Estas dos preguntas me han acompañado a lo largo de toda mi existencia, provocándome depresión, angustia, tristeza y, a veces, energía.
Recuerdo la primera vez que entré en crisis por ellas. Tenía dieciocho años. Algunos de mis amigos, igual de perdidos que yo, habían optado por consumir gran cantidad de sustancias; otros soñaban con cambiar el sistema a través de la anarquía explotando estaciones de policía; incluso uno había muerto por pura rebeldía. Era un domingo de resaca. Desde que abrí los ojos no había podido dejar de llorar; pensaba que la vida no tenía sentido, estaba perdido y confundido. Me aterrorizaba mi perspectiva sobre la vida: nada tenía sentido, forma ni dirección; todos íbamos caminado, inevitablemente, hacia la muerte. Dos horas después llegó un amigo y me dijo, emocionado: «He encontrado en el mercado de pulgas unas botas muy baratas, si las compramos podemos ir a un bazar a venderlas y ganar algo de dinero». En ese momento vi algo de luz, mis lágrimas cesaron, y me dije «Exacto, eso es lo que persiguen todos los humanos: dinero». Me dio tristeza reconocerlo, pero no podía quedarme quieto, pues la otra opción era el insondable abismo de la depresión, así que le dije a mi amigo «Vamos a dejar de soñar y hacer lo que todos están haciendo: ganar dinero». Triste, pero con algo de esperanza, fuimos por las botas, y también compramos unas camisetas; y dos horas después habíamos duplicado el dinero. Así fue cómo nació uno de mis primeros negocios: la venta de ropa. Muchas veces, cuando veo a personas que tienen mucho dinero, pienso que ellos entendieron esto y fueron directamente por ello, sin pensar mucho en lo que les motiva, pues, como al aumentar sus ingresos reciben satisfacción, seguridad y poder, no se preguntan nada más y van por ello.
Sin embargo, mi camino ha sido más complicado. No sé en qué medida yo lo he hecho así, por existencialista, inquieto o preguntón, pero en cuanto empecé a ganar dinero, en lugar de pensar en reproducirlo, empecé a planear qué podía hacer con él, y lo que más me atrajo fue viajar. En aquel momento estudiaba Lengua y Literatura Hispánica. Recuerdo claramente cuando, después de dos semestres, me di cuenta de que la escuela se enfocaba en analizar, leer, hacer exámenes, tareas y, sobre todo, en aprender lo que otros habían hecho y seguir su estela. Entonces me dije: «Yo no quiero que me enseñen nada acerca del mundo, quiero vivirlo; y no quiero únicamente leer, sino escribir mis propios libros». Hacia ese camino me llevó mi búsqueda de sentido. Así pues, sin pensarlo dos veces tomé mi mochila y me fui a recorrer todos los lugares hippies de México: al desierto de San Luis Potosí, a las montañas místicas de Oaxaca y Veracruz, a las sierras Mazateca y Mixteca, a las playas nudistas de Mazunte, Zipolite y a la tierra virgen de Chacahua, hasta que llegué a la costa michoacana y a las playas de Maruata, donde sin pensarlo mucho me instalé temporalmente. Como no tenía dinero, en seguida empecé a vender cuanto encontraba. En dos semanas ya tenía mi vida resuelta: el costo de la casa y la comida lo ganaba acompañando a los pescadores por las mañanas, y por las tardes sacaba dinero extra consiguiendo para los turistas lo que deseaban. En mis ratos libres me dediqué a escribir, y acabé creando una obra que todavía me llega al alma; se llama La Isla Mental y refleja mis vivencias y pensamientos de aquellos años.
Aproximadamente un mes después de haberme convertido en un hippie, comerciante, poeta y pescador me volví a sentir triste de nuevo: «¿Esto era todo?». Yo quería más de la vida, experimentar más cosas, conocer más lugares. Así, volví a la Ciudad de México a buscar trabajo con la intención de viajar más lejos.
Un amigo de mi madre me recomendó que me cortara el pelo y me convirtiera en una persona de provecho trabajando como comercial, pues de esa forma podría ganar mucho dinero. Así, empecé intentando ser un agente médico y terminé convertido en un agente de seguros especializado en médicos. Tan solo unos meses después de ser un lanchero había mutado en un agente de seguros trajeado con un portafolio metálico que se citaba con doctores para venderles pólizas de seguros.
Pronto empecé a crecer y tres años después intenté convertirme en promotor; contraté vendedores, los capacité, seguí creciendo y caí en la trampa del dinero. Ganaba más de lo que había pensado, pero estaba infinitamente triste; estaba lleno de vicios, tenía muchos problemas y mis peores defectos se habían agudizado. Sentía que estaba en una cárcel de diamantes. Ahora puedo reconocer en seguida a los que están en esa situación, puedo sentir el dolor al que se enfrentan; pero seguramente les sucederá igual que a mí que, cegado por la inercia, hasta que no toqué fondo, hasta que no estuve casi al borde de la muerte, en completa soledad, no fui capaz de recapacitar y pedir ayuda para superar la depresión y dejar el alcohol y las sustancias.
