Shikoku Henro: Guía, ruta y mi experiencia
El Shikoku Henro es la ruta de peregrinación más larga de Japón, en ella se visitan 88 templos budistas relacionados con el monje Kobo Daishi quien llevó el budismo zen al Japón.
La ruta da la vuelta a toda la isla de Shikoku, a lo largo de sus 1200 kilómetros se visitan decenas de ciudades,
montañas, playas, puertos, templos, cementerios, acantilados, faros, obras de arte y decenas de pueblos rurales así como algunos grandes puertos y ciudades.
Durante la peregrinación se visitan las cuatro prefecturas de la isla, cada una simboliza una etapa del camino a la iluminación el primero es el “Camino del despertar”; el segundo el “Camino del ascetismo”, el tercero el “Camino de la iluminación” y el último es la “entrada al nirvana”.
La gran mayoría de los que la visitan son japoneses en grupos que van en autobuses o autos particulares, muchos más la hacen en auto, algunos caminando o combinando transportes y los menos en bicicleta.
Los ohenros o peregrinos que la hacen caminando tardan entre 40 y 60 días dependiendo de si caminan 30 0 20 kilómetros por día, a lo largo de la ruta se suma la complejidad de que hay que subir y bajar decenas de pequeñas y algunas grandes montañas, por ello es común que muchos peregrinos la hagan en en cuatro viajes, uno para cada etapa.
Es común que se le quiera homologar con el camino De Santiago de Compostela, sin embargo la experiencia es completamente distinta, lo único similar es que se muchos la hacen caminando, sin embargo el número de peregrinos, las distancias, las facilidades, el idioma, la religión y la cultura japonesa es completamente diferente a la europea.
Recorrí o más bien dicho intenté terminar las dos en 2023, la ruta De Santiago de Compostela la he hecho dos veces, una caminando y otra en bicicleta y en noviembre de 2023 intenté recorrerla caminando pero tuve una lesión, continúe la ruta en bicicleta y después me drenó y devoró la isla.
Lo mejor de la ruta es el deambular por el Japón rural, perderse en los templos y en la naturaleza, dormir en casas de huéspedes tradicionales (ryokanes y minshukus), comer pescado fresco, estar en silencio por días enteros, miles de paisajes inenarrables por playas, miradores, senderos de bambúes, pasos de montaña, cientos de estatuas de buda enmarcadas en locaciones espectaculares, decenas de templos en completa calma, el incienso elevándose por el cielo, los altares dorados, los ojos de buda, las pláticas con los peregrinos japoneses y extranjeros, la amabilidad y hospitalidad única de los anfitriones en los hospedajes, los tazones calientes de ramen, las especialidades culinarias de cada pueblo y prefectura, los baños tradicionales o onsen, la sofisticación y servicios de las grandes ciudades, pero sobretodo la autorreflexión que provoca el estar andando día a día de templo en templo rezando el corazón sutra, comprendiendo y reflexionando sobre el vacío.
Si quieres conocer los pormenores de la ruta he preparado para ti una guía en la que respondo de forma sencilla a las preguntas que yo tuve y lo que la gente me ha preguntado e iré incorporando las dudas que tengas que no haya respondido, al final te comparto mi experiencia como peregrino intitulada “shikoku bike zen no henro”.
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Shikoku Bike Zen No Henro
Día 1 del Shikoku Henro – Takamatsu, Itano, Naruto
Estaba en la puerta del primer templo temeroso de entrar, junto a mi un anciano al verme me mostró una gran sonrisa, entonces le pregunté si podía entrar al templo con él, “¿es tu primera vez?”, me preguntó a su vez, al contestarle que sí me dijo “lo primero que tienes que hacer es hacer una reverencia”, al bajar la cabeza sentí como si todos mis antepasados lo hicieran.
Una progresión de imágenes de los cientos de veces que soñé con iniciar este recorrido, las lágrimas me explotaron en la cara, como había sucedido decenas de veces antes de llegar hasta aquí, él hizo como si no lo notara y después me llevó a una fuente, el agua salía constante de las fauces de un dragón.
Primero tomas el cuenco con la mano izquierda y rocías agua en tu mano derecha, luego haces lo mismo con la otra mano, después en tu mano derecha pones un poco de agua, les das un sorbo y así purificado entras al templo.
Justo a eso era a lo que venía a limpiarme, a sanarme, a vaciarme, entonces caminamos hacia el altar principal y continúo “con tu propio fuego prendes una vela”, eso pensé que era la meta la iluminación, entonces recordé a el mas grande maestro zen que he conocido preguntando “¿Qué es lo que se ilumina?” Nadie se atrevió a contestar y él cruzando el silencio con su espada dijo “la oscuridad”.
Después enciendes tres inciensos y los depositas donde están las cenizas, donde el fuego se evapora en aroma y al mismo tiempo se vuelve ceniza, acerqué mi cara a la estela de humo para conectarme con el futuro, el pasado, el cielo, la tierra y frente a mí el Buda dorado tocando con los dedos el piso.
Tiras una moneda, haces dos reverencias, aplaudes dos veces, luego te acercas al piso otra vez, das un paso para atrás y te alejas, al hacerlo no se porqué no quise quitarle la mirada al Buda, quería verlo a los ojos y que él me viera.
Después abres tu cuaderno de oraciones y rezas el corazón sutra, y empezó a cantar en japonés, “MAKA HANNYA HARAMITA SHINGYO”, entonces recordé las mañanas de los retiros de zazen, recordé que me sentía morir y nacer en ellos, en la antesala del infierno sólo conmigo mismo en el silencio, meditando el día entero.
Entonces abrí mi móvil y empecé a cantarlo en español “Avalokitesvara, el bodhisattva de la compasión, meditando profundamente sobre el Entendimiento Perfecto descubrió que los cinco aspectos de la existencia humana estaban vació, liberándose de este modo del sufrimiento. En respuesta al monje Sariputra dijo lo siguiente: El cuerpo es tan solo vacío, el vacío no es más que el cuerpo…”
Al terminar me miró y me señaló el altar de Kobo Daishi, el monje peregrino que trajo el budismo a Japón, siempre los viajeros, los vagabundos, los exploradores traen lo nuevo, el trajo la solución a la existencia el noble óctuple sendero que para mí después de años se me reveló como la solución al sufrimiento.
Antes, después, o durante, tomás una de tus “osamefudas” y pones en ellas un deseo, la depositas en la urna, no supe que pedir, lo que deseaba lo estaba cumpliendo, fue un reto pensar cuál era mi deseo “purificarme, iluminarme, ser feliz, pasar un buen momento, terminar, al final sólo alcancé a escribir: claridad”.
Terminamos de repetir el rito para Kobo Daishi y me condujo a la oficina del templo para estampar mi cuaderno con el sello del templo, pensé sería como en el camino De Santiago de Compostela, pero en cuanto le di mi cuaderno al monje tomó primero un sello rojo y lo puso en la esquina derecha, luego un segundo en el centro, luego un tercero en la orilla inferior izquierda, luego sacó un largo pincel y lo hizo danzar sobre el cuaderno trazando kanjis, que eran para mí como una plegaria a ser descifrada.
Ahí pensé en escribir yo también un haiku en cada templo, esta peregrinación me dije es mi rito de escritor, cómo lo fue hace unos años el cruzar México desde La Paz, hasta Isla Mujeres, hoy después de haber recorrido el globo llegó a esta isla alejada a seguir con mi transición.
Salí con mi maestro zen del templo, ahí me dijo que era australiano y me advirtió “no se que esperas, pero así es la mayor parte del camino, vas a pie de carretera, quisiera que hubiera más bosque, pero no es así, ¿cómo es en Compostela?“ — me preguntó.
Intenté resumir los cuarenta días que había caminado apenas hace unos meses, en los cuales atravesé bosques, montañas, planicies, y una centena de pequeños pueblos, después de escucharme me contestó “siempre he querido ir para allá, pero aquí estoy otra vez”, esta era la tercera vez que hacía el Shikoku Henro.
Del del templo uno al dos hay apenas un par de kilómetros, caminamos la mayor parte en silencio, y al llegar al segundo templo me dijo ve sólo, ahí sentí su mirada detrás de mí como cuando el maestro deja que el alumno siga la instrucción: hice mis reverencias, prendí mis velas, incienso, hice mi oración y escribí mi primer haiku.
Al salir mi maestro ya no estaba, entonces incorporé a mi rito otra práctica, la de escuchar un un audiolibro budista durante el camino, así tendría a Kobo Dashi, en el bastón guiándome y a Tich Nan Hanh, Pema Chodron y Chogyan Rimpoché hablandome al oido.
Conforme fue avanzando el sol por el cielo fui siguiendo mi camino entre los templos, volví a enamorarme del sonido de mis acariciando el piso interrumpido por el golpeteo rítmico de mi bastón; al llegar al tercer templo me puse los atavíos de Henro y sentí entré a el retiro.
Al atardecer llegué al cuarto templo y de ahí me fui directo a mi hospedaje, que era un Mishuku, el cual es una casa rústica los cuales son casas rústicas que te ofrecen hospedaje, baño y comida.
Dejé mi bastón en la puerta como si fuera mi espada, lista para la travesía de mañana, saludé con una reverencia a mis anfitriones, con otra a mis compañeros de cuarto que eran dos chinos de Shanghai, ambos trabajaban cuidando un templo. Uno de ellos, que me dijo se llamaba “Míster 5”, me contó que era la segunda vez que lo hacía, entonces le descargué todas mis preguntas, él me contestó, radiante y me fue explicando como funcionaba la guía, la cual era para mí un misterio, pues la guía sólo incluía un mapa con la ruta y desviaciones, ahí mismo estaban los números de los alojamientos insertos en el mapa, tenía mucha información, yo sentía que no entendía nada.
Ahí corroboré lo que había escuchado y pensaba sería el peor reto, “tienes que hacer las reservaciones por teléfono me dijo”, pero “no hablo nada de japonés le contesté” y el mirándome como el vago que soy me advirtió “tienes que hacerlo”. A través de Skype hice mi primera llamada y fue fácil logré mi primera reservación, había hecho otras dos a través de una página web, ahora ya tenía tres.
Fuimos llamados a cenar, los dos chinos, dos japoneses y un canadiense nos sentamos a comer, primero hablamos un poco en inglés pero después el japonés más viejo tomó la plática y se puso a hablar y hablar, sólo su amigo y Mr 5 le entendían, pero él no paraba de hablar viéndonos a todos a los ojos y sonreía como si entendiéramos y disfrutamos su plática.
Día 2 del Shikoku Henro – Awa, Yoshinogawa
El sol salió y yo con él, en la puerta me despedí de mis amigos y entré a la soledad del camino, veía a muy pocos peregrinos caminar, no era como en España, nada era parecido, la mayoría de los henros eran japoneses, y a diferencia del camino De Santiago aquí la religión, los ritos y los templos, son importantes, todavía faltaban 84 por recorrer, según el ritmo la peregrinación duraría de 6 a 8 semanas.
Ya llegue, estoy aquí, me hago presente tocando la campana, limpio otra vez mis manos, mi cara, enciendo una vela anhelando algo de iluminación, purifico el ambiente con un incienso, me hago humo y por las escaleras me elevo, me presento ante la deidad como uno más que está buscando lo mismo que todos los demás: paz, alegría y felicidad.
