlo de forma distinta la próxima vez.
No se trata de repetir lo mismo, sino de volver a hacerlo desde un nuevo lugar, con más fuerza y más energía; para lograr el cambio hay que intentar una y otra vez aquello que deseamos. Debemos meternos en el juego de nuestros deseos, en el laberinto de espejos que llevamos dentro, enfrentar nuestras adicciones, nuestros vicios, nuestros defectos, nuestros errores, perdonarnos y enfocarnos en volver a intentarlo concentrándonos ahora en nuestras fortalezas, pidiendo al infinito más energía y moviendo el cuerpo diariamente para generarla y reproducirla. Así como la electricidad nace del movimiento, lo mismo sucede con nuestro cuerpo: la velocidad es nuestro alimento. Me fascina romper el paisaje con el acelerador, o mover el cinematógrafo de la realidad con mis piernas en la bicicleta. Cuanto más aprendo a desenvolverme en esta vida, más me apasiona, pues en su armonía encuentro la dicha, en el equilibrio mi poesía, la palpitación divina que me versa, que gira en torno a mi cabeza y me electriza la mente y las venas; esa sensación de viveza que hace romper mis ojos en tormenta, gritar con una voz gutural cual agudo trueno de eternidad, mientras mi mente no deja de destellar. Amo sentir, amo vivir, amo la eternidad que siento en esta conexión hacia ti, en la cual puedo perderme como un malabarista. Tengo muy presentes mis áreas, no las pierdo de vista mientras avanzo, y quiero invitarte a seguir conmigo buscando el equilibrio, tal como lo estamos haciendo en este momento si estás conmigo, juntos en este camino hacia el infinito, dejando de estar divididos, solo yendo hacia el frente y hacia arriba, pues no hay otra dirección mejor que avanzar hacia la antesala azul cielo de la noche estrellada. A veces sueño que escucho las campanas de Fausto, que he vendido mi alma al diablo, porque encuentro tan maravilloso lo que he vivido que siento que debo algo, que estoy cometiendo un sacrilegio, pues nos enseñaron que nuestras metas más agresivas solo eran sueños, para que no se nos ocurriese ir a por ellos, que son ilusiones que ocurren en otra dimensión. Pero después de perseguirlos una y otra vez, de experimentarlos, de vivirlos, de tocarlos, me doy cuenta de que su verdadero nombre son metas, retos, proyectos, planes, ideas. Deja de llamarlos sueños para poder alcanzarlos. No se trata de convertirlos en realidad, pues ya están en la realidad, lo único que tenemos que hacer es un plan, y a veces ni siquiera eso, sino empezar a caminar, pues en el camino iremos encontrando la brújula y descubriendo cómo llegar a donde queremos. Lo único que necesitamos es hacernos las preguntas: ¿qué hago aquí?, ¿qué quiero vivir?, ¿qué es lo más grande que puedo hacer?, y empezar a responder.
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