El trabajo es parte de la vida y también está lleno de relaciones de diversa índole. Algunas son jerárquicas, como las que se tienen con los jefes y, en muchos tipos de negocio, con los clientes; en sentido inverso, también nos relacionamos con las personas que lideramos. Pero lo mejor es pensar que vivimos en un mundo de relaciones horizontales, donde a veces nos toca ayudar y otras ser ayudado. Cuando trabajamos estamos intercambiando papeles de forma acelerada: en algunos momentos somos clientes, en otros empleados, líderes, socios o colegas.
La complejidad de estas relaciones está en cómo hemos sido educados y en nuestras creencias acerca de la autoridad y el liderazgo. Como todo lo más importante en la vida, nadie nos lo enseña y vamos aprendiendo a base de prueba y error, además de estar siempre influenciados por nuestro humor.
Cada relación puede trabajarse por separado, pero para no hacer un tratado muy grande te puedo decir que en general hay que ir a la base y clarificar el objetivo de cada una de estas relaciones para poder conseguir los objetivos que deseamos; y en las relaciones laborales, en las cuales normalmente hay un intercambio de valor, los objetivos más comunes son los servicios prestados, los bienes o productos y el tiempo.
Un empresario establece un contrato con sus empleados, en el que les ofrece un paquete de prestaciones físicas (como dinero, seguro, equipo) a cambio de un paquete de responsabilidades (principalmente la realización de tareas, la entrega de bienes físicos o intelectuales y/o el cumplimiento de un horario). Esta misma relación se da entre el empresario y los clientes, quienes entregan un valor (normalmente dinero) a cambio de un bien, un servicio o una combinación de ambos (como, por ejemplo, en un restaurante).
Sin embargo, existe algo que normalmente es obviado o pasa desapercibido, pero que es lo que más recordamos: lo que sentimos mientras nos relacionamos en esas transacciones. En relación con esto no puedo dejar de pensar en la máxima de «la gente olvidará tus palabras, lo que hiciste; pero nunca olvidará cómo le hiciste sentir». Este es el ingrediente que muchas veces define el éxito o el fracaso de cualquier relación económica y laboral. No se trata solo de dar, sino en cómo hacemos sentir a los demás. Podemos probarlo una y mil veces en cada interacción: si hablamos amablemente a alguien es probable que recibamos el mismo trato y que la comunicación funcione mucho mejor si ambos nos sentimos bien, tenidos en cuenta o apreciados, que si no somos respetados o nos sentimos ignorados.
Normalmente esta educación la recibimos en casa, pero en mi caso no fue así, y cuando descubrí a Dale Carnegie y su libro Cómo hacer amigos e influir en las personas entendí mucho sobre la las relaciones humanas; al leerlo aprendí una infinidad de sencillas técnicas que mejoran de forma sustancial las relaciones, cosas tan sencillas como sonreír, interesarnos por las personas, llamarlas por su nombre, escucharlas y motivarlas a hablar de lo que quieren o necesitan siempre crean un clima fértil para relacionarse.
Las relaciones laborales se distinguen de todas las demás por su particular necesidad de claridad y especificidad. Lo importante es que ambas partes tengan claro lo que esperan una de la otra, además de que este factor humano esté presente en cada una de ellas. Sin embargo, hay muchos contratos tácitos, o que son confusos, por lo que muchas veces los conflictos nacen de que uno u otro se siente engañado, o siente que se está abusando de un contrato o una posición, y frente a esto lo único puede resolver el problema es la comunicación y el establecimiento o especificación de acuerdos.
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