“Que no cese mi letra, que avance mi conciencia, que la dualidad pierda”
Camino de templo en templo repitiendo esto, quedan más de setenta y tanto más por andar, y cada vez me entrego un poco más a la deidad, a zen, a meditar, caminar, peregrinar hacia ti, hacia mi, solo un poco más.
Canto el sutra del corazón y encarnó el vacío y le hago frente, no importa que nada tenga sentido, no hay fin, ni principio, no ignorancia ni fin de la ignorancia, las palabras resuenan en el eco de mi mismo en el silencio y a la distancia, el zen puede estar en cualquier actividad, solo hay que encontrar la actitud y la forma correcta e intentar perfeccionarla un poco más en cada práctica.
Entré en la reflexión zen y antes de llegar al segundo templo del día recibí una llamada del trabajo y así me transporte hacia un enredo que tenía que solucionar a distancia, este es lo que he elegido al vivir de viaje, avance un poco, entre al templo, hice mi rito y luego regresé al trabajo, el tiempo se aceleró, sentía presión del camino del trabajo, y después en el tobillo, me extraño el sentirlo.
No existe el sufrimiento
Ni sus causas, ni su origen, ni su final.
El sufrimiento está vacío.
Mi plegaria la escucharon los budas y con sus caras en calma me contestaron que siguiera caminando.
Amo que el budismo tiene y busca respuesta a todo, en verdad el sufrimiento está vacío son solo pensamientos que podemos dejar ir, si nos entrenamos en el desapego intelectual de la meditación el pesar es menor.
Al oído en mi camino en su libro “The Hearth of the Buddha’s Teaching” Thich Nhay Hanh, me recordaba que el sufrimiento es parte de la vida y que puede cesar, desde los quince años sentí el terror existencial de que la vida no tenía sentido y hoy vengo a repetir una y otra vez con el corazón sutra ese vértigo del no sentido, que en cierta forma es el mismo vacío e iba más allá diciendo que el pensamiento, el dolor, los sentidos, la conciencia, incluso el camino, estaban vacíos, empecé a entender entonces que no se va, ni se regresa a ningún lugar, me empezó a doler el tobillo y seguí a los otros templos concluyendo “Debo dejar la angustia, el coraje, el rencor, reconocer la vacuidad” y pensé que “Mi más ferviente deseo es ser un conscientes zen viajero” y que me gustaría ayudar a quienes deseen a hacerlo.
Beso el sol entre campos de bambú y flores rojas, mi mente deambula por la metamorfosis de los días que me invocan y provocan a hacer lo mismo, a ser cada día similar pero distinto, en lo que escribo, en lo que siento pasa lo mismo, cada oración, cada templo, cada rito es un nuevo inicio.
Comprendí que en parte esta es la razón por la que te estoy hablando y escribiendo, para atraerte, pare entenderte, para ser y compartir, seguí mi camino por el atardecer y conforme cayó la tarde se fue haciendo más y más largo, justo al anochecer exhausto llegué sólo con fuerzas para ir a cenar y descansar.
Día 3 del Shikoku Henro – Kamyama, Yoshinogawa
Y si ceso de dudar, y si en vez de preguntar afirmó y me aviento al vacío a nadar en él y me conectó el que fui con el que siempre he querido ser.
El silencio contempla mi duda y me contesta: Cesa.
Cesa de dudar, cesa de buscar, atrévete a entrar, avientate un poco más, más lejos, más alto, más dentro, más calmo.
Me comprometo a resolver las preguntas y continuar dudando de mis imposibilidades, de los límites que me he impuesto, de las creencias que he heredado, sigo, sigo, tengo un largo camino, el fin se domina en el inicio.
Al otro día salí temprano y vi a una pareja de franceses con una gran maleta, me dijeron emocionados que el día de ayer durmieron afuera de un templo, él estaba estudiando japonés y cultura japonesa y ella lo estaba acompañando, tenían la maleta más pesada que había visto pero igualmente eran los más jóvenes, lo cual hacía algo de equilibrio.
Al llegar al onceavo templo escribí “no hay límites, no hay ignorancia, ni sufrimiento, ni vejez, ni sabiduría que perseguir” me sentí cómodo con esa máxima de absoluta ignorancia y mente de principiante, la realidad me sabía a nueva, seguí andando, alguien del trabajo me llamó y me dijo contento “te oyes muy en paz, tranquilo, ¿qué estás haciendo?”
Caminando y meditando respondí.
Hice mi rito contento en el templo y el camino seguía por la montaña, entonces empezó el ascenso, los señalamientos se hicieron complicados, no eran muchas las flechas, las direcciones eran imprecisas. Me sentí contento de estar otra vez en la naturaleza, pronto me sentí como hace diez años en la otra peregrinación que había hecho en Japón, en el Kumano Kodo, mi cuerpo entró en el movimiento del guerrero, entré en calor, me volvió a faltar la respiración, sentí el desafío en las subidas, y el placer y velocidad en las bajadas, de repente vi un anuncio que decía 23, entonces dudé “yo iba al templo doce, tal vez había tomado un camino incorrecto, decidí regresar ” una hora después descubrí que iba por el camino correcto.
Las palabras se me fueron haciendo menos en la montaña, en un continuo movimiento fui moviendo mis pies en un balance imperfecto, una danza de elevación, de concentración, entiendo mejor el final del corazón sutra que dice “partir, partir, partir alto, partir más alto, iluminados que así sea” y rezo y repito la frase hasta encontrarle sentido.
Esto es lo que estoy buscando, aprender a seguir, desapegando de cuanto me duele, de la ignorancia, de la vejez, del sufrimiento e incluso de la sabiduría, el mantra empieza a ser mi medicina, una nueva forma de entendimiento en el cual me concentro e intentar entiendo.
Seguí andando entre el bosque ascendiendo y descendiendo sin ver a nadie, tenía sed y algo de hambre, vi un árbol de limones y decidí probar uno, le hice un hoyo y tomé el jugo, del cítrico me llenó de frescura y energía, devoré otros dos y continúe el ascenso, poco a poco empezaron a aparecer diversas estatuas de buda en el camino, me acordé de una cima en Vietnam donde después de pedalear todo un día llegué a una montaña llena de budas entre nubes y cascadas.
Sentí que tal vez así sería el paraíso, al ir entrando vería a decenas de Budas de todos tipos sonriendo y dándome la bienvenida al templo, justo a la entrada estaba un monumental Kobo Daishi.
Frente a él reconocí que sigo los pasos del zen a través de un peregrino, un aventurero que busca y encuentra algo nuevo y se concentra en llevar el mensaje, las buenas nuevas que va descubriendo a quienes los rodean, lo hacemos porque las verdades que encontramos nos sobrepasan.
Mi alrededor está lleno de deidades, veo luces, destellos, sombras, presencias de grandes maestros y entonces entiendo el sabor del entendimiento, de esa verdad zen que solo se saborea cuando se le encuentra, en la que los sentidos, pensamientos, se deshacen, donde el entramado de la realidad se deshilacha en una sola hebra que se hilvana por las montañas.
“Asciendo entre rocas, raíces, mente, cuerpo, Buda, silencio, destellos, vacío encuentro, sólo eso”.
Los templos son estaciones, poemas a la deidad, testimonios de lo más grande que hemos podido encontrar, así es como llego a la estatua del maestro en las montañas, los budas presentes, pasados y futuros me acompañan en este peregrinar que como dice el mantra me invita a partir alto, a lo más alto, iluminados, ¡que así sea!
Las oficinas de los templos cierran a las cinco, fui el último peregrino, después de atenderme cerraron, ahí me di cuenta de que pronto se haría de noche y faltaban varios kilómetros para llegar a mi minshuku que estaba en medio de las montañas.
Empecé a andar más rápido, el peso de la mochila parecía crecer y crecer conforme avanzaba, la tarde seguía avanzando, todo se torno azul, mis tobillos empezaron a tambalear, di un paso en falso y me lastimé el tobillo que ya estaba adolorido, luego me pasó lo mismo en el otro, se me estaban doblando las piernas, creo estaba cansado de más, pero por la fascinación no me di cuenta, tenía que llegar, la luz iba a terminar, concentrado, cauteloso y espantado seguí andando por el azul de la tarde hasta que justo antes de que la luz terminará llegué al hostal.
Al verme llegar, un japonés con solo verme la cara me cedió su silla, me dijo me tranquilizara, me tiré en la silla con esa sensación extraña de haber abusado de mí.
Al poco tiempo vino la cena, un pesado curry con carne, el hospedaje estaba lleno y éramos casi una decena de peregrinos todos con solicitudes distintas, un anfitrión atento solucionaba cuanto podía y el otro sólo veía y emitir opiniones cuando le pedí que me ayudaran con una reservación para dentro de dos días, me regaño y me dijo “esto es una peregrinación, vive un día a la vez, no vayas más allá de lo que debes, si te lastimas no vas a acabar”.
Me fui a dormir y a las dos de la mañana me desperté pensando eran las seis, arreglé mis cosas y justo cuando corrí la ventana de mi cama para salir me di cuenta que eran las tres de la mañana, me regresé a la cama e intenté dormir.
Día 4 del Shikoku Henro – Tokushima, Kamiyama
Desayuné con los demás y empecé a andar hacia los siguientes templos, me sentía confiado, aliviado de estar otra vez en la montañas entre árboles de cítricos y de tanto en tanto tomando un limón de un árbol y exprimiendolo sobre mis papilas gustativas hasta sentir la ácida vitalidad.
No me alcanza nunca la memoria, ni las palabras para transmitir la compleja intensidad que siento al caminar a través de esta intrincada red de telarañas que es el camino y sus entrañas, me doy cuenta de que soy de los más jóvenes Henros, un peregrino hace tiempo me dijo que yo debería de estar trabajando y criando a mis hijos, que estos caminos son solo para los jubilados o para los jóvenes, y una vez más me sentí ajeno haciendo esta peregrinación icónica del zen japonés.
Me siento perdido y se que eso es lo normal en el camino de la búsqueda, la senda de la investigación, algo me dice “te vas a perder, te vas a perder, quien puede no hacerlo” me dijo, pero aquel que se encuentra como yo dentro de un experimento da cuenta de que nunca se tiene certeza de a donde se está yendo.
Después de andar dos horas más por el bosque caí en la carretera, y empecé a andar los veinte kilómetros que tenía que recorrer para llegar a mi siguiente destino, el sol era muy intenso y conforme caminaba más y más me sentí explotar de la cabeza a los tobillos, en la cabeza el calor, en mis tobillos por mis cirugías, por no haber entrenado, por el peso de la mochila, busco mi celular para poner música y hacerlo más ligero y me doy cuenta de que me quedé sin batería, el sonido de los coches seguía aumentando de forma infernal.
Por primera vez llega a mi la idea de que no lo voy a terminar, me espanto al encontrarla, después de haber esperado tanto para este momento, de haber cruzado literal el mundo entero llego aquí y ya no puedo más.
No hay a donde escapar, estoy encerrado en un círculo donde me digo que en el siguiente destino voy a estar mejor y al llegar a él me quiero ir, me doy cuenta ahí que el error está en pensar que la solución está en el espacio y no dentro de mí. Lo sé, lo entiendo pero no quiero renunciar a seguir buscando, si esto es así a donde quiera que vaya me sentiré falto, entonces mejor seguir y seguir para ver desde nuevos ángulos mi problema, dado que no hay escapatoria seguiré vagando.
