El dolor más grande es perder la esperanza, perder la fe, perder el amor.
Lo que no puedes perder nunca es la esperanza.
Debes cuidarla sobre todas las cosas.
Debo de cuidar la esperanza y el amor sobre todas las cosas, principalmente por mí mismo. Los años en que me odié fueron terroríficos; y nada podía salvarme, nadie pudo rescatarme. Estaba atrapado en la imperiosa necesidad de demostrar, de trabajar, de controlar. Las adicciones esconden esa necesidad, esa capacidad destructiva que lentamente fue aniquilando mis más grandes aspiraciones y mis mejores deseos, pero luego explotó más profundo y empezó a hacer disminuir mi esperanza. Creo que ese fue el punto donde parecía no haber retorno. Todos los días me decía «hoy no lo voy a hacer, hoy voy a ser así, hoy voy a cambiar, y durante días, meses, incluso años, me levantaba con el deseo de cumplirlo, pero minutos después repetía el patrón, volvía a mi adicción, a mi relación trágica, a mi forma tóxica de trabajar, a tratarme mal a mí mismo, a ingerir alguna sustancia, a repetir el hábito que no quería pero que ya se había encarnado en mí en forma de vicio, un cáncer que me iba corroyendo hasta lo más profundo de mi ser.
Mis mayores pérdidas no fueron mi mujer, el trabajo, los clientes o la empresa, sino perder la esperanza de que podía volver a levantarme, el terrible sentimiento de que ya nadie me iba a querer, de que no sabía hacer nada, de que no iba a encontrar trabajo; y ese reclamo odioso y desesperado me taladraba la mente a ritmo obsesivo minando mis fuerzas minuto a minuto, acción a acción, intento tras intento, hasta que quedé totalmente desesperanzado y empecé a creer que no podría salir jamás de aquella situación. Creo que ese es el hoyo más profundo de la depresión, el abismo insondable en el que caes y caes sin detenerte, primero lento y luego vertiginosamente: el vicio que tenías cada semana y no podías abandonar pasas a hacerlo diariamente, luego a cada instante; la obsesión se vuelve permanente, y vas volviéndote débil hasta que pierdes la esperanza.
Pero la gran magia de la vida, que parece una fuerza divina, es que nunca deja de haber una chispa que te puede hacer cambiar el rumbo, a veces en un pensamiento, en una canción, en la voz de un amigo… Recuerdo que en uno de estos abismos escuché una canción en la voz de mi madre, que decía «…y mataste la esperanza… Y esa tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú…». Me di cuenta de que no había esperanza, solo una torrencial tormenta de lágrimas, y quien ya no estaba era yo. Dejé de llorar y, con el poco amor propio que me quedaba, busqué ayuda. Ese es el poder más grande que tenemos en esta vida, y que en la mayoría de los casos diferencia a las personas que logran salir del abismo, y que después hacen caso al consejo que le da alguien que ha estado en el mismo lugar o que ha ayudado a muchos a salir adelante. Y la fuerza para realizar el cambio nace de esa esperanza, de darse cuenta de que las cosas pueden ser distintas.
El futuro es tu historia no escrita, producto de un cambio de creencias, de emociones, y de acciones; son los peldaños de la escalera que te sacan lenta o vertiginosamente de cualquier problema. El simple deseo de cambiar ya modifica tus sentimientos y emociones y, a partir de ahí, tu mente empieza a generar ideas distintas que, si transformas en acciones, empiezan a llevarte hacia donde deseas y, si las repites, acaban reconstruyendo una esperanza sólida. Esa es la receta, el camino que he tomado mil veces, tanto para crear una empresa desde cero, como para buscar otra relación o dejar cualquier vicio, pensamiento o movimiento autodestructivo que pueda ir adquiriendo en el camino.
Tenemos los hábitos tan arraigados que, si no cuidamos nuestra dirección, podemos caer otra vez en el mismo patrón, adicción, o error; o, sin darnos cuenta, tomar una idea, una emoción o un pensamiento tóxico y dejarnos atrapar por ellos. Por eso, la única solución es estar en todo momento verificando nuestra dirección y alimentando la esperanza de que somos los conductores de este avión que es nuestra vida; pues, cuando se examina lentamente esta experiencia que llamamos vida, vemos que esta es vertiginosa. Los átomos se mueven constantemente a velocidades increíbles hasta dar la apariencia de estar sólidos, de ser materia; pero, en realidad están formados solo de energía, esa chispa que nos hace creer que podemos lograr lo que nos propongamos. Tenemos que convertir esa chispa de esperanza en un incendio y alimentarla constantemente mediante nuestras acciones y pensamientos. En el fondo, el único pensamiento que debemos de tener presente para realizar cualquier cambio que deseemos es el simple «yo puedo».
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