Decidí apuntarme a un grupo de autoayuda, y allí empecé a oír hablar por primera vez sobre las áreas de la vida. No entendía nada, solo quería dejar de sentir el dolor emocional, la ansiedad y la angustia que me embargaban. Mi prioridad, me dijeron, era cuidar mi salud física, pues si continuaba como estaba seguramente pronto moriría, terminaría en la cárcel o en el psiquiátrico. En esos momentos, mi única meta fue mantener la sobriedad, hacerme análisis médicos, seguir los tratamientos pautados y, sobre todo, no tomar ninguna sustancia ni juntarme con gente que lo hiciera. Para poder soportar el dolor por todo lo que había destruido y lo mal que me sentía asistía a terapia de dos a cuatro horas diarias, en las cuales escuchaba cientos de historias de perdición, fracaso, dolor y algo de esperanza. No tenía dinero, pero tampoco me importaba, con tener para vivir me era suficiente. Percibía el trabajo como una forma de estar ocupado, pues lo único que me importaba era aprender, distraerme y contenerme. Mi área de relaciones prácticamente no existía, pues no tenía ni pareja, ni un sólo amigo —de hecho, en uno de mis cumpleaños solo mi madre y mi hermana me felicitaron—. Mis únicas relaciones eran los asistentes a la terapia, ellos eran mis amigos, mis confidentes, mis íntimos, mis compañeros de batalla. Y, en cuanto a la diversión, creo que los buenos momentos se resumían en algunas risas durante el día y alguna que otra cena con mis compañeros de terapia.
Conforme me fui sintiendo mejor el director de la terapia, que acabaría convirtiéndose en mi padrino, me hizo un cronograma, en el que aparecían detalladas minuto a minuto todas las actividades que tenía que hacer durante el día. Esta es una de las herramientas más poderosas que he descubierto para el cambio, prácticamente todas las teorías de cambio que he estudiado incluyen este sistema: establecer una tarea, asignarle un horario y un lugar y vigilar si la realizamos o no.
Mi cronograma más o menos era el siguiente: levantarme a las 5 de la mañana; darme una ducha; tomar un zumo desintoxicante; ir en autobús de camino a la escuela (donde siempre me dormía); asistir a clase de 8:00 a 14:00 (en los descansos intentaba conversar con alguien); ir al gimnasio (donde mis compañeros se burlaban de mi poca fuerza y el entrenador acudía a motivarme cada diez minutos para que siguiera moviéndome); ir a tomar una comida muy barata que servían en un local que había junto al gimnasio (al que llegaba como aletargado); de 16:00 a 19:00 trabajar en los seguros o hacer las tareas de la escuela; de 19:00 a 20:30 asistir a una reunión de terapia y de 21:00 a 22:30 a otra, en la que al final, con los ojos cerrados, rezaba «Dios, concédenos la serenidad para aceptar todo lo que no podemos cambiar, valor para cambiar lo que si podemos y sabiduría para reconocer la diferencia» (al final, con una mezcla de lágrimas y buena energía, gritábamos a una sola voz «Solo por hoy, sigan viniendo. ¡Sí, funciona!»); y a las 22:30 salía corriendo de allí para tomar el autobús de regreso. Al llegar a casa venía el peor reto: intentar dormir. Después de tres meses logré dormir desde las 23:00 hasta las 5:00 de la mañana.
Los sábados y domingos, que eran los días de mayor peligro, estudiaba de 9:00 a 14:00, comía en la calle y luego iba a reuniones durante toda la tarde, desde las 17:00 hasta las 23:00. Algunos sábados iba a cenar con los compañeros de terapia, lo que en esos momentos suponía para mí una gran diversión. Todos estábamos renaciendo. Nuestro grupo se llamaba «Libertados», y estaba dirigido por un amoroso loco que durante toda su vida había creído que el sentido de la vida era tener éxito laboral. Sin embargo, cuando estaba cerca de la cima le diagnosticaron cáncer y le pronosticaron tres años de vida, y decidió dedicar sus últimos años a ayudar a un grupo de alcohólicos y adictos. Se llamaba Ernesto, y sobrevivió casi nueve años, seis más de lo esperado.
Nunca hice tantos cambios como en esa época. Pasé de estar débil y enfermo a estar sano y fuerte, de sentirme solo a tener un grupo y nuevos amigos; ejercité mi mente con el periodismo, intentado entender cómo funcionaba la realidad; reaprendí a escribir, a leer, a sacar fotografías y vídeos y a comunicarme, a hacer esto que estoy haciendo. Y, sobre todo, empecé a vislumbrar que podía ser feliz y a conocer más y más personas interesantes.