A veces me siento perdido en mi infancia, a veces en mi adolescencia, nada tiene sentido es lo vengo aquí a repetir una y otra vez, a dar vuelta sobre el vacío, donde quiera que vaya o me quede habrá lo mismo. Repito el mantra innumerables veces intentando comprenderlo, ya sea quieto o en movimiento, gritando o en silencio.
Horas después encontré a los dos japoneses que me recibieron el día de ayer también insolados, empecé a platicar con el que hablaba inglés, su nombre era Hiromisu Takamoto, vivía cerca de Osaka, le gustaba el mar y los veleros, conocía a su amigo desde hace treinta años pues juntos pasan una temporada del año en Okinawa, les pregunté sobre ella y ambos pusieron una cara de encanto, pareció por momentos olvidaron el tráfico y empezaron a describirme un lugar paradisiaco, al acabar la plática todos pensamos en ir hacia allá.
Nos dio la una de la tarde en el camino, era hora de comer, caminamos a un restaurante ilusionados con sentarnos a la sombra pero al llegar lo encontramos cerrado, entonces fuimos a la tienda de conveniencia donde hay siempre un montón de comidas hechas, ahí compramos rollos y onigiris.
Mi tobillo me seguía doliendo, vi unos parches que prometían bajar la temperatura y pensé que me harían bien, sería como ponerme un hielo, cuándo Hiro me vio, me dijo que esos parches eran para la fiebre que había unos mucho mejores, me dijo que cuando viéramos una farmacia me llevaba.
El camino continuo una hora más por la carretera, llegamos al templo nos sentamos en la sombra y empezamos a comer, al terminar camine por el templo viendo las tumbas de los Budas, me sentía igual que ellos en una batalla, en contra de mí, de mi misma nimiedad, soledad, y estoy aquí por que creo que la solución como siempre está en rendirme al zen, zambullirme en el fluir sin esperar algo más, sin creer que soy algo especial, entender que soy un simple artista más que busca aligerar el peso de la existencia con sus letras y poemas. Tengo que aprender a quererme, reconocerme y confiar… siempre un poco más. No hay inicio ni final, mi existencia es circular.
Pasé la tarde de templo en templo, a la noche llegué al hostal, era mucho mejor que el anterior, ahí después de cenar Hiro me llevó a la farmacia y después de hablar mucho con la empleada ellos llegaron a la conclusión de que necesitaba unas tobilleras y unos parches fríos, de regreso al hotel vimos la luna llena y nos dimos cuenta que recorreremos en la peregrinación la luna de Octubre, la más grande del año.
Le ví un aura angelical a mi amigo y le pregunté el significado de su nombre, y como si nunca lo hubiera traducido al inglés, me dijo que significa algo así como Dr. Paz, “es una gran misión la suya doctor” le contesté y ambos sonreímos en silencio mirando absortos el gran astro lunar iluminado pensando en los más de 1000 kilómetros que faltaban del recorrido.
Día 5 del Shikoku Henro – Komatsushima, Katsuura
Los parches funcionaron bien me levanté con los tobillos de un tamaño razonablemente normal, sin quererlo entré al hábito del camino, visite mi primer templo ya con mi ritual adquirido, limpiarme, prender incienso, velas, hacer reverencias, escribir poemas, leer mantra y mientras ir sacando fotografías
“Terminar lo recurrente, entrar contento al presente, vacío sabio ignorante siempre”.
La ruta pasaba junto a una carretera de varios carriles, en medio dio del estertor de los vehículos recordé mis años de vagancia por la Ciudad de México, entre los quince y dieciocho años me dediqué junto con el Said y el Hesse a andar sin rumbo diario por la ciudad, la única meta era pasar la tarde entera en un ejercicio de exploración y al final del día tomarle el pelo a un taxista para que nos llevará a nuestra lejana casa por la mitad de lo que costaba.
El pasado se combinaba con el futuro continuo que no me deja entrar al presente, escucho a el maestro zen como repite y repite la necesidad de hacernos conscientes de él.
No puedo entrar al presente, no estoy habituado a estar en lo que estoy pensaba una y otra vez, lo único que podía hacer es meditar o recitar el mantra “gate, gate, para gate, para Sam gate, Bodi, Svaha” que significa “partir, partir, partir a lo alto, partir a lo más alto, Iluminados, que así sea” así me intenté ir al presente y llegué a otro templo
“Sólo frente a mi, No tengo nada que decir, decidir, deja ir”.
Caminaba con el sol frente a mi rompiéndome las retinas, de repente apareció la sombra de una mujer que se materializó frente a mí y con una sonrisa me dijo “Good Luck”.
Seguí pensando en que la vería después en el hospedaje y seguí hasta el siguiente templo, había sido largo el día y llegué justo al atardecer, en la puerta un Buda azul parecía aguardar mi llegada, puse mi bastón junto a él y me vi fundido en la estatua, hice mi rito con mucha calma viendo como se apagaba lentamente la luz a mi alrededor.
“El templo del Buda, La Paz, están en cualquier lugar”.
El hostal en que me quedé no tenía comida, me llevaron a un convenience store, llené una bolsa de comida y me fui a mi cuarto, los tobillos sentía me explotaban, estaba cansado, creo que tengo que aprender a vivir con más paciencia, no estoy de vacaciones, esta es mi vida, tengo el tiempo que sea para ir, regresar, y estoy aprendiendo día a día un poco más.
Día 6 del Shikoku Henro – Katsur, Anna, Minami
Asciendo por la montaña practicando el mantra “partir, partir, partir a lo más alto, ¡Iluminados! Qué así sea”.
Cuando estoy en la carretera deseo la naturaleza, y cuando estoy en la montaña deseo que fuera más plana, nunca nuestra mente está contenta, nuestra principal tragedia, lo he entendido una y otra vez, está en el deseo de aquello que no tenemos, todos los sabemos, alimentamos la semilla del deseo, la solución es estar en el presente y agradecer la montaña, agradecer el ascenso, agradecer la carretera, simplemente porque no hay otra cosa, porque es lo único real.
Y necesitamos metas para empezar una tarea, necesitamos la ilusión de que vamos a llegar a algún lugar, por qué no podemos decir solo voy a la montaña simplemente a estar, sin ir más allá.
Pronto me vi envuelto otra vez en los bosques de bambú verde, ascendiendo con mi gran maleta a hombros, no llevaba más de 10 kilos pero sentía que todavía eran demasiados, aquí la regla es cargar entre cinco y seis, estaba cargando un 80 por ciento más. Otra vez me asaltó el pensamiento de que no lo iba a lograr, no se que tanto era mi mente, que tanto eran mis pies.
Después de unas horas llegué a la cima, las tobilleras y los parches parecían funcionar aunque sentía el dolor de la herida de la operación, recuerdo que el doctor al final de la operación me dijo “ya no puedes correr, te jodiste la articulación”, no le quise creer, pero le pregunté “y caminar”… “ah eso sí, camina lo que quieras” y la bicicleta le pregunté “eso también”.
La vida cambia en un segundo, por la tarde una amiga me habló triste para decirme que su primo había muerto, entonces me pregunté ¿será la pérdida más dolorosa la de la existencia, la del tiempo, o la posibilidad?
El sutra dice que no hay muerte, ni vejez, ambos son pensamientos erróneos pues todo es vacío, solo hay una continuación de ciclos, nada nace, nada muere, cuando algo muere algo nace. “Fin y origen confluyen en el mismo vértice, nada está quieto, todo es flujo, sucesión“
Llegué a la cima y me encontré con unos pies verdes llenos de musgo, subí la mirada y era una estatua gigante de Kobo Daishi que había sido absorbida por la naturaleza, desde ahí me di cuenta que todo se veía pequeños, fui al templo hice mi rito y de repente apareció frente a mi un italiano, le pregunté ¿Cuál era el camino ? en inglés y me contestó en español.
Al poco tiempo descubrí que también era vago, escritor y viajero, que estaba enamorado también de Japón y para colmo también le había explotado una pluma en el bolsillo izquierdo, acordamos que era la bendición del escritor, me habló de su libro “EL CAMINO DE JAPÓN: de Santiago a los 88 templos de Shikoku” en él habla sobre el camino de Santiago y el shikoku Henro, cuando le dije que había hecho este año el camino, nos entendimos mejor.
Bajé con él por la montaña a su ritmo, hablando por primera vez español en mucho tiempo, me contó que en su primer viaje por aquí se quedó en un hospedaje a trabajar y ahí creo amistad con varios japoneses y ahora se dedica entre otras cosas a traer turistas a el lugar, nos entendimos aún más con la rebuscada faena que es encontrar trabajo relacionado con esta pasión de descubrimiento.
Llegamos a la carretera y tuve que tomar la decisión de ascender por la montaña o caminar por la carretera durante horas y subir en funicular, cuando había visto el mapa me dije que iría por la carretera para proteger mi tobillo, sin embargo no contaba con la amena compañía de mi amigo, así que decidí subir.
Mi cuerpo se movía bien, anduvimos como dos niños que se conocen de hace mucho contándonos el uno al otro nuestras historias de Japón, de cuando conocimos por primera vez el baño Onsen, de las locuras de Tokio, los templos de Kioto, y claro está de shikoku, me dijo que el kanji de isla es un promontorio de tierra con un ave parada en ella.
Le contesté que en mis garras me llevo el corazón de esta isla y que a través de mis letras atraería como él a muchas personas hacia ella, esta peregrinación tiene 1000 años de antigüedad, la isla muchos más, me dijo que lo que estábamos haciendo era un baño de bosque, le dije que lo hiciéramos literal, nos quitamos los zapatos y con los pies en el río nos dejamos llevar por su tranquilidad, en su corriente seguimos paseando por la geografía de España, de Japón y de Italia, al igual que el agua nuestras palabras daban la vuelta a la tierra citando la belleza de la naturaleza.
Seguimos andando hacia arriba, una hora después llegamos a la cima, en la puerta aventé mi mochila y le dije que entraría a hacer mi rito, al cruzar el dintel puse la música del corazón sutra y dejé que el ritmo me condujera por el rito, sentí mis pasos, mis manos, mis movimientos ya envueltos en la magia del Henro.
“La mente estable, consciente, permanente, perenne, sonriente, plena, quieta, contenta busca aquí y ahora su casa: Nirvana.”
Al regresar a mi mochila el italiano había desaparecido, me dejó una servilleta su email dibujado con tinta roja, al empezar a descender vi llegar el funicular, no lo pensé y subí en él, pronto empecé a volar por la montaña, y vi a otro Buda en la cima mirar el horizonte, después todo fue descender hasta tierra.
Al dejar el funicular regresé a la carretera, tenía que caminar varias horas junto a ella, no me pude contener y tomé uno de los caminos alternos por el bosque y de repente estaba envuelto en un campo de bambúes gigantes que reproducen en su cuerpo hueco el sonido del viento rompiendo el silencio, me uní a ellos intentando imitarlos, ser sólo un receptáculo del vacío y el sonido de mis hojas era el de mis pasos, horas después, al atardecer llegué al templo, entregué a otro Buda mi bastón y contemple junto con él como la luz se extinguió mi mano dibujó “Sólo montaña, sólo templos, solo mantras, solo”.
