Aprendí que el mayor impedimento que tenemos los humanos es la incapacidad de volar, si fuera parte de nuestras aptitudes, nuestro rango de conocimiento geográfico sería tanto y tan amplio, que entrenaríamos y competiríamos en velocidad, distancia e incluso altitud. Seguro habría una carrera trasatlántica y yo sería parte de ella. Tal vez la idea que tenemos acerca de las fronteras sería diametralmente opuesta, pues sería prácticamente imposible limitar la entrada aérea entre países.
Ya habríamos intentado volar a la luna y el desarrollo de la industria para movilizarnos por el aire hubiera sido vertiginoso. En lugar de coches habría millones de vehículos, diseñados para volar más rápido… y claro está, ya habríamos, desde hace mucho, llegado a otros planetas.
Siempre he querido volar, cada vez que encuentro alguna actividad que me hace sentir que puedo hacerlo quedo enganchado a ella. En el segundo año de la Pandemia COVID 2021, mi pasión era correr. Entrenaba diariamente y empezaba a batir mis propios récords de velocidad.
Aquel día corría en los cerros de Aguascalientes y, por un momento, me sentí libre, realizado y pleno; creí que la pandemia llegaba a su fin y yo, en lugar de sentirme enfermo, transformaba el aire que entraba a mis pulmones en velocidad, mis piernas se movían con locomoción aérea, y de pronto me sentí como un animal salvaje que subía y bajaba colinas con su pareja, y la nueva manada de corredores que conocimos ese día. La última imagen que marcó mi corazón y que ahora acude a mi memoria fue cuando, desde una cima vimos, en pleno sábado de gloria, los cerros verde amarillentos de Aguascalientes y me avisaron que descenderíamos por la cañada, la cual es un pequeño río en época de lluvias.
Mientras bajábamos, empecé a dar saltos cada vez más largos y más altos, tal como en mis sueños, surcaba el espacio con cada pisada que desafiaba a la gravedad, alargando cada paso un poco más. “¡Esto no es correr, es volar!”, pensaba, y comencé a imaginar cómo sería la travesía que se me había ocurrido: subía al coche y manejaba hacia la frontera Norte, Tijuana, tendría que seguir por la carretera por la que había llegado hasta aquí, Aguascalientes, seguir hasta el puerto de Mazatlán y continuar por Sinaloa hasta llegar a Sonora, cruzar el maravilloso desierto de Altar y su superficie lunar, hasta alcanzar el infierno fronterizo de Tijuana, y desde ahí regresar por la desolada y paradisiaca Baja California Norte; mitad recuerdo mitad imaginación, anhelaba cruzarla otra vez y llegar a La Paz, para regresar al puerto de Mazatlán… Más o menos unos cinco mil kilómetros, claro que durante el trayecto haría paradas en lugares maravillosos de México, mismos que he encontrado durante los treinta años que he viajado por ésta, mi tierra mágica.
“Esto es el rio”, me dijo el guía, mientras yo saltaba por la cañada de enormes árboles, apostados a un lado del camino; empezaba a dominar la técnica de descenso rápido, esquivaba piedras al caer y me impulsaba con pequeños saltos, atacando ciertas bajadas y acelerando el ritmo de los impulsos para no resbalar, con saltos zigzagueantes para evitar piedras, troncos y ramas.
Me llevaría tres meses realizar el recorrido que unía las mejores rutas por las que había circulado, recordadas y escritas en el libro 15 viajes increíbles por México. En cuanto terminé de escribirlo, no me quedó duda de que tenía que volver a vivir esos caminos, así como conocer lugares de los que había escuchado hablar; además, quería continuar con la escritura. Durante buena parte de mi vida había intentado, y postergado, hacerlo de forma profesional. Aunque, en realidad, nunca dejé de escribir, en la última década me había apartado mucho más que en cualquier otro momento, por dedicarme a la maldita construcción de empresas; diez años alejado de las letras y de esa parte de mí que sólo se enciende con ellas. Había llegado el momento de reencontrarme con mi esencia, el viaje, la escritura y la carretera.