Una de las personas que más me marcó fue una profesora de reportaje, Rosario Avilés, quien es hoy una de mis más profundas mentoras, hermanas y amigas. El primer día de aquel curso me pidió que me presentara y le contara lo que sabía hacer, y yo le dije «Fui escritor, pero ya no», y ella puso en el pizarrón «Escritor». «También sé modular y modificar mi voz, llevo varios años estudiando locución publicitaria, pero no trabajo de eso», y ella escribió «Locutor». Luego me preguntó «¿Qué más?»; «Pues me dediqué muchos años a viajar», contesté yo. Ella sonrió y puso «Viajero». Me siguió preguntando «¿Algo más?»; «Pues he vendido varias cosas, de hecho, me gano la vida con eso», y escribió en el pizarrón «Vendedor». Se alejó para mirar lo escrito con perspectiva y dijo «Qué buen perfil, ¿no crees? puedes ser periodista, locutor, viajero y emprender en medios». «¿Y qué quieres hacer?», continuó. Entonces yo le contesté: «Un programa de radio especializado en viajes». «Pues ese será tu trabajo final» concluyo.
Ese día entendí dos cosas: la primera, de forma inconsciente, que el sentido de la vida era trabajar, y la segunda que lo que Ernesto decía era verdad, «Si están limpios son un cheque en blanco para la vida». Sentí por primera vez que podía hacer con mi vida lo que quisiera. Esa es la gran verdad que este libro intenta explotar al máximo, y a la que quiero animarte a que tomes conciencia, hasta que llegues a tener la certeza de que puedes hacer con tu vida lo que quieras. Tú decides cuál es el sentido de tu vida.
En base a esta creencia he trabajado para convertirme en lo que he querido. Entendí que el sentido de la vida no era solo pensar y reflexionar, sino hacer y materializar, y en eso me enfoqué. Lo primero que hice fue mi programa de radio especializado en viajes; para realizar mi tesis me puse a estudiar el mercado y así fue cómo empecé en la industria del periodismo de viajes y del freelance. Con el tiempo me di cuenta de que ganaba más escribiendo de otros temas que de viajes, así que me puse a escribir también de temas financieros. Unos tres años después, en el 2009, abrí mi agencia de marketing digital, específicamente de content marketing, a la que llamé Contenidos Web. Trabajaba desde de las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche y aprovechaba los fines de semana para estudiar. El único tiempo que me reservaba para mí era el de la meditación; creo que eso fue lo que hizo que no me volviera loco o me diera un paro cardiaco. Siete años después estaba teniendo éxito, pero tenía indicios de una úlcera gástrica, dormía tres o cuatro horas diarias, mi relación de pareja había desaparecido, no tenía ningún amigo y me sentía cansado, solo y deprimido. Una terapeuta me diagnosticó adicción al trabajo, y la solución que me dio fue la misma que cuando dejé las drogas: tenía que cambiar mi vida de forma integral.
Entonces recordé esta idea de las áreas de la vida y empecé a estudiar y tomarme el diseño de mi vida en serio. Seguí estudiando religión, filosofía, coaching. En un retiro zen, en el que meditábamos doce horas al día en silencio, me volvió a surgir la pregunta: «¿Qué sentido tiene la vida?» Y, con calma, respondí: «Ninguno». Un golpe de felicidad, de los más potentes que he experimentado en mi vida, me hizo vibrar hasta el más allá. Por la noche, en la entrevista con el maestro (el único momento en que se podía hablar), le conté mi hallazgo: «Fuera de aquí me paso el día trabajando como un imbécil y no consigo experimentar esta felicidad». Él pareció sonreír por mí con su mirada de infinita bondad y me dijo: «Qué bueno que te des cuenta de que el trabajo no da la felicidad». Le dije que también había tenido la certeza, por primera vez, de que la vida no tiene sentido y que me había sentido feliz; y él me contestó: «No tiene nada de malo que la existencia no tiene sentido, pero si quieres tú puedes darle uno».
Durante la última década he ido construyendo el sistema que hoy utilizo para dar dirección y sentido a mi vida y que deseo compartirte, pues me he dado cuenta de que las grandes experiencias y conocimientos son siempre compartidos y que me encanta ayudar a que los demás hagan realidad lo que sueñan.