Llegué al hospedaje sólo con energía para dormir y cenar, mi tobillo estaba hinchado, le puse los parches mágicos y dormí exhausto.
Día 7 del Shikoku Henro – Minami, Hiwasa
En forma automática me levanté como una máquina fui directo al templo para reconectar con la travesía y empecé un camino que me llevó otra vez al bosque, mi tobillo seguía hinchado pero recordé que me dijeron que estaría así varios años que no me espantara, sin embargo lo sentía débil, me daba miedo se fuera a romper pero pensé que con los parches y los soportes estaría bien, me recibió el bosque lleno del silencio de los bambus, ascendí y descendí otra vez por varias montañas hasta que llegué a un columpio desde donde se contemplaba el mar infinito, me subí a el y empecé a mecerme con la idea de salir volando después del horizonte, quería volar a otro universo, me sentí ligero por primera vez en mucho tiempo, dejaba por un momento el peso de la gravedad, de la peregrinación, era un niño jugando, la aventura es mi refugio, me sentía orgulloso de haber llegado tan lejos pero todavía faltaban muchos días, aproximadamente treinta, sentía la confianza de haber terminado Compostela, faltaban muchos kilómetros todavía, así que decidí dejar de jugar, mas bien sólo regresé a seguir con mi partida, seguí andando y el sonido del mar me recordó con su reflejo que mi verdadera religión es la naturaleza y las letras.
Contemplé el mar descifrando porqué los ojos se me llenaban de lágrimas cuando pensaba en esta travesía, en las islas de Japón, hace casi una década reconocí a el viajero escritor, aquí tomé el bastón de mi querido héroe sin razón, en la epopeya, mi personaje al llegar al mar también llora y sus “lágrimas se convierten en semillas de trueno que realizarían todos sus deseos”.
Seguí andando y mi tobillo se sentía peor, empecé a cojear un poco sentí me estaba volviendo más viejo, claramente los años han pasado pero nunca había tenido la fortaleza, ni la condición que ahora tengo, seguí andando ahora por un canal del río con dirección al templo.
La pagoda parecía una nave que hubiera caído aquí hace mucho tiempo desde otro planeta, en algunas de ellas se que hay un gran Buda, y es verdad, es un ser del más allá.
Tomé el bastón como una extensión de mi pierna, sentía en un instante había envejecido y armonicé el movimiento del palo al de mi tobillo, al llegar al templo venté la maleta en la puerta y ascendí muy lentamente por la escalera, mis piernas estaban exhaustas, recordé al japonés hippie, que no me cayó nada bien, que me dijo que me fuera lento, su advertencia era de que, si me lesionaba la peregrinación terminaba.
Al ascender alcance a un hombre de edad muy avanzada que subía muy pero muy lento rezando en cada peldaño, en la cima nos encontramos los dos, el me miro a mi, yo a él, levantó su cuaderno y sentí me animaba a rezar con el sutra corazón, él lo hizo en japonés, yo en español.
“El camino está vació, no tiene fin ni principio, no hay ninguna meta, no tengo que demostrar nada, sólo tengo que ser y dejar de ser también”.
Me senté a la puerta de la nave central de la pagoda en la cima de la montaña, vi triste mi tobillo herido, me di cuenta de que no podría seguir, había pensado, esperado, preparado tanto para esta travesía y no podría seguirla.
Me fui al hostal, el lugar en el que me encontraba era Hiwasa, esa noche soñé que me levantaba en medio de la noche y ascendía por la montaña hacia la pagoda, abría la puerta y esta me llevaba a otra dimensión, el Sol Blanco, en la ventana, tal como le había sucedido a mi épico héroe en la epopeya del héroe sin razón me despertó.
Día 8, 9 y 10 del Shikoku Henro – Hiwasa
Tengo que descansar, tengo que tener paciencia pensé, esto es lo que vengo a aprender una vez más, que debo de ir más lento, conocerme un poco más, aprender a descansar, desde que tengo uso de razón he corrido y he vuelto mi pasión el hacerlo, estas pasión por las peregrinaciones lo demuestra, tengo que estar quieto pero siento que cuando lo hago se me escapa el agua de las manos, se me escurre el tiempo.
¿Qué debo de aprender? me preguntaba una y otra vez, lo primero que venía a mi cabeza era la palabra paciencia, entendida como la ciencia de La Paz, de ver con otra visión, desde otra dimensión, desde la sabiduría del vacío, no importa si continúo o no, como dice el mantra “no hay camino que seguir, ni sabiduría que lograr”.
La solución práctica era ir más lento y con menos peso, estaba andando unos 25 kilómetros al día con ello tardaría más 40 días, debía de recorrer 30 para que fueran los 40, empecé a sacar cuentas, si me iba a 20 kilómetros por día tardaría 60, la sólo idea me desesperaba, llevaba casi una semana y estaba exhausto, no me veía multiplicando este cansancio por ocho. Tal vez debía de regresar. Porque no puedo ir más lento, joder.
Después estaba el problema del peso, desde el principio leí que no podía cargar más de 5 o 6 kilos, llevaba 10, pensé que no eran mucho más, pero ahora veo que es un 100 por ciento más, y me he roto los dos tobillos, estoy cargando demasiado concluí, no sólo es el peso de la mochila, son las creencias que tengo sobre quién soy y como debo de hacer las cosas, no soy un asceta, no soy un monje zen, sólo soy un peregrino me dije, y luego pensé, ni eso, soy solo un aferrado vago aventurero.
“No puedo parar tengo que seguir”, me decía y me repetía algo dentro y fuera de mí, en cuanto salí del cuarto vi una bicicleta, recordé que ayer me dijeron que la podía tomar, me subí de forma torpe hacia ella, al empezar a andar sentí me iba a caer, el manubrio se me iba de lado y el peso también, era como un potro salvaje que había que domesticar, era una bicicleta muy pesada y vieja.
Crucé la calle zigzagueando y pronto salí a la carretera, me paré en los pedales para darle más velocidad, en ese momento sentí una renovada energía, la gravedad era menor que cuando caminaba, sentí el viento en mi cara, me sentía ligero y sin darme cuenta tomé velocidad y ya estaba rodando como dueño de la carretera, pronto la realidad se transformó por completo frente a mí, en ese momento le di la entrada a la idea de que podía seguir en bicicleta.
Recordé lo bien que la he pasado en ella, algunos fragmentos de cuando salí de Londres con la idea de cruzar Europa, otras imágenes de cuando estaba pedaleando junto al Rhin viendo castillos, después los prados verdes de Austria, de como pedaleé el Danubio, como crucé Viena hasta llegar a Budapest, hace tan solo unos meses había andando 2500 kilómetros, la vuelta a Shikoku solo eran mil.
Regresé con energía renovada al hostal y vi una bicicleta Merida, justo como en la que me enamoré de los caminos de Amsterdam, le pregunté a Ichi, el dueño del hostal de quien era la bicicleta, me dijo que era su novia, Erika, ella era mitad belga mitad japonesa, hablaba perfecto inglés y japonés.
Una hora después ya estábamos hablando de las maravillas de las rutas en Europa, justo la bicicleta la había traído a Shikoku, pues vino a hacerla peregrinación como parte de una investigación para una marca de bicicletas japonesas, es decir, había hecho justo lo que yo quería hacer, y así mirando al horizonte en Hiwasa me advirtió que la ruta era bastante dura, “los primeros templos son fáciles pues no hay muchas subidas, pero después las cosas se complican los templos están en las cimas y solo llegas a ellos cargando la bicicleta.”
La escuchaba atento mientras me imaginaba otra vez pedaleando como en los viejos tiempos, sentí otra vez la adrenalina de la aventura recorriendo mis venas, el grito de la posibilidad, el llamado de la velocidad.
Recordé lo mucho que había pensando sobre el duatlón de 3500 kilómetros que había hecho algunos meses atrás, ahora sería al revés que en aquel entonces, sin embargo venía mejor preparado que aquella vez, ahora siempre viajo con un biker por si se me presenta la oportunidad así como una carcasa para poder colgar el móvil a el manubrio de la bicicleta.
Ahora tenía que encontrar algún lugar para rentar la bicicleta, había visto algunos lugares pero no me respondían, entonces me puse en modo búsqueda intensa a llamar por telefono, a pedir consejos a amigos, conocidos, a hablar a las tiendas de bicicleta hasta que lo logré.
Día 11 de Bike Zen Henro – Tokushima, Minami, Anan, Muroto
Por la mañana tomé el tren de regreso a Tokushima y en tres horas recorrí lo que había tardado más de una semana caminando, llegué al hostal y ahí estaba esperándome mi bicicleta, en cuanto la tuve en mis manos puse el soporte para el movil y me fui a buscar una tienda para comprar otro biker y una botella de agua.
Al otro día muy temprano me propuse llegar cuando menos a Hiwasa, mi meta era llegar al lugar donde partí o de ser posible un poco más allá, la meta era andar unos 90 kilómetros en total, en cuanto empecé a pedalear sentí se disolvió la gravedad, el peso y el dolor, me sentí ligero como el ave migratoria que soy y creo seguiré siendo, mientras andaba en el vuelo pase varias veces por los lugares que había recorrido, las largas avenidas solitarias ahora eran divinas, mis lamentos se fueron quedando en el viento y en su lugar me crecía en el rostro una nueva felicidad y más de una vez las lágrimas asomaron a mi cara.
Las dos ruedas volvieron a formar parte de mi cuerpo, recuperé mis alas y el viento borró los límites que me había puesto, seguro terminaría esta peregrinación, las posibilidades volverán a desplegarse, las horas se convirtieron en decenas de kilómetros andados hasta que llegue otra vez a Hiwasa, al ver el templo donde pensé que terminaría la travesía, volví a sentir que ahí estaba guardada una mente iluminada, la misma que me trajo aquí y me ha hecho seguir, mientras la veía escuché el sonido de muchos tambores golpeados con gran intensidad, voltee hacia la calle y justo hacia mí venía un templo rodante de madera cargado por unos treinta hombres que cantaban al ritmo del tambor.
El templo era de bambú, en el centro de él estaban cuatro niños golpeando de forma sincrónica y festiva un sólo tambor, arriba de ellos había una réplica de la estupa de Hiwasa, pronto el templo rodante llegó a la entrada de la zona sagrada de hiwasa, era como un eclipse, un templo rodante, llegaba a el templo quieto en la montaña.
Justo a la entrada empezaron a hacer girar de un lado a otro el templo rodante, lo alzaban de una esquina a otra y gritaban, luego daban vuelta, tras ellos venía otro templo más pequeño cargado por niños y al final otro cargado por puras mujeres, contemple el movimiento de cada uno de ellos, al final la solución eran las ruedas, la peregrinación continuaría gracias a ellas.
Creo que el rito era por el héroe sin razón que murió en esta isla, vi su funeral mientras pasaba, la gente del pueblo ya no lo recordaba, ni yo mismo, solo quedaron los tambores y el rito, el cometa se convirtió en bicicleta y ahora siguiendo su ejemplo doy vueltas en mi vehículo por el planeta buscando el sol blanco, deseo quedar como el Buda iluminado, reflejar como las estatuas el astro dorado.
