El camino de la creación y la mejora individual no tiene final; no existe la perfección, aunque siempre creamos que sí o queramos acercarnos a ella. Es nuestra condición de mortales, nuestro pecado fundacional fue ir más allá de nuestras limitaciones y retar a los dioses o, dicho de otra forma, elevar nuestro potencial a un nivel tal que nos sitúe en otro plano existencial. Los griegos se dieron cuenta de que esta ambición era una constante en la condición humana, y que el estudio de las virtudes y los defectos era una de las mejores instrucciones que podía darse al hombre. Por eso y por nuestra necesidad de tener esparcimiento y contar historias, ver espectáculos, identificarnos con otras personas y otras muchas razones más, nació el teatro, como un espejo del inicio, el medio y el final de las virtudes y los defectos.
Las virtudes nos convierten en héroes. Cuando nos atrevemos, cuando confiamos en nosotros, cuando traspasamos nuestros límites por una causa noble empezamos a retar a los dioses; pero al mismo tiempo empieza a crecer nuestra ceguera trágica, nuestro defecto. Por ejemplo, escribir me hace sentir que estoy conectado con otros, que por momentos dejo mi condición perecedera humana, me hace sentir que tú y yo somos uno, y en parte es así, y en parte no. Podría pensar que si no sé quién soy yo tampoco sabré quién eres tú, pero al analizarlo creo que lo sé, y lo mismo te pasa a ti también, qué crees que porque algo te ha pasado le sucederá igual al que tienes enfrente; pero eso solo está en tu cabeza, en estos momentos estamos cuestionando nuestra capacidad o limitación humana, y esto nos lleva a progresar, pero debemos de entender que las conclusiones a las que lleguemos no tienen por qué ser verdad. Este es un pequeño ejemplo de cómo una creencia que parecía virtuosa nos puede llevar al error de creer que sabemos cosas que no sabemos, así de sencillo y así de complejo. En esa creencia se basan desde las pequeñas discusiones hasta las grandes guerras, en querer convencer al otro de que nuestra idea es la correcta.
Somos seres tan complejos que nos pasamos la vida buscando entendernos, y gracias a esa complejidad podemos conseguirlo, pues somos el juguete del destino, participamos en su mismo juego pero en diferentes condiciones; somos seres trágicos que venimos a aprender lo mismo. Pero el aprendizaje es el camino, y cuanto más aprendemos más conscientes somos de nuestra ignorancia y de que el conocimiento y la conciencia producen felicidad y libertad; por ello debemos de lanzarnos en su inmensidad, para no caer en la trágica trampa de creer que tenemos razón, o que lo que es válido para nosotros lo es necesariamente para los demás. Solo somos palabras, ideas, opiniones que se mezclan, hacia allá nos lleva el camino de la mejora continua, el cual nunca termina. El círculo trágico del ser humano es que somos incapaces de saberlo todo; simplemente podemos acceder a fragmentos, que si acomodamos de cierta forma, como en la ciencia, pueden formar leyes, o en el arte espejos, y el universo se expande en nuestro silencio y nuestra imposibilidad. Mil veces he llorado por mi ignorancia, por mis defectos, por intentar ser mejor, pero no puedo dejar de intentar serlo. ¿Por qué? No lo sé. Solo sé que debo seguir, que para eso vine aquí, como este verso, para ir descubriendo lo que hay oculto en la hoja esperando ser escrito, descifrando el silencio, o combatiendo con mis gritos, anhelos, deseos y frustraciones. ¿Para qué? Para buscar conexión, para dejar de ser por un momento y estar contigo en otro lugar. Si sigues escuchando es porque en algún momento has sentido lo mismo: que estamos conectados en el infinito, y que con estos gritos incomprensibles descubres cosas de ti mismo, como yo de mí mismo, que seguramente no serán iguales, pero disfrutamos el viaje de sentirnos acompañados, porque en el fondo solo existe algo más que nos une, y no me cansaré de intentar descifrar qué es, cómo obtenerlo. Lo que busco es bienestar, felicidad, paz o amor: ese sentimiento superior que nos brinda el autodescubrimiento.
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