Hola, soy Edgardo Montero, y una de mis especialidades es el cambio; lo he vivido en todas las áreas de mi vida. En lo laboral he cambiado de trabajo, industria y empresa en múltiples ocasiones; en un resumen relámpago te diré que he sido vendedor, agente de seguros, locutor publicitario, periodista financiero, periodista de viajes, mercadólgo y tecnólogo. En los últimos años he trabajado como consultor, investigador y maestro especializado en temas de evolución y transformación digital de empresas, y recientemente me he centrado en ayudar tanto a personas como a empresas a gestionar el cambio en este ámbito. Esto en cuanto a mi vida laboral, pero la vida es mucho más que trabajar, y las áreas en las que puedes cambiar, también.
En cuanto al área de la salud, suelo dividirla en cinco dimensiones: espiritual, emocional, mental, física y financiera; y he cambiado en cada una de ellas. Por ejemplo, en lo espiritual he cambiado y profundizado en varias corrientes religiosas y filosóficas, principalmente el catolicismo, el budismo y el existencialismo. En lo que se refiere a la salud mental, durante la adolescencia sufrí estados de ansiedad y alucinación, y desde los quince hasta los veintinco años probé una infinidad de sustancias que casi me llevan al manicomio, a la muerte y a la cárcel. Pero gracias a dominar esta técnica de cambio logré dejarlas y llevo veinte años en completa sobriedad, alimentando mi salud mental con diversas actividades de atención unipuntual sostenida, como la meditación, la oración, el canto de mantras, la danza, los entrenamientos de alto rendimiento, la escritura de autodescubrimiento y otras cosas que voy descubriendo; también alimento mi mente desde hace años con dos o tres cursos al año, así como decenas de libros, audiolibros y artículos, todo para continuar avanzando en mi salud mental y emocional. Gracias a todo esto he pasado de ser pesimista, gruñón y neurótico a alguien más optimista, más pacífico y mucho, pero mucho, más feliz. En lo que se refiere a la salud física estuve al borde de la muerte varias veces, tanto por el alcohol como por las drogas, y después de dejarlas repetí el patrón y sufrí años de insomnio, cansancio y depresión por haberme convertido en un adicto al trabajo. Gracias a haber aplicado este sistema, y especialmente al ejercicio, estoy alegre, tengo salud y me siento con vida; me he convertido en un deportista de alto rendimiento que nada en aguas abiertas, hace medios maratones, medios Ironmans y que ha pedaleado por varios países recorriendo miles de kilómetros al año en bicicleta como bikepacker o cicloviajero.
Pero la vida no es solo salud y trabajo, lo más bello casi siempre se disfruta en compañía. Por mi propia evolución he cambiado varias veces de círculos de amistades, he pertenecido a círculos de alcohólicos, drogadictos, actores de teatro, artistas, conductores de camión, periodistas, empresarios, emprendedores, mercadólogos, comerciantes, coaches, psicólogos, futuristas, innovadores, maestros, así como corredores, nadadores, ciclistas en sus diversas variantes, triatletas y otros deportes. En cuanto al área de las relaciones, he aprendido a cambiar de amigos y a seguir creando más y más relaciones, así como a profundizar en las relaciones con mis grandes amigos, que considero como hermanos. También he tenido varias parejas, acordes a cada fase de mi vida, así como diferentes equipos dependiendo del trabajo que he tenido en cada momento. Con todos estos cambios he aprendido a crear y mantener un círculo de amor, mi amplia familia, que está unida por un gran corazón que palpita; gracias a ellos sigo sonriendo.
Pero la vida no es solo trabajar, hacer ejercicio y tener amigos; sin diversión, sin júbilo, sin recreación, sin arte, la vida no tiene sabor. El área de diversión es igual o más importante que todas las demás, pues ¿para qué trabajamos si no es para disfrutar?, ¿para qué tenemos amigos y pareja si no es para crear recuerdos, memorias y alegrías con ellos? En la actualidad, las formas de divertirse más comunes son el alcohol, las drogas, ver la televisión y comprar. Sin embargo, existen muchísimas más: hay millones de ciudades por conocer, mil actividades que realizar, mil juegos por jugar, canciones que escuchar, conciertos, festivales y espectáculos a los cuales asistir, así como millones de hojas por escribir, lienzos por pintar…; el arte es infinito, la contemplación de una sola obra puede producir una satisfacción inagotable, imagina todas las que puedes admirar. También es infinita la felicidad y la paz que puedes experimentar al realizar aquello que deseas hacer solo por el gusto de hacerlo; y no solo eso, si te entregas a mejorar tu trabajo, tu salud y tu círculo de amor vivirás en un estado de intensa recreación.
Hace mucho tiempo me di cuenta de que para vivir la vida no hay instrucciones, ni sistemas. Algunos que hemos estado al borde de perderla una o varias veces hemos aprendido por las malas, sufriendo y a base de errores. Sin embargo, todos sabemos un poco de ella, todos tenemos nuestra propia historia y nuestro propio camino, y lo que he aprendido en estos últimos veinte años investigando, viviendo y per
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