El atardecer se acercaba y todavía faltaban casi treinta kilómetros, sentí una presencia del lado derecho, al dar una vuelta sentí me observaban, no sabía lo que era pero pronto descubrí que era el mar lo que estaba a mi lado, él me vio primero a mi que yo a él, entonces la cara se me llenó de lágrimas pues me di cuenta de que gran parte de la ruta continuaría bordeando el mar lo cual era otro sueño hecho realidad, de repente entre dos montañas encontré un remanso para ver el mar y el sol me llenó la cara, el estruendo de las olas armonizó entonces con el de mi corazón que latía agitado de nuevo, quise quedarme a ver por completo el atardecer pero todavía faltaban veinte kilómetros.
Al poco tiempo estuve en completa oscuridad, la bicicleta estaba equipada con una pequeña luz, la encendí cual durante mucho tiempo era lo único que veía en la oscuridad, y de repente a mi y durante mucho tiempo sentí el rugir del mar, me sentía sentía algo temeroso pues estaba pedaleando en una completa oscuridad con solo una lámpara en medio de la carretera en las montañas, después vino una bajada y empecé a volar en la oscuridad hasta, veinte minutos después llegué al hostal.
Busqué un lugar para comer y encontré un restaurante frente al mar, el cual solo era oscuridad, hasta que como por justicia poética o divina la luna empezó a iluminar la espuma de las olas, recordé entonces la primera vez que vi esta oscuridad en el mar a los quince años, la primera vez que abracé la vida vagabunda por semanas, donde conocí por primera vez a los vagabundos del dharma, quien me diría que cuarenta años después sería yo un trotamundos budista peregrino.
Día 12 de Bike Zen Henro – Muroto, Aki
Me sentía cansado pero la inercia del avance me llamaba una vez más, había amenazas de tormentas pero pensé que podía hacerlo, tengo miles de kilómetros de memoria en mis muslos, sentí otra vez esa desmedida confianza en mí que me llevó a parar la peregrinación a pie y aun con anuncio de lluvia decidí pedalear.
Los momentos duros parecen pruebas, la lluvia en la bicicleta me recordó el inicio de año cuando pedaleaba en Vietnam en una lluvia torrencial con el corazón helado, en aquel momento mi futuro planeado estaba hecho pedazos y yo intentaba disfrutarlo.
Conforme la lluvia arreciaba recordé otras lluvias, una muy feliz cuando iba de Londres a Harwich para tomar el ferry que me llevaría a Europa, y otra lamentable en la que amanecí con agua en la tienda de campaña, luego vino otra imagen de dos o tres días después cuando me atrapó una tormenta inmensa y en medio de ella encontré el camino inundado, debí de haber dado la vuelta, pero en la desesperación pedaleé con fuerza hacia el río, me sumergí en él y hacerlo así en cuenta que mi computadora y todas mis cosas podrían haber quedado inundadas, al cruzar pensé lo había perdido todo, después bajó la temperatura y temblando con las manos heladas seguí y seguí llorando por mí, mi situación, mi terquedad, mi vida destrozada, al final llegue a un café al aire libre, pedí una taza que abracé intentando calentara por completo mi alma, luego puse mis manos en el teclado y escribí y escribí sólo para regresar al calor a mis manos.
Las condiciones extremas me ponen a prueba, el gran reto es seguir a pesar de todo, no dejar que mi ánimo decaiga, pues él es el verdadero motor que nos hace seguir, en cada reto tengo la la magnífica oportunidad de demostrarme que con mi ánimo puedo contrarrestar cualquier adversidad.
Todo es relativo, es vacío, en realidad lo único que importa es la aventura y la experiencia, la tormenta pasará y un nuevo día vendrá, lo que llamo problemas son simplemente experiencias, el infierno y el paraíso están en nosotros mismos, el placer y el dolor también, la agonía y la solución, la angustia y la paz, nada es blanco y negro la dualidad es sólo una ilusión para poder entender los extremos somos grises y siempre podemos pasar de la luz a la oscuridad.
La lluvia fue creciendo y debilitando mis fuerzas, incrementando mi angustia y volviendo el disfrute una prueba, llegué a la punta de la isla, dejé la bicicleta caminé hasta la cima y completamente mojado encontré un poco de paz, de belleza, de verdad.
El camino es único
La solución es infinita
La iluminación es la travesía
El encuentro está en la búsqueda
No existen las antagonias
La rueda gira y gira
Descendí del templo y me fui hundiendo en mi oscura debilidad, la lluvia arreció hasta borrar la visión, sólo veía lluvia, incluso dejé de ser yo, me disolví entre la tormenta y las gotas, me borré y sentí otra vez destrozarse el espejo de mi ilusión.
Esta era mi peregrinación, por esto había esperado tanto tiempo, ahora tengo que entrar en recomposición, es una eterna práctica que requiere mucha reiteración para su comprensión, lo único que creo que sé es que la solución siempre estará más cerca.
La lluvia arreció, vi un lugar para comer y estaba lleno, entonces en medio de una sala de espera llena de japoneses bien vestidos estaba yo en shorts completamente empapado con el casco en mis manos y una bolsa donde traía mi ropa seca y esperaba entrar al baño para poder ponerme algo seco para comer.
Media hora después obtuve un lugar, pedí un menú en inglés y no tenían, no sabía qué pedir, todo estaba en japonés observe las mesas a mi alrededor y señalé el platillo más grande que vi, cuando lo hice la señorita que me atendía sacó el celular y utilizando la aplicación de traducción me preguntó ¿Sabes lo que estás pidiendo? Moví la cabeza negando, me miró con compasión, habló con otras mujeres y pronto me trajeron un gran plato con pescado, me dijeron a señas remojara el pescado en la sopa y luego lo comiera, contesté con la única palabra que en verdad dominaba en japonés: Arigato Gozaimasu.
Devoré lentamente el platillo, me detenía a cada bocado, pues la lluvia no paraba y me faltaban tres templos y cuarenta kilómetros por recorrer, no quería seguir pero no tenía otra opción.
En cuanto salí otra vez a la lluvia sentí la energía renovada de la comida y regresé a la carretera, en medio de la tormenta llegue a una desviación hacia un lado estaba el templo, hacia el otra Aki, el pueblo que era mi destino, y ahí rompí otro icono, decidí saltarme un templo, luego otro y otro, solo quería llegar a el pueblo y estar seco.
Dos horas después vi una panadería y de forma automática me paré enfrente, al entrar a ella, el anciano que atendía me sirvió un café casi sin que se lo pidiera, tome unos panes y le pedí permiso para sentarme pues mojaría la silla, y con una reverencia y un gesto me hizo señas de que estaba bien.
Abracé con las manos y el alma la taza, devoré el pan en dos o tres bocados, luego fui por otro, mientras veía al panadero resuelto en sus labores, una vez más me pregunté porque no podía ser normal, porqué me retaba tanto, por que era tan extraño, por que no podía tener un trabajo como el de él, vivir en un pequeño poblado y no salir, de repente sentí que mi cuerpo estaba bañado en lágrimas, la cafeína me fue reparando el alma cuarteada hasta que tome fuerzas para pararme y seguir, cuándo pagué el encargado me hizo señas de que me comprara un poncho en la tienda de conveniencia, le mostré que mi ropa era antiagua, el volvió a insistir que fuera a la tienda, pagué y me fui hacia ella.
Justo en la entrada estaban los paraguas, los ponchos y unos trajes impermeables de dos piezas para el agua lo compré y me lo puse inmediatamente, en cuanto salí al agua me sentí completamente nuevo, cubierto.
Me puse los audífonos con el disco de Animals de Pink Floyd y empecé a pedalear acompañado de su magia, en cuanto terminé el disco llegue a mi destino, había reservado un business hotel, mi mente se arrodilló agradecida al pensar en una cama, en cuanto crucé la puerta del hotel la encargada me vio con cara extraña, me pidió mi pasaporte, no hablaba inglés, con el traductor del móvil le hice saber que lo había dejado con parte de mis pertenencias en Takamatsu, ella se mostró intransigente, se veía enojada, parecía no entender nada, después de diez minutos de infructífera discusión me enojé, di la vuelta hacia la puerta y sentí su electrizante mirada.
Reflexioné un poco, traje la calma a mi y decidí hablarle a mi amiga japo mexicana, le explique la situación, le pasé el teléfono a la encargada y discutieron diez minutos, al final conseguí mi habitación, subí con la bicicleta a ella, tiré mi ropa me puse la yukata y me fui directo al onsen a calentar mi cuerpo, mis huesos, mi alma.
El destino está vacío
La liberación del bikeherno
Día 13 del Bike Zen Henro – Aki, Koichi, Geisei
No hay lugar a donde llegar, no hay lugar de donde escapar, los viajes y las opciones del futuro son una ilusión, nunca sabremos lo que nos depara el derredor y por más que lo sabemos, lo se, lo digo, lo pienso, lo analizo, no puedo dejar de creer que será mejor después, que la solución está en el exterior y sé que cuanto estoy escribiendo esta escrito y dicho por todos pero hoy me toca a mi decirlo llevo varios meses, años, quizás la vida entera buscando y tengo la esperanza que después será distinto, que a donde vaya encontraré la felicidad absoluta, eso pensé al venir al shikoku Henro, creí que aquí estaría la solución, que aquí me sentiría mejor y la solución la repito día a día en el corazón sutra, mi agregada estrofa es “el destino está vacío, y el vacío es el destino, la meta es una ilusión y la ilusión es la meta” al tener claro esto siento una sonrisa que cómplice de si misma me dice que cuanto he hecho ha valido la pena, no hay a donde escapar, no hay a donde ir, a eso es a lo que vine a comprender en este pueblo llamado Aki, el aki es lo único que existe, y hoy he llegado en shikoku a aki.
Mientras esté Aki debo de dejarme ir, debo entrar en la dimensión que me explota en la frente a cada respiración, refrescar mi alma vieja de lamentos y recuerdos, decirme que desde Aki soy nuevo.
Para llegar Aki tuve que parar mi caminata, reflexionar mi vida, mi estrategia, poner ruedas a mi cuerpo y al hacerlo sentí que recuperé una capacidad perdida, la de mis miembros ágiles, la disolución del peso de mi sangre y la gravedad, mi velocidad se volvió ligera una vez más y mis pesares están volando también.
No se trata de quitarse el sufrimiento, es imposible estar atado al existir, se trata de ser feliz, pero si no es así, escalo un peldaño más y decido sonreír.
Empiezo a entender que el zen es la forma correcta de ver, me doy cuenta que no soy el asceta que creo, ni el ser espiritual que mi fantasía igual pretende ser sino simplemente un vago que sufre y anda buscando en las peregrinaciones medicina, en darle a el recorrido un sentido, comprender un poco más la mente y el vacío.
Se que el entendimiento de la verdad es una práctica, que se toca una y otra vez pero se requiere mucha reiteración para su comprensión, lo único que creo que sé es que la solución estará ahí, en mí.
Volando con estas reflexiones llegué al mar, esta vez con una panorámica más grande, la playa estaba unos veinte metros debajo de mi, sentí entonces que llegaba a un plano irreal, seguí avanzando y vi una caja de cristal en la cima de la montaña, mientras me acercaba vi que era un restaurante transparente, no tenía paredes solo cristales por los cuales se veía el mar a más de 180 grados, era uno de esos lugares paradisíacos diseñados por Ando Tadao, al entrar recordé al instante que en un espacio similar hace casi una década en la Isla de Jeju en Corea me comprometí, entonces entendí que había llegado a aki, a hacer un nuevo compromiso, ahora sólo conmigo.
