Cómo llevar la relación de pareja al siguiente nivel
[social_links_para]

por | 03/10/2022 - 10:15 PM | Amor y relaciones, Cambio de vida

Todas las relaciones tienden a evolucionar; a veces es solo un «nos vemos mañana», otras un «somos novios», otras «vente a vivir conmigo» y otras «vamos a casarnos». Tener una relación es una invitación a compartir un tiempo juntos. Lo ideal es que el objetivo esté claro para ambos y tener un plan conjunto más o menos bocetado; esto permitirá a los implicados en una relación estar tranquilos, pues saben hacia dónde van en una ruta más o menos conjunta.

Después de casi dos años buscando pareja, un día, cansado, le dije a una amiga que ya quería conocer a «alguien bien». Ella me preguntó tres veces si de verdad ya quería una relación y le contesté, muy seguro, que sí. No sabemos si por el destino, por la claridad del momento, por el inconsciente, por Dios, o cómo fue que me presentó a una mujer que acababa de conocer, y así fue cómo conocí a Mayi. Cuando la vi no tenía ni idea de lo que iba a pasar, pero me gustó su físico, su sonrisa, su contagiosa y bondadosa alegría; al conocerla no estaba buscando los atributos que había creado en la lista. Es más, ni siquiera recordaba la lista, pero ella los tenía: era y es bonita, empresaria, atleta, sonriente y una excelente persona. Ella tenía muy claro lo que quería y me lo dijo desde el principio: quería una relación seria, casarse y tener hijos, formar una familia. Yo ni siquiera pensaba en eso, solo quería tener una novia. Poco a poco fuimos conociéndonos, creamos algunos sueños mutuos, hicimos triatlones, viajes. Tres o cuatro meses después ella me preguntó hacia dónde iba nuestra relación, pues quería formalizarla y, al ver que no queríamos lo mismo, me dijo que quería acabar la relación. En ese momento vi que tenía que tomar una decisión. Me fui de viaje y me dediqué a caminar y a pensar si debía casarme o no; repasé lo que conocía de ella, lo que yo quería, si había armonía entre nosotros…; en realidad era muy, pero muy parecida a lo que yo quería. Vino a mi mente una escena que había vivido en Japón: después de casi quince días fascinado recorriendo un mundo completamente diferente al mío vi a un hombre unos diez años mayor que yo pero muy parecido a mí que iba caminando solo por las calles de Kioto con la misma cara de fascinado y contento que yo; pero no estaba al máximo, le faltaba algo… y yo sabía que ese algo era una mujer. Encontrarme a este hombre fue como caminar junto a un espejo, y al recordarlo me hizo reflexionar. Imaginé mi vida solo y luego con ella. Me daba miedo el compromiso, aún me da, pues soy alguien comprometido y cuando me propongo algo lo acabo. Al conocer a su familia me di cuenta de lo que ella quería, pues vi el modelo de familia unida en el que ella creía y que tenía como ejemplo —y prueba de que era posible—. Era una gran familia, muy distinta a la mía: mis padres están divorciados y tengo solo una hermana con un marido y dos hijos; cuando nos juntamos toda la familia no somos más de diez. Cuando ellos se reúnen son como cincuenta, la gran mayoría casados con decenas de años de matrimonio. Le hablé a mi mejor amiga sobre mis dudas de si casarme o no, y ella me citó un pasaje de la Biblia que dice «no es bueno que esté el hombre solo». Me hizo ver todas las bondades que tenía el casarme y estar con una buena mujer que me equilibre. Mayi es muy distinta a mí, pero me he dado cuenta de que la mayoría de las parejas con muchos años tienen esta estructura de inversos o complementos: uno callado, otro parlanchín; uno reservado, otro atrevido; uno poco imaginativo, otro creativo; uno ligero, otro pesado; uno sentimental, otro mental. Creo que la pareja da equilibrio.

El casarme fue una gran decisión que valoré mucho y tomé conscientemente. Mientras reflexionaba sobre ello me di cuenta también de que si no me comprometía en ese momento la relación empezaría a decaer, y hasta el momento había salido todo muy bien. Un día que estábamos planeando un viaje le propuse ir a Corea. Ella dijo que sí y a los pocos días, lo que nunca había ocurrido, compramos los billetes; me di cuenta de que era el momento idóneo para hacerlo. Cuando le conté a la amiga que me la había presentado que me iba a casar me dijo que fuéramos juntos a por el anillo. Yo no tenía ni idea de que se compraba un anillo, pensaba que era algo de las películas. Fuimos a varias tiendas, y cuando vi el diamante elegido frente a mí quedé hipnotizado; recordé que era la piedra más transparente, la más fuerte, la que más luz transmitía, una piedra preciosa y cara. En el fondo del cristal vi una claridad infinita Y, al adquirirla, sentí el fuerte peso de la decisión.