Acudieron en tropel a mi mente imágenes de playas desoladas, verdes montañas de formas sugestivas, caudalosos ríos de anchas lenguas, árboles de las más variadas formas y tamaños, peces, aves y animales que habían convivido conmigo y que, por supuesto, eran parte importante de mi vida; extrañaba el paraíso, aquel que sólo conocen los que han intercambiado sus hombros por alas cuando, con la vida a cuestas, se empieza el camino hacia tierras nuevas, con la extraña sensación de libertad que da cruzar las casetas de cobro de la carretera, iniciar el proceso de despegue en un vuelo, navegar a alta velocidad hacia el centro del mar en una lancha, bajar rápidamente en bicicleta por valles, montañas y desoladas carreteras, y por supuesto, descendiendo cerros como éste, sintiendo como nacen las alas desde mis tobillos y me elevan por el cielo.
Entonces sentí un monstruoso dolor incomprensible en el pie derecho, como un rayo que me mordiera desde el piso, y en un microsegundos ascendiera por cada uno de los huesos del pie, la pantorrilla y después la pierna completa, luego siguió por la columna y sentí como salía por la punta de mi cabeza. Dicen que los rayos nacen de la tierra y se proyectan hacia el cielo, y eso fue justo lo que sentí, un shock eléctrico en el cerebro que me paralizó por completo, el siguiente paso fue dejarme caer al pasto, deteniendo el golpe con el brazo, el dolor se había concentrado en el tobillo, seguramente un esguince o una fractura.
Era el último del grupo, los demás caminaban delante, incluyendo a Yayi, mi mujer, pensé en gritar pero no vi a nadie; además, apenas comenzaba a entender lo que había ocurrido un segundo atrás. Tirado en el suelo, moví el tobillo y le supliqué a Dios que no se hubiera roto, comprobé que podía moverlo hacia un lado y otro, y luego me incorporé; estábamos a cinco kilómetros del coche y no veía a ningún otro corredor de la manada, tenía que continuar mi avance para encontrarlos.
Empecé a apoyar lentamente el pie y sentí que el dolor era soportable, mi pierna aguantaba el peso de la hendidura que aja a los árboles cuando de ellos nace un rayo; no obstante, paso a paso, el dolor disminuyó o empecé a acostumbrarme a él (tal es mi capacidad de adaptación); probablemente por la carga de adrenalina o dopamina que el cuerpo manda para aliviar el dolor… aunque estaba en shock, seguí adelante.
“No me lo rompí”, pensé, “de otra forma, no podría caminar”. En cada paso sentía una especie de punzada, mi pie se había convertido en una mole hinchada e informe. Pero tenía que seguir adelante, así que empecé a trotar lentamente, a pesar del dolor. Había escuchado que es común en los corredores de trail caerse y seguir avanzando;. Me resigné a recorrer los cinco kilómetros que faltaban para llegar al coche y empecé a trotar.
Después de unos minutos encontré al grupo, Yayi corrió hacia mí y me preguntó “¿Qué pasó?, ¿estás bien?”. “Creo que me “esguincé el tobillo; pero mira, todavía puedo trotar”, le respondí, con una sonrisa. El líder del grupo me examinó y dijo “si te lo hubieras roto, no podrías caminar”. Asentí; hicimos una breve pausa; después, ellos empezaron a correr y yo a trotar. Mi mujer me volvió a preguntar si estaba bien; le dije que sí, que no se preocupara por mí, que corriera a su propio ritmo. Pronto vi como el grupo se situaba delante de mí, cada vez más lejos… Estaba bien, no quería ralentizar su paso ni sentirme presionado por ellos.
“No puede pasarme esto, tengo que dar la vuelta a México”, pensé, y en ese instante vi a mi querida Yayi, mi angel que triste me preguntaba “por qué me iba”; a modo de respuesta le rogué que fuera conmigo, pero ella indicó que ese viaje era mi sueño, “no el suyo, que tenía que trabajar, además ¿cinco mil kilómetros en coche?”