Montado sobre el rectángulo transparente sobre el mar me comprometí a seguir con el rito de recreación, sentí como se deshiciera un hechizo, sentí la conexión con el vago que fui a los diecinueve años, aquel que escribió la isla mental, las coincidencias eran infinitas, justo en. Hiwasa dejé de ser el héroe de la epopeya del héroe sin razón, aquel que a los diecisiete caminaba con un bastón, él murió en una isla como esta, también sentí como falleció el emprendedor digital y como si me reconociera nuevamente me dije: Soy Edgardo Montero, un escritor, un creador, un vago, un aventurero, un ser en definición, un practicante apasionado buscando sentido en el universo y puedo, quiero, crear una nueva vida, una nueva empresa, una nueva relación, se levaron las anclas, los cristales se llenaron de esperanza y me dije puedo volver a empezar una vez más.
Y regresé a la carretera con renovada energía, con las piernas nuevas, la lluvia de ayer había sido una purificación, un baño celeste para llegar Aki, al hoy, avance al siguiente templo y no pude más que escribir “Mi compromiso gran compromiso es conmigo” y sentí que todos deberíamos de sentir, entender lo mismo, al final del templo en un cementerio había decenas de pequeños y tiernos Budas sonriendo, deseo ser uno de ellos.
Avancé hacia el siguiente templo y encontré uno de los Budas más resplandecientes que he visto en mi vida, no se si era el sol, la luz, mi armonía, pero viéndolo a la cara sentí quedarme medio dormido frente a él, en medio de un sueño abrí una puerta y ahí me di cuenta de que siempre ha estado abierta.
Seguí mi camino de bike henro hacia el siguiente templo, fue como una continuación directa del anterior, el aki es un instante presente donde no hay principio ni después, “fin y origen convergen en el mismo vértice, la dualidad desaparece, ojalá pudiera entender, poner en práctica y creer lo que sé, por hoy sólo queda practicar, un día a la vez”.
Día 14 del Bike Zen Henro – Kochi, Nankoku, Tosa
Ascendí la montaña de Godaisan en dos ruedas y en la cima me volví a vestir de Henro para darle una vez más una vuelta a la rueda del dharma intentando descifrar y convertir en enseñanzas lo que me pasa, instante a instante el aprendizaje es constante. La única dirección es hacia arriba, la única dirección es hacia delante, se que lo sabes, lo supe, lo se.
Estoy drenando mi impaciencia, día a día se escapa un poco más la neurosis de la velocidad, como dice el mantra “partir, partir a lo más alto” el viaje es escape, búsqueda, sentido, compresión y encuentro.
¿Y si el camino al cielo no está compuesto de sacrificio, sino de entendimiento, de la práctica voluntaria del gozo pleno, de la voluntad a resolver los problemas que creamos, las ilusiones a las que nos atamos?
En la cima de la montaña hay una gran pagoda, cada vez las veo más como la huella de un alma que partió hacia el universo se iluminó y dejó como recuerdo ese templo, la sombra del ascenso de un buda.
Empecé a volar en la bicicleta y llegué a la siguiente cima, ahí un buda sentado contemplando el horizonte me recibió y me senté con él a ver el mar, no se quien puso el brazo arriba del hombro del otro, si el en el mío o yo en el de él, fue como reencontrar a un amigo de la infancia, junto a él estaba el templo y Kobo Daishi contemplando también inmutables el horizonte, me despedí de ellos con un rezo y partí hacia las montañas azules que unían el agua con el cielo.
El mapa me indicaba que fuera por un camino pero vi un atajo por un puente y sin pensarlo fui hacia él, en cuanto llegué empecé a ascender pero al dar vuelta a la derecha, me di cuenta de que tenía que escalar más de diez metros, la inclinación era demasiada, el puente parecía estaba prohibido para las bicicletas, sólo había dos carriles, no había tiempo de hacer nada, sino solo utilizar mi mejor técnica,.
Me fui haciendo cada vez más consciente de los cambios, no podía dar un paso en falso, detrás de mí había una hilera de coches y camiones que de repente me rebasaban cuando no venía nadie del otro lado, concentrado, escuchaba el rugir de los motores y respiraba lo más hondo que podía para convertir el oxígeno en energía, continúe mi danza intentando equilibrarse y levantar mi columna vertebral hacia el cielo.
Mientras ascendía y ascendía sentía los músculos fuertes arder, mis brazos estáticos, mi mente ligera, en concentración plena, el temor me ladraba al oído y yo decidía no voltearlo a ver, no había espacio para él, la subida seguía más y más, era como una montaña rusa y por más que pedaleaba no podía dejar de reducir mi velocidad.
Los autos empezaron a pasar a mi lado, sentía ellos estaban desesperados, yo también, yo hacía mi parte, y yo confiaba en que ellos hicieran la suya y no sucediera ningún tragedia, hasta que por fin llegué con el corazón exaltado a la cima pero no había tiempo de festejar, ahora venía el descenso.
Entonces me fundí con el viento, el mar, las montañas, el horizonte, hasta que llegué a la playa y vi que continuaría por kilómetros y kilómetros pedaleando por un inmenso malecón junto al mar, ahí entendí que el océano es parte de mí.
Conforme voy acumulando templos me siento más vacío y más pleno, más seguro y más lleno, y se que esto sólo es temporal que al igual que cuanto me rodea va a terminar pero tengo la seguridad también de que algo nuevo va a empezar y será bueno pues siempre ha sido así, siempre he decidido que sea así.
No me espanta el morir, se que el día que deje de respirar y llegue el juicio final se que ambos sonreiremos diciendo “lo hiciste bien, buscaste salir hacia arriba y adelante, ascendiste un poco, sonreíste millones de veces, lo lograste”.
No tengo, ni tenía, ni tendré certeza de que es lo que he descubierto durante esta peregrinación entre templos, pero los siento, los hallazgos son una corriente, un entendimiento que voy descubriendo mientras ruedo, recinto que “el cuerpo está vacío y el vacío el cuerpo” mientras pienso que cuanto pienso está vacío, que no existe ninguna sabiduría que lograr, sino sólo avanzar, partir, partir a lo más alto, cómo escribí y repetí mil veces en la adolescencia “ir, ir sólo tenemos que a lo más alto seguir, a eso venimos aquí”, no me quería despedir del camino junto al mar pero tuve que dejarlo para ir hacia el templo, mis lagrimales se abrieron reflejándose y despidiéndose.
Me enjugué el rostro para entrar al templo, encendí la vela, otra vez estaba ahí kobo daishi con su rosario en la mano rezando “la felicidad es una práctica que con la tenacidad se alcanza” al salir vi las huellas de los pies de Buda dorados llenos de alusiones a la rueda del dharma, seguí andando hacia el templo 34, entonces “deje entrar al silencio y se vaciaron mis lamentos”.
Navego en el tránsito de la alegría a la tristeza, luchó contra el viento, la gravedad y la inercia de cuanto me rodea, cada día me vuelvo más autónomo, creo mi burbuja en donde quiera que me encuentro y me concentro en mi propio misterio, en resolver este complejo juego sin solución que es estar existiendo.
Sólo viajando he encontrado la forma de hacerle frente a este rompecabezas, cambiando de colores, culturas, aromas y formas entiendo que estamos de paso, que cuanto me rodea es perecedero, que no volverá a estar conmigo, ni yo con él, e intento ser feliz con ello, es decir, intento entender mi impermanencia y la de cuanto me rodea encontrando y dejando ir, convierto mis días en letras, en mandalas que quedan fuera de mí al momento de escribir, intento salirme de la narración y ser sólo contemplación pero no puedo dejar de decir e interpretar y querer transmitir lo que pasa por mí, faltan 58 templos más
Día 15 del Bike Zen Henro – Tosa, Susaki, Kuroshio
Empiezo el día con la acostumbrada sensación de que voy dejando algo en el camino, tal vez es mi piel, mi ser, no lo sé, tengo que dejar de luchar con avanzar, sólo debe de aceptarme un poco más, yo y la bicicleta somos la misma materia, soy mi transporte, el motor y el freno y voy más lejos de mí, mis metas son aquello que acostumbro llamar sueños, la realidad me sobrepasa, nada es como pienso, no me canso de comprobar que la belleza de la realidad sobrepasa la ilusión, varias veces dudo de que esté despierto, o me pregunto ¿ cómo llegué hasta aquí ?
Siento la resistencia al movimiento, algo dentro de mí me dice que ya fue mucho tiempo, que debo de regresar, pero no se a donde, no sea que, sé que es lo mismo estar aquí o allá, la angustia viaja conmigo, lamentablemente es mi compañera, de un lado está ella, y del otro la musa travesía susurrándome poemas.
El destino del viaje se vuelve más concéntrico, me he dado cuenta que entre más lejos, voy mas dentro y entiendo más el significado de muchas enseñanzas que antes me eran extrañas.
Ahora veo como una proyección clara las consecuencias de mis actos, los karmas que fui sembrando en el pasado y los brotes psicóticos que provocaron.
Al trabajar de madrugada a madrugada obsesionado con la idea de lograr un beneficio económico y egótico pase innumerables e insondables noches de insomnio, me metí en la rueda gimnasio de la rata y me puse a dar vueltas hasta quedar cansado sin moverme durante mucho tiempo sólo quedando más exhausto.
En la lucha se pierden de vista a las personas, nos volvemos parte de una máquina de la que somos agresores y víctimas, en un daño irresponsable se nos van los años y hasta que algo, o alguien no nos pone de rodillas mirando al cielo no entendemos, que la lucha es el veneno.
No puedo dejar de sentir el los labios el pacífico viento de la muerte, he visto los orígenes y las causas de mis sufrimientos, he sufrido para lograr algo y también he sufrido al perderlo, sin embargo a la distancia estoy agradecido y quiero seguir viviendo pero sufriendo menos, contento en la conquista y en la pérdida.
La bestia a la que debo de domar es mi mente, ella gobierna mi forma de actuar, la herramienta es la atención unipuntual sostenida, el aterrizar al presente, el atraer y provocar dentro de mí la más grande sonrisa a la que tengo alcance para compartirla, después de mucho buscar me he dado cuenta de que mi rostro extasiado de alegría es mi mejor ofrenda, arma y belleza.
En estos retos kilométricos ejercito mi espíritu más que mi cuerpo, todavía me encuentro lejos de llegar a el final, pero entonces me recuerdo que estoy ya en la meta, lo que busco es seguir navegando en esta isla mental, mi pasado se está tejiendo en un nuevo brocado para salir de aquí renovado, en las venas que irrigan el bosque lleno de templos conviven los diferentes personajes que he ido creando en mi existencia, veo por fin terminar la crisis de Eda, la de aquél adolescente que tenía miedo de romper en pedazos el espejo y después ascendió en una burbuja hacia otro universo.
Sé que este viaje me está llevando a través de mi cosmogonía, de mi mitología, de las creaciones que he creado a lo largo de mi vida, de los seres que he encarnado, e intento unirlos dentro de mi pecho, seguimos siendo yo y ellos, somos el pasado que ha dado como resultado este presente.
Veo alrededor de mí imágenes caleidoscópicas que giran creando versiones hermosas, versátiles, multiperspectiva de mi persona y las combinaciones, como el camino nunca terminan, cada noche antes de entrar con Morfeo veo la larga línea punteada en el centro del pavimento, mi llanta va acariciando cada una de las líneas, la velocidad se hace mía, soy el viento que me aviva.