Tomamos el vuelo a Corea, y durante todo el trayecto sentía la piedra brillar en la maleta. Sentía una imperiosa necesidad de entregarla, de compartir esa piedra generadora de luz; era demasiado potente para tenerla conmigo. Llegamos a Seúl, nuestro primer viaje internacional juntos, y nos fuimos enamorando de la ciudad. De repente encontré un panfleto sobre un templo de meditación en la Isla de Jeju que estaba construido por Ando Tadao, el arquitecto del que me había quedado prendado en Japón al ver la isla de Naoshima, conocida como la «isla del arte». Junto al templo, había un restaurante que era un cubo de cristal que adentraba en el mar como un palafito. Era el lugar perfecto. En el exterior había un jardín en el que solo se escuchaba el sonido del viento entre el follaje; era como un jardín sonoro. Nos sentamos a escuchar el viento, y nuestras pulsaciones empezaron a armonizarse. Frente a nosotros estaba el templo, que para mí era un verdadero altar a la concentración y a la belleza. Decidí que era allí donde quería comprometerme con ella, y creo que también con la vida, la esencia, el zen y la belleza.

Entramos al templo y empezamos a dar pasos como cuando se medita caminando, dando un paso cada vez y haciendo cinco respiraciones entre un paso y otro. La entrada era una rampa por cuyas paredes corría una cascada haciendo un tremendo sonido de agua; era como si nuestra mente se lavara, y paso a paso íbamos descendiendo hacia el templo, absorbiendo cada paso, cada segundo; la emoción se disolvía en el sonido acuoso. De repente éramos una misma vibración, un ser de cuatro patas, dos manos enlazadas, cuatro ojos y una mente unificada; durante unos segundos, minutos, horas, dejamos de ser mientras descendíamos hasta lo más profundo de nosotros mismos. Frente a nosotros había una pared de piedra con un pequeño hueco por el que se veía una isla con un cráter. Seguimos caminando paso a paso y llegamos a un salón circular en el que había una proyección en la que se veía una semilla y cómo a partir de esta, lentamente, se iba construyendo en trazos un árbol, como si fuera dibujado; parecía que pasaba por todas las estaciones del año: crecía, se llenaba de hojas, el viento iba quitándolas una a una hasta que el árbol se quedaba seco, y finalmente renacía. Contemplamos aquellas imágenes y la enseñanza que había detrás de ellas: la vida pasaría a través de nosotros por entero. Luego fuimos a otra sala donde solo había una proyección de la misma isla que habíamos visto afuera, «como es adentro es afuera». La última sala era una proyección del cielo en el suelo; literalmente podíamos caminar por las nubes. No hablamos hasta salir del templo de Jeju. Caminamos en dirección a la costa y, hacia el atardecer, entramos a un restaurante que se adentraba en el mar. Nos dieron una mesa en la punta: estábamos literalmente sobre el mar, del que nos separaba tan solo un suelo de cristal. El sol del atardecer lucía enorme frente a nosotros y la conversación, negociación o diseño de vida comenzó. Hablamos horas enteras de cómo queríamos que fuera nuestro futuro: lo que deseábamos tanto materialmente como físicamente, y por primera vez me comprometí con alguien a tener hijos. La meta era seguir juntos. Cada palabra parecía un delicado juramento, como si en el firmamento se dibujase el compromiso que estábamos adquiriendo. Desahogamos las inquietudes, dudas y miedos que teníamos sobre el otro, sobre el dinero, sobre nuestro pasado. Nos desnudamos uno frente a otro durante horas. El sol cayó y la negociación terminó. Al salir, enfrente del mar y con una luna gigante y blanca en el cielo, alcé el diamante al infinito y sentí que se cargaba de energía. Me arrodillé, lo puse en su mano, e instantes después todo se difuminó en el sonido de las olas, las estrellas, una gran paz y una sonrisa. Así fue como Yayo y Yayi, en la isla de «Yeyu», se convirtieron en marido y mujer.

Mi historia es única porque es mía, seguro que tú tienes la tuya. Lo importante de esta historia no es Corea, ni el templo, ni la gran boda que vino después, sino la disposición al compromiso. La solución a muchas relaciones está en dar el siguiente paso, en este caso fue fácil, pues ella me dijo lo que quería desde el día en que la conocí; nuestro camino estaba trazado. Para muchas otras parejas el compromiso será irse a vivir juntos, casarse por lo civil, adquirir una mascota, tener un hijo…; en toda relación llega un momento en el que el siguiente paso es crear un compromiso.

Y lo segundo, pero no menos importante es crear un plan juntos, el cual hay que hacer y rehacer una y otra vez según pasan los años. Creo que esta es una de las razones inconscientes por las que estoy haciendo esto: para trazar un nuevo plan con ella. Tanto hombres como mujeres muchas veces necesitamos tener cierta seguridad para entregarnos por completo. Los símbolos o actos de compromiso son importantes, pero lo es aún más el plan. Por ello, si quieres llevar tu relación un paso más allá crea un rito y un plan que, preferentemente, toque los puntos «STAR» (salud, trabajo, amor o relaciones y recreación). De esta manera tendrás claro lo que deseas para ir juntos a por ello, como también podrás ver los puntos en los que estás en desacuerdo y negociarlos.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *