La vida es un desastre: es un exceso de libertad y de ignorancia que nadie nos enseña a acomodar. Las religiones lo intentaron hace siglos y no creo que lo consiguieran, pues en el fondo siempre han servido para justificar los excesos. Nacemos y nos reconocemos en un estado de desolación, de pérdida, de falta de dirección. Todas las ciencias, tan diversas entre sí, hacen esfuerzos conjuntos por componer nuestra vida: los médicos el cuerpo, los economistas el dinero, los filósofos piensan y los tecnólogos y los ingenieros crean soluciones para los problemas prácticos; pero quien nos enseña a vivir, quienes nos orientan y nos sugieren qué debemos decidir son los psicólogos, que hace apenas unos treinta años empezaron a indagar en la práctica de la felicidad, y ahí estamos: intentando adivinar qué es y qué la produce. Igualmente, los filósofos también han intentado averiguarlo. Algunos de mis familiares, como mi abuelo y mis padres, me han contado lo que ellos han descubierto, al igual que mis mentores y las decenas de psicólogos que he conocido, y también personas que han estado al borde de la muerte. El devenir de la vida es una ciencia que nunca termina y, como la vida cambia, también lo hace la forma de manejarla.
Estamos en un momento crucial de la existencia: en medio de una revolución industrial y al final de una pandemia. Y no sabemos qué vendrá (nunca lo hemos sabido); nos estamos transformando, tanto, que ni siquiera nos damos cuenta, y seguimos caminando, intentando descifrarlo. Creo que es tiempo de pensar, de repensarnos, de reflexionar y decidir hacia dónde van nuestros pasos. Siento en mí un tono de súplica, otro de incógnita, otro de temor y otro de recolección; me he puesto a estudiar y a recopilar todo cuanto he aprendido de la vida para compartirlo y cuanto más escribo, investigo, recuerdo y planeo, más siento que me acerco y, a su vez, me alejo.
Lo más importante no es la decisión, sino la emoción, la pasión y la incansable búsqueda de ser más felices, de ir a por más, de avanzar. Me adentro en mí para adentrarme en ti, porque sé que puedo, sé que puedes ser más feliz, sé que puedes decidir mejor lo que harás el día de hoy, el camino que tomarás, la historia que escribirás. Intento profundizar, desdoblarme las entrañas y extenderlas ante mí y ante ti para que decidamos mejor, o para que nos acerquemos al silencio, que aprendamos a vivir en él, en nosotros, en este juego llamado vida, este jardín de senderos que se bifurcan, esta raíz que no deja de abrirse, este infinito árbol de posibilidades en el que avanzamos más y más. Quiero ayudarte a florecer para hacerlo yo también, quiero sincronizarme contigo en el rito de la maduración, aprender a resolver mejor el rompecabezas laberíntico de esta existencia.
Te invito a elegir tu dirección, a ponerte en el asiento del piloto y tomar las riendas, a pisar el acelerador y dirigirnos hacia las estrellas, a conquistar nuevas fronteras, nuevas posibilidades de existencia; estamos en la cima de la civilización, nunca antes habíamos tenido tanta libertad, tanta abundancia, tantas oportunidades de ir a por más, de ser más felices que en la Antigüedad, o al menos de probar nuevos caminos. La mayoría somos libres, y esta bendita responsabilidad te puede llevar tan lejos como tú quieras, es el regalo más grande que has tenido y tendrás: este día, esta posibilidad. Lo importante es lo que decidas hacer con este don de la inmensidad, con tu día, tu vida, tu libertad. Espero que la aproveches al máximo y la sepas apreciar, pues quién sabe si mañana se abrirá ante ti esta frágil oportunidad.
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