Día 16 de del Bike No Zen Shikoku Henro – Kuroshio, Shimanto
Tardo tiempo en establecer contacto conmigo, atraigo desde lejos el silencio y en el me sumerjo, mis preocupaciones y necesidades son tan vanas e iguales como las de cualquiera, pero al ser mías las considero de mucha importancia, pues nadie hará por mi lo que yo debo hacer, responsable de mi emoción, de mi amor y de estar en conexión
Tengo ideas preconcebidas acerca de lo que podría ser mi futuro pero si sigo mi corazón con astucia me lleva por sendas ilógicas pero correctas. Tomo la dirección conforme el horizonte, la brújula, mi conocimiento, mi ignorancia, mi inconsciente expresado en ganas va creando una obra artística, propia, única y mágica.
Lo que más me gusta de las vasijas es admirarlas y a gritos romperlas, lo que más me gusta de la inconsciencia es convertirla en planes, letras e ideas.
Mi sombra me habla y con ella dibujo en el aire de las paredes mis memorias, mis párpados guardan las felices lágrimas que me brotan diario frente a los paraísos en que me vuelvo paisaje, vuelo como ola, me alzo como ave, cruzo el agua en bicicleta comprobando del mundo la circunferencia.
La realidad se derrite cuando es encendida por la armonía solar que palpita, mi experiencia deja de ser mía y me uno a la energía como gota a la corriente.
En esta isla me despego del continente, cómo lo hiciera mi héroe sin razón, esta isla está en movimiento, siento a cada momento los temblores, veo las alertas de tsunami y los preparativos del cataclismo en el que me sumerjo dejando de ser yo mismo, me sumo en el abismo, entiendo que los ventrículos son cavernas que reproducen del vacío el eco, se que no tiene sentido, no tiene porqué tenerlo, lo estético sólo es y en su naturaleza es ecléctico pues siempre somos el resultado de mezclas de fragmentos de inconsciencia.
Zen dejar de ser, y en el aire vuelvo a ver, renacer como el pez que salta del agua para comprobar sólo que aquello que cree que es en verdad no es, me vacío y en el interior me lleno de un resplandor eterno, los dioses están por doquier, por ello los japoneses hacen reverencias todo el tiempo, las deidades están encarnadas en todas partes.
Sé que las pagodas pronto empezaran a despegar hacia el cosmos, sé que se unirán con aquello que las invoca, la realidad es una película demasiado delgada para conformarse con habitarla, somos más que ella, lo sabemos, lo sentimos pero no nos atrevemos a asumirlo, pues se deconstruye por completo la civilización que construimos, el viajero sabe que en cuanto avanza dejará de ser aquel que sólo por un momento fue, que no hay mucho que poseer, cada quien decide en qué creer y lo más cómodo resulta ser muchas veces lo más insatisfactorio, promesas de que después seremos, tendremos, iremos a donde queremos, ir, tener, ser.
El ahora se abre paso entre las grietas de la tierra y me invita, te invita, nos grita que va a desaparecer si no le hacemos caso de inmediato, las oportunidades de subirnos a él se va haciendo pedazos como las burbujas de la espuma que desaparecen en la playa.
Me atrevo ser yo y atreverme a ser como en realidad soy, y así me tomó de la mano compasivamente para ser mejor, ese es el camino que quiero intentar el día de hoy, ser un poco más yo, hacer menos daño y estando un poco más consciente de lo que ocurre en mi cerebro, mi voluntad, mi percepción deseo vaciarla en cada respiración.
Los templos empiezan a parecer uno solo como la práctica, debo de poner el incienso cada mañana en el templo que habito, dejarlo que penetre en lo más profundo de mis pulmones y se encienda con la incandescencia que se crea al poner la atención correcta, no dejar que se apague la vela de la conciencia.
Las tareas del día son mi ofrenda, la principal es la sonrisa que entregó a cada persona con la que tengo interacción, se que puedo estar mejor, se que puedo ser mejor, se que la práctica es una vez al día, se que el aprendizaje no termina, aquí en Shikoku aprendo a reconocer que día a día hay un templo al cual iluminar y reverenciar.
Estoy a la mitad de la isla, el primer cuarto lo hice caminando, el segundo lo he hecho de templo en templo en bicicleta, ahora creo que dejaré de rezar solo en los templos e incorporaré la práctica a donde quiera que vaya, y continuaré con la ruta por los límites de la frontera, del pensamiento de la tierra y quien lo piensa, abriré grande mis ligeras alas de garza y continuaré entre mares, ríos y montañas buscando la presa.
Mi alimento es la belleza, mi creación son palabras, creo en las deidades que día a día me abrazan, que se me ponen en la frente en forma de paisajes, de humanos, de estatuas, de árboles, animales, soy un salvaje poeta aventurero místico épico en constante autodescubrimiento, no hay lugar a donde llegar cuando se va hacia dentro, he llegado al final y desde ahí continuo mi perpetuo iniciar una vez más.
Día 17 de del Bike No Zen Shikoku Henro – Shimanto, Tosashimizu
Siento que va a llegar alguien corriendo hacia mí, creo que ese alguien soy yo y me grito “que bien lo has hecho” y acepto que aunque estos escritos no sean nunca escuchados o leídos no me importa, la maravilla ha estado en las heridas de luz que tengo en el ser por encarnarlos y escribirlos, mi diafragma se abre grande en una emoción y comprensión mucho mayor del rumoreo del mar, en su eco descubro una y otra vez que como él nunca nadie me podrá callar, esta es la isla mental y vine aquí a hablar, interpretar, a vivir, a experimentar, desde pequeño supe que no quería que me contaran cómo era la tierra, quería conocerla, y heme aquí en ella, lo mismo me pasó cuando vi hasta donde llegaba la razón, al poco tiempo me di cuenta de que su existencia era infinitamente más pequeña que la del corazón, la fe y la imaginación.
No hay búsqueda ni satisfacción más grande que entrar en contacto con las olas que llegan desde el infinito y enfrentar la mar mental atacándose a sí misma, esta es una versión más del fin de la tierra y me repito “todo ha valido la pena, no me puedo arrepentir, se que una y otra vez más lo voy a hacer, soy implacable, lo sé”.
No hay razón para estar sentado, no hay razón para no estar en movimiento, no hay razón para no atacar a gritos el silencio, no hay razón para conformarse con ser lo que nos dijeron, o con ser sólo una versión de nosotros mismos, somos un caleidoscopio, somos un juego azaroso, un volcán que hace erupción hacia el interior
Llegué entonces a mi ultimo templo, dejé mis ropas de Henro y regreso a ser el viajero que tanto trabajo me ha costado ser, y dejo de luchar, todo ha sido por estas letras, todo ha sido por alimentar el fuego de la belleza.
En ese momento dejé el bastón y le di gracias al Buda Peregrino por haber caminado conmigo, por mostrarme la naturaleza perfecta, la forma correcta de ser zen, se exactamente lo que debo de hacer, ahora sé cuál es la práctica, ahora sé cuál es el camino, lo único que necesito hacer es multiplicar la voluntad y avanzar más.
Los karmas se van agotando, los errores son descubrimientos, el mar no deja de purificar la tierra, las nubes desaparecen y las aves vuelan, todos los seres del universo buscamos la armonía de forma perpetua, los ojos me brillan sol diamante, dejo mi piel en la playa, mi corazón está en el mar, en el arte, en el viaje.
Día 18 de del Bike No Zen Shikoku Henro – Tosashimizu
Ayer tuve una de las más grandes pesadillas que he tenido en mucho tiempo, era Año Nuevo y estaba festejando tal y como lo hacía año con año, yendo a una iglesia de una religión en la que no creo a comprar parafina para quemar los primeros días del mes y salvar mi alma.
Después de eso cenaba con mi familia y atragantándome de uvas repetía metas que sabía nunca iba lograr, cosas que no quería hacer, como todos los años acababa la cena y deseaba hacer algo nuevo, llegaba entonces a mi cama y lloraba en la oscuridad y me di cuenta de que estaba sucediendo algo peor, se me habían terminado los sueños, las ganas, ya no tenía nuevas ideas, ni sabía qué hacer.
Abrí asustado los ojos sin saber donde me encontraba, había sólo oscuridad, intenté bajarme de mi cama, pero no estaba en mi cuarto, ni siquiera estaba en una cama, estaba a la altura del piso, puse una mano en él reconocí con las manos que era un tatami, después recordé que estaba en Japón dándole vuelta a la isla en bicicleta.
Sentí una inmensa pena por el yo de mi sueño, aquel yo anterior que estaba tan deprimido que no podía imaginar que llegaría tan lejos, contento hasta el alma y satisfecho camine por la habitación esquivando mi ropa tirada, las alforjas de la bicicleta, mis gadgets parpadeaban, en la mesa estaba la tablet y el teclado y no pude más que ponerme a escribir esto ahí me di cuenta una vez más de que lo que estoy viviendo es un sueño.
Vuelvo a dormir y a despertar, vuelvo a rodar, llego otra vez al mar, como las olas lo hacen en la costa, la luz solar animada brilla sobre el agua incandescente hacia el sol naciente, hago una reverencia ante la intrincada red de sucesos que me han traído hasta este momento, rezo una vez más el corazón sufra y me doy cuenta de que no hay ningún lugar al cuál llegar, qué más da aquí o allá, lo importante es generar la conexión con cuanto tengo a mi alrededor, hoy me conformo con sólo ser, apreciar lo que me rodea y seguir llenando mis retinas de épica poesía.
Estoy navegando en mi propia isla mental, en mi propio artefacto movido por mis piernas, voy hacia donde ellas me llevan, mi tarea es descifrar el destino que anhelan, aquello que sea mejor para la épica insaciable de belleza.
Soy un prisionero de la libertad, un enamorado del intentar, un encadenado a la aventura, a la locura de ver diariamente paraísos diferentes, de iniciar este diálogo elocuente con lo que me rodea y con lo que tengo en la cabeza, mis ambiciones, mis afecciones, mis alegrías y mi batalla contra las penas.
Nací acelerado y no tengo intenciones de calmarme, veo en el mar estrellas intermitentes durante el día, me estoy habituando a ver de forma continua maravillas, a veces llega un aire fuerte que me produce un poco de espanto, pero se que pasará, siempre sucede así, la realidad está vacía, no tiene significado, soy yo el que decide cómo interpretarlo.
Sé que necesito calma, se que la encuentro en el movimiento, por contrario que parezca conozco cada día un poco más mi esencia, es el resultado de andar tanto tiempo con ella, dialogando como lo hago en este momento celebrando sólo la calma de haber llegado a este paraíso desolado.
Me he convertido en el artefacto, tengo en mi pecho una cámara, en mis manos un teclado, bajo mis piernas una bicicleta, en mis alforjas un teclado y mis cuadernos son softwares en pantallas, soy texto, imagen y audio.
…
Los retos son batallas internas que nos llevan hacia la muerte y el nacimiento, nos hacen transgredir el tiempo, lo único que queda de ellos es lo más valioso que tenemos: nuestros recuerdos, ellos son los que mantienen el fuego interno.
