EL IMPOSTOR ERES TÚ
Cada vez que empiezo vienes a decirme que he perdido el juicio, que no soy lo suficientemente bueno para atreverme a ser quien quiero ser, que no sé escribir, que no sé hablar, que no sé emprender, que estoy destinado a fracasar. ¿Por qué tiene que existir esta maldita voz que busca, crea e imagina razones para coartar mi autoestima, para infundirme miedo, para decirme que no puedo, ni debo intentar algo nuevo o hacer lo que se me está ocurriendo? Justo en este momento, cuando empiezo a delatarla, siento dentro de mí algo prohibido. Me da verguenza reconocer esto, que muchos a quienes admiro han referido, este monstruo que vive de nuestra energía, nuestra creatividad y nuestro talento, y cuyo principal efecto es el miedo, así como mantenerme en silencio.
Te pregunto a ti, mi querido miedo, mi querido «no me atrevo», para qué existes y lo único lógico o positivo que encuentro es «para ayudarte a conseguir la perfección, para mejorar, para protegerte del qué dirán, del ridículo, del fracaso, del dolor de ser despreciado». Pero tú, maldito miedo, eres más espinoso y me has causado más daño que cualquier consecuencia que conlleve el hecho de atreverme. Nadie me dice las palabras tan hirientes que tú profieres, nadie tiene tan poca piedad y me frena tanto a avanzar; eres como un grillete con el que tengo que cargar, una maldición, un mal innecesario.
No quiero solo ofenderte, sino también comprenderte, pero eres demasiado fuerte. He estado bajo tu yugo tanto tiempo que estoy harto, tengo ganas de romperte con los puños la quijada y decirte lo mismo que me dices tú, que no tienes derecho a decirme que no puedo, que nada de lo que me has dicho es cierto, y que lamento tu existencia. Te tengo tanto rencor que hasta siento pena. Quisiera tener un poco más de compasión contigo, pero tú no la has tenido conmigo y me has hecho perder el rumbo, el juicio. No puedo imaginar un mundo sin ti porque nunca te has ido, y no solo existes en mí, sino que te has encarnado en la forma de cientos de profesores y compañeros que solo reproducen tu voz, que tiene gran eco, y se sienten poderosos, como tú, criticando todo cuanto he hecho y sin hacer, sin atreverse, sin intentar mirarte a la cara y gritarte como yo lo estoy haciendo. Maldito síndrome enfermo.
Te llaman impostor, te llaman miedo; los que más fe tienen en ti te llaman maestro. Yo solo sé que estás lleno de veneno y, si bien eres capaz de paralizarme, también me motivas a superarme porque nunca es suficiente, porque por más que haga siempre apareces con tu discurso pesimista, al que he decidido hacer callar con palabras una y mil veces, justo como lo estoy haciendo en este momento: hago oídos sordos y me sobrepongo a ti y te paso por encima, te destrozo, te ignoro.
Cuando estoy emocionado me libero de ti y de tus lazos, solo hablo, canto, rio, verso e hilvano ideas. Con una sensación de certeza, de hallazgo, de logro, de viveza, transmito mis ideas hasta llegar a los oídos para los que van destinadas; y juntos, el que escucha y yo, nos miramos a los ojos y nos sumergimos en una danza de creación, reacción y expansión, en un bullicio de creación, en un big bang de inspiración, en la efervescencia lumínica de Mercurio que armoniza con el ritmo del sol y nos enseña a los demás planetas a seguir imantados por la gravedad. Justo eres eso: esa fuerza de atracción que nos mantiene aferrados al suelo, que nos incapacita para volar cuando estamos destinados a ello; sin embargo, hemos aprendido a convivir contigo, a lograr las cosas a pesar tuyo. En este preciso momento, mientras estoy escribiendo, estoy surcando el cielo a cientos de kilómetros por hora. Nos hemos organizado para desafiarte, siempre existimos rebeldes que buscamos cómo expandirnos, cómo ser a pesar de ti, cómo palpitar más fuerte que tú, que apagamos a gritos el silencio y que con nuestras palabras, creaciones, dibujos, movimientos, impulsos e ideas avivamos la llama en la que te mantenemos ardiendo.
Podría pasar horas maldiciendo, escribiéndote una elegía que hablase de tu mediocridad. Quieres que sea como tú, y tanto tiempo contigo me ha enseñado cómo ofenderte; pues pelear contigo es estéril. Como a un enemigo, te mantengo cerca, y te escucho y te reconozco para saber que eres tú quien habla y no yo. He aprendido a diferenciarte, aunque eres muy bueno mimetizando mi voz y cuando menos me doy cuenta ya te has apoderado de mí. Pero con el tiempo he aprendido a reconocer cuándo estoy embriagado por ti, pues me siento solo, frustrado, inútil, desanimado. He pasado muchos años contigo sin advertirlo, y solo me he dado cuenta después de estar mucho tiempo deprimido. Quieres mantenerte estático, alejarme del cambio, que es el principio de la evolución, la mejora continua, la belleza y la naturaleza.
Hoy, con este verso, esta voz, este teclado, decido hacerle frente, y lo haré una y mil veces si es necesario porque no quiero que tomes mi existencia. Deseo ser feliz, deseo ser libre, deseo intentarlo; he decidido llegar lejos, y para hacerlo tengo que pasar por ti. Quisiera destruirte, pero por más que lo intentado no he podido lograrlo; me he acostumbrado a vivir contigo, atacándote, distrayéndote o considerándote un enemigo al que debo vencer si quiero lograr algo. Quisiera imaginar una vida sin ti, pero como siempre acabas apareciendo me resigno a llevarte la contra y hacerte frente; no te permitiré seguir robándome la alegría, la fuerza, la creatividad y la energía. ¡Larga vida a mí creativa existencia!
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