Cuando escuché su queja, pensé que mínimo serían diez mil kilómetros, pues habría que ir y regresar. Era mi mujer y la amaba, no podía estar sin ella, pero tampoco podía dejar de avanzar. Hay sueños que se entronizan en nosotros como una maldición o un milagro, la diferencia está en soñarlos o realizarlos. Mientras trotaba con el tobillo lastimado pensaba si sería una señal. Entonces dudé de si debía realizar el recorrido completo o detenerme. No podía más, desde que había cerrado la empresa me había sentido un fracasado, perdí miles de horas de trabajo y millones de pesos en varios proyectos. Además, después de estar encerrado por la pandemia, no podía más, tenía que hacerlo.
El pulsante dolor del tobillo comenzó a bajar de intensidad, aunque no de frecuencia, con cada paso sentía un ligero malestar, pero tenía que avanzar. Estaba justo en medio del cerro cuando me pregunté: “¿de verdad lo harás solo?”. Desde pequeño decidí que no dejaría de viajar porque otros no lo hicieran, tampoco por falta de dinero; así fue como, en mi adolescencia, recorrí miles de kilómetros pidiendo aventón en las carreteras y viviendo con poco dinero.
Después de avanzar un rato volví a encontrar al grupo, me preguntaron otra vez: “¿Como estás?”, les contesté que bien; en eso, mi mujer se para frente a mí y me cuestiona “¿De verdad estás bien?, ¿te sigue doliendo el pie?, ¿cómo te sientes?”. No sabía que contestar, quería gritarle que quería darle la vuelta a México. “¿Está bien tu tobillo?”. El dolor seguía presente pero era soportable; empezamos a caminar y luego trotamos juntos.
Estimé que el tiempo que necesitaría para el viaje sería de tres meses. México es muy grande, una región inmensa en la que caben veinticuatro países de Europa… casi 2 millones de kilómetros, manejándolo de punta a punta se hacen casi cincuenta horas.
Pensé que alejarme tres meses de mi vida cotidiana era un exceso y juzgué que si lo hacía en treinta días sería demasiado intenso pero no tendría problemas con mi mujer. La miraba sin decirle lo que pensaba y ella, como es su costumbre, me sonreía y me mostraba su carita para subirme el ánimo. Su sonrisa, con todo lo que transmitía, era lo que me había flechado y me animó a proponerle matrimonio en una isla de Corea. Siempre me ha dado risa recordar el nombre del lugar: Yeyu. Mi mujer es Yayi y yo soy Yayo (al menos nuestros hipocorísticos); Yayo y Yayi en Yeyu. Recordaba mientras la bomba de tiempo que se había apoderado de mi mente sonaba con su tic-tac, avisándome que eventualmente explotaría, pero primero tenía que encontrar el instante perfecto para proponer mi plan, cojeando como renco no era el momento.
Continuamos trotando y empezaron a caer en mi psique un cúmulo de ilusiones y miedos, “¿ y si me pasa algo, y si choco, y si me asaltan, y si me rompí el tobillo, y si pierdo el poco trabajo que tengo, y si Yayi se enoja conmigo? El presente también me asustaba, había pasado un año encerrado en mi casa, a la búsqueda de más negocios, pero no podía darle vida a ninguno de ellos. Sentí que el viaje podría ser un buen elemento de promoción para el libro 15 viajes increibles por México, además de que podría conocer aquellos lugares anhelados, de los que había escuchado pero no conocido; me imaginé volando a alta velocidad arriba de una carretera, en una cápsula de teletransportación, ascendía y descendía a lo largo y ancho de la geografía de México; veía en el parabrisas millones de árboles y montañas que atravesaban verdes valles, amarillos desiertos y carreteras costeras, mientras yo asomaba la cara por la ventana y sentía el aire en la cara; imaginaba recorrer la parte más bella de Baja California Sur, internarme en las montañas de Durango y conocer los laberintos de Lava, la sierra de órganos de Zacatecas, el desierto de San Luis Potosí y su sierra huasteca a un lado, atestada de árboles, ríos, cascadas y naturaleza. Cruzar de punta a punta Veracruz, el estado que me vio nacer, luego ir a la frontera de Chiapas y Guatemala y perderme en el arco más grande del mundo, el Arco del Tiempo, recorrer los montes azules para entrar después a la península de Yucatán y las aguas azul turquesa del Caribe, hasta llegar a Cancún y luego a la isla que se encuentra al final.
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