No hay blanco, ni negro, ni gris, termino aquí una vez más la dualidad y paso a la policromía, la he llevado en mi vestimenta la vida entera, se que el arcoíris es la forma suprema, se que si abren mis ojos de ellos saldrán millones de azules, amarillos, rosas, magentas y verdes, de la naturaleza, el amanecer y el atardecer.
Se que voy a ser alguien mas, se que seré muchos más, se que somos materia evolutiva y estos retos son existencia concentrada.
Me doy cuenta una vez más de que la meta es ilusoria, de que en realidad no se llega a ningún lugar, no hay meta que lograr, no hay viaje de vuelta, la muerte es una mentira que nos sirve para darnos una idea de final, pero en verdad sabemos que no lo será, somos transmigración, el infinito no es más que este instante.
Las verdades siempre están delante, tenemos impresas las respuestas en nuestro código genético, solo hay que saber cerrar los ojos y aventurarse a indagar dentro, los viajes ayudan a entender esto, cuando movemos nuestro cuerpo por lugares desconocidos también lo hace nuestro intelecto y entramos en en esa sintonía épica de conquista, de zen eternamente ser.
No cesamos de avanzar en esta banda llamada realidad, cuando pongo una bicicleta bajo mis piernas entiendo mejor como entro en locomoción con mi alrededor, como soy con lo demás, como soy el director de la película que también actúo y busco ser fiel al guión para lo cual sólo tengo que armonizar con lo que tengo alrededor.
No soy uno, somos muchos, miles, millones, los peregrinos, buscadores solitarios que en el camino nos saludamos con la sonrisa propia de quien está encontrando y viviendo instantes excitantes, tocando otras realidades, sumergiéndose en otras latitudes y encontrando su forma única de abordar cada experiencia, rompiendo los moldes vistos o auto impuestos, al andar nos damos cuenta de lo únicos que somos y de la forma original en la que debemos de abordar cada aventura para poderla terminar.
La autosuficiencia e independencia que alcanzamos cuando nos entregamos a la travesía nos lleva a encontrarnos con el destino que hemos decidido para nosotros mismos.
Me preparo una vez más para entrar en unión con la deidad sólo faltan cuatro días más.
Día 19 de del Bike No Zen Shikoku Henro – Tosashimizu, Ainan, Uwajima
Cada día los kilómetros se hacen más largos, en los retos de resistencia cuanto somos se pone a prueba, recordamos a las personas que queremos, usamos las reservas de amor que tenemos y vamos solo hasta la siguiente parada, los días son solo etapas, esta existencia es solo un fragmento de continuaciones que no cesan, guerreros que lo dejan de ser.
Mis piernas hoy son ruedas, mis manos un manubrio, mi mirada un visor que apunta en la dirección indicada, mi mente es una fuente de energía subjetiva y mi cuerpo una máquina, no hay separación entre yo, el vehículo y la meta, somos energía entregada a la diosa travesía, incluso estas palabras son parte de la misma.
Estas experiencias son ejercicios espirituales de vacío, de soledad, de éxtasis, de felicidad y también tristeza, es la existencia pura, hermosa, cruda.
Ahora se que he venido aquí a romper mis limites, a multiplicar los dinteles, veo frente a mí como las islas y las olas se multiplican, la esperanza es infinita, siempre hay un nuevo lugar al que llegar, la diversidad es inmensidad.
La bicicleta me enseña que soy el motor de mi existencia, que estamos atados a cada uno de los objetos que cargamos, tenemos mucho de todo, demasiado y de más, nuestras pertenencias son más de las que podemos cargar, y lo peor es que en ellas no hay felicidad, son solo materia, cacharros a los que nosotros les damos significado, pero que por más que lo creamos no logran hacernos tan felices como la compañía, las experiencias y los abrazos, estamos cargados de elementos equivocados.
Lo que en realidad necesitamos es espacio, al pedalear lleno mi mente de inmensidad y entiendo que el vacío está lleno de paz, el silencio está colmado de sabiduría, entre ola y ola muero y renazco mientras continúo avanzando,
Las rocas suspendidas en el mar me observan, me quedo tirado frente a ellas, duermo y renazco mientras continuo avanzando entro en la meditación fotográfica, no hay solución para la existencia, cada día hay que ir descifrando el sentido, el destino, el objetivo.
Día 20 de del Bike No Zen Shikoku Henro – Uwajima, Seiyo, Iyo
El gran reto es estar conmigo, concentrarme sólo en avanzar, ser feliz con sólo estar, esa es la verdadera guerra que se vive al andar, gira el pensamiento, los rayos, las centellas, la rueda de la existencia.
Paciencia, coraje y compasión, no soy quien creo ser, me cuesta trabajo estar solo, me cuesta trabajo decidir qué hacer con mi libertad, me da miedo entregarme al amor, me da miedo aceptar qué simplemente soy uno más, dejo la bicicleta cerca del mar y al volverla a abordar me doy cuenta de que este instrumento de vagancia y descubrimiento, es un monstruo como Godzilla que me hace emerger de mis aguas más íntimas y profundas en un desenfrenado grito lleno de vacío.
Estoy en la recta final y siento como la energía se termina, al igual que al final de la Baja California, al igual que al final de Europa, al final del camino de Santiago, del West highland way, faltan tres días, 220 kilómetros por recorrer.
Día 20 de del Bike No Zen Shikoku Henro – Iyo, Ozu, Matsuyama
Deseo quedarme en el paisaje, en el eco de las olas rompiendo contra las rocas mientras desciendo por el cielo en bicicleta sintiendo ligera mi conciencia.
He visto demasiado, me siento agradecido, en especial conmigo, por haber elegido este camino, por elegir volver a nacer, renacer, volver a vivir e ir más allá, se que no he alcanzado todo mi potencial, que me queda mucho más por experimentar, no ceso de estar asombrado de mis resultados, si me mantengo enfocado siempre llego a donde quiero y lo que quiero hacer en este momento lo estoy haciendo, estoy encarnando a mi héroe montado en su cometa orbitando alrededor del sol blanco, no tengo un destino al cual regresar, el futuro es la dirección, la meta la eternidad.
Mi verdadera religión está en esto, en la tierra, en la letra, en la épica, en la belleza, en la naturaleza, agacho la cabeza saludando a los dioses todos que me rodean mientras sigo avanzando en mi estelar vehículo impulsado por mis piernas y una estrella, me fundo las gaviotas y las olas, las ramas de mi pensamiento se unen con la mente de la tierra.
Día 21 de del Bike No Zen Shikoku Henro – Matsuyama, Imabari
Regreso al lugar del que partí frente a la isla del arte en Naoshima, salí hace tiempo caminando y regreso en una bicicleta, creí que serían 88 templos y fueron sólo treinta y tantos caminando y serán 1000 kilómetros rodando .
Pensé que en este viaje encontraría cierta paz, iluminación, nirvana zen y la encontré, pero como siempre no se parece en nada a lo que imagine, mi religión es el viaje y el arte, mi más grande compromiso es con este experimento salvaje que inicié a los diecinueve años, cuando con una pluma de ave en la mano escribía en la arena que navegaría por toda la tierra, hoy entiendo que mi camino es coleccionar rutas y compartir lo que voy encontrando en ellas, al tiempo que ayudar a los demás a conocerlas, siento que entre más me entrego mayor felicidad encuentro y que a ti más me acerco, pues hoy sé que la única forma de ser verdaderamente feliz es a través del autoconocimiento, pues sólo quien te conoce te puede hacer feliz, lo mismo nos aplica a ti y a mi.
El viaje es continuidad, hoy veo el hilo que nació en mi infancia y me lleva hasta este momento en el que escribo, cada una de las etapas han sido destinos, los viajes son mitos de fundación, pruebas de encuentro, de reconocimiento y la escritura es reflexión.
Hoy veo al niño que viajaba en bicicleta al parque con su primo, sigo siendo en esencia el mismo, sigo intentando comprender, sigo queriendo conocer y decido darle mi vida a la aventura.
Dejo en esta isla lo que no necesito, no tengo espacio para cargar peso porque voy lejos, el cargar de más me hizo parar, cada día aprendo un poco más.
Hay momentos en que me siento culpable por vivir así, por tener tanta libertad, por ver tanta belleza, por ser en momentos tan feliz, siento que estoy cometiendo un sacrilegio, que esto que estoy haciendo traerá consecuencias adversas, eso es lo que me dijeron, o lo que quieren que crea, sin embargo veo que esto solo es el resultado del esfuerzo continuado de irme aligerando.
El sutra corazón ha entrado en mí como una constante posibilidad, como una solución, o una verdad a la cual siempre puedo regresar, compasivamente, con lágrimas de felicidad me abrazo a él y me recuerdo que cuanto veo, siento y creo está vacío.
Soy un resultado, cada uno de mis actos es una evolución del pasado, ayer que regresé al hotel sentí caer en mí al niño que volvía a casa cansado después de jugar tanto, hoy que desperté se que lo puedo y lo voy a hacer una y otra vez.
Multiplico los kilómetros por pulsaciones, sé que han sido miles y serán muchos más, entiendo que no hay final, solo continuidad, dejo de creer en los límites, la existencia es una senda de posibilidades, conciencias, realizaciones y realidades.
Siempre encuentro lo que busco, siempre logro lo que quiero, pero nunca es cómo yo lo deseo. La realidad siempre me sorprende y es maravilloso que así sea, nos es dado elegir la dirección pero no el final, nunca sabemos cómo se harán los sueños realidad.
Siento una y otra vez que moriré de felicidad, que es un sacrilegio tener tanta libertad, cruzo los dinteles entre el yo que soy y el que seré, el nacimiento y la muerte tampoco existen, están vacías también.
Estoy intrigado y agradecido por poder nacer y renacer en esta existencia una y otra vez, creo estoy llegando a mi octava vida, sé que serán muchas más, somos flujo, continuidad.
Estoy a 70 kilómetros de terminar.
Día 20 de del Bike No Zen Shikoku Henro – Imabari a Takamatsu
Empecé buscando un lugar para volver a empezar y hoy llego a él, la existencia tal como la conocía ha dejado de tener sentido, me he llenado las neuronas de silencio y de vacío, la dualidad ha desaparecido.
La libertad es una puerta que siempre está frente a nosotros pero siempre dudamos de que esté abierta, al cruzar me monto en mi cometa y me voy a dar vueltas por el sol blanco en búsqueda de sentido y belleza, me entrego a ella.
Termino mi aventura en el templo, después arrastro mi cuerpo cansado al onsen, me quito la ropa y entro primero a el infierno del sauna a 80 grados, después subo a 100, luego en una silla dejo que un chorro que cae desde el cielo desintegre la tensión de mi cuello, de mis hombros cansados de la mochila, de mis músculos entumecidos de ciclista.
Vuelvo a entrar al sauna y recuerdo el rito del temazcal, el nuevo hombre de fuego, sale del agua hirviendo hace contacto con el aire, se sumerge en las sales de la tierra, paso del agua caliente a la helada, dejo caer una tromba por el pasado, otra por el presente, otra por el futuro y entonces llego a mi muerte, siento como se me desprende una sombra de mí, dejo ir al que fui.


































































































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