Durante muchos años estuve angustiado, resentido, enojado con la realidad, renegando de mi destino y de lo que vivía. Recuerdo estar exhausto por el trabajo, hasta el punto de llegar a dormir un día dieciséis horas seguidas. Estuve años y años casi sin ganar dinero, reinvirtiendo cada peso y haciendo una propuesta tras otra; un año llegué a crear doscientas propuestas y tan solo tuve éxito en un 5 % de ellas. Hace apenas tres años describía mis días como si estuviera en una prisión que yo mismo había construido, llamada «la oficina». Desde que entraba por la puerta lo único que recibía eran problemas. Solo salía para comer, momento que aprovechaba para despejarme escuchando un audiolibro, y por la tarde regresaba para seguir intentando concluir proyectos, formalizar propuestas, discutir con clientes y empleados, solucionar problemas laborales y estar enojado, sin ganas, desesperado y con el maldito insomnio levantándome cada noche.
De esta misma época también recuerdo con alegría infinita todas y cada una de las veces que tomé el coche o me subí a un avión para iniciar un viaje. El sonido de la música cuando conducía a más de cien kilómetros por hora y sentía el viento en mi cara cantando a todo pulmón era como un éxtasis liberador. O cuando sentado en el avión sentía como la música sonaba en mis audífonos mientras la aeronave empezaba a ganar altitud y velocidad, y la ciudad, el pasado y los problemas se hacían pequeños y quedaban atrás mientras yo me alejaba de ellos y después de volar unas horas encontrarme caminando por las calles de Tokio, en Japón, montando en bici desde los Alpes hasta el mar, en Nueva Zelanda, o bailando en Bélgica, las Vegas y Miami con personas de todo el mundo, o caminando por decenas de ciudades de Europa y Asia, viendo cosas que nunca había visto, haciendo cosas que nunca había hecho, siendo quien nunca había sido.
Es el mismo tiempo, pero con sensaciones diferentes: por un lado recuerdo lo negativo y me pongo triste, casi deprimido, pero si escojo el sentido opuesto e intento estar contento, me lleno de energía y bellos recuerdos, lo cual me deja con una sensación de alegría y satisfacción. Esto mismo sucede con nuestra perspectiva de la vida en nuestro día a día, dependiendo del prisma con el que miremos cada situación, la experiencia resultante será completamente distinta. Somos responsables de lo que sentimos y vivimos; tenemos el poder de convertir cualquier experiencia en positiva o negativa.
La tendencia general es enfocarnos en las emociones negativas sin darnos cuenta. Diariamente escuchamos en las noticias cientos de tragedias; siempre que ponemos la radio podemos escuchar una de ellas combinada con alguna que otra canción de desamor o decepción. Esta tendencia no solo existe en los medios de comunicación; por poner un ejemplo, la psicología más difundida es la freudiana, desarrollada por un cocainómano letrado que consideraba a los seres humanos como seres condicionados por experiencias eróticas malsanas.
Yo siempre he tendido a ser un pesimista; sin embargo, el sufrimiento de todos estos años me ha llevado a buscar una solución. Gran parte de lo que te estoy compartiendo es el proceso que he seguido para salir de ese atolladero. A lo largo del camino he ido hablando cada vez más sobre la felicidad, el optimismo y la psicología positiva y muchas veces he visto reacciones negativas: algunos lo expresan con una mueca de desagrado, otros niegan su existencia y otros me tachan de hedonista y dicen que soy un niño por buscar tanto placer en la vida. Sin embargo, al profundizar en el tema, veo que la gente que admiro y que tiene los mejores resultados normalmente es positiva y optimista, y su rostro trasluce una eterna sonrisa.
El objeto de estudio de la psicología positiva es la felicidad. Sigue siendo una rama poco conocida de la Psicología, e incluso desacreditada por algunos sectores, pero existen cientos de estudios que la avalan. Creo que la felicidad es uno de los temas más serios que podemos abordar, aprender o estudiar. Todos aseguramos buscar la felicidad; pero, en realidad, en el fondo muchas veces no sabemos ni lo que eso supone o significa.
He leído decenas de descripciones y teorías sobre lo que se supone que es la felicidad y cómo encontrarla. Una de las que, por el momento, encuentro más acertadas es la que desarrolla Paul Dolan en su libro Diseña tu felicidad. Dolan ha dedicado toda su vida a estudiar esta emoción o sentimiento y considera que la felicidad es una sensación producida tanto por el placer como por el sentido. Los ejemplos de placer más comunes son los físicos, como tomar un helado, beber un café, tener sexo…, todo aquello que nos hace sentir un placer inmediato. La otra fuente de felicidad es el propósito o sentido, que procede del estudio, el trabajo, los hijos, el altruismo… El gran consejo de su libro es que debemos movernos de un lado a otro como un péndulo, es decir, pasar de lo que nos da placer a buscar lo que nos da propósito y viceversa; de esta manera encontraremos el equilibrio. Este autor concluye con lo que te manifesté al principio de este apartado: que, con nuestro recuerdo y atención, podemos intensificar el placer o el dolor. Si cada día recordamos y analizamos las situaciones felices de nuestra vida, tenderemos a sentir que nuestra vida está feliz y en armonía. Por el contrario, si nos concentramos en lo triste o lo malo, seguramente lograremos deprimirnos y seremos cada vez más pesimistas. Es por esto que el manejo de nuestra atención es tan importante para nuestra salud mental; pues, si no controlamos nuestro pensamiento, seguramente se dejará llevar por los estímulos que recibimos durante el día, como la hostilidad que a menudo impregna las redes sociales o la tragedia de las noticias. A cada momento tenemos la opción de elegir si abordamos nuestra vida desde emociones positivas o negativas, y esa decisión gobernará nuestra mente y por tanto nuestro día a día. Si nuestra perspectiva de la vida es positiva, es mucho más fácil que acabemos encontrando la felicidad en uno u otro momento.
Los efectos beneficiosos de las emociones positivas y la felicidad en nuestra salud y bienestar han sido comprobados en miles de estudios. A la larga, las personas felices tienen menos estrés, mejor salud y son más longevas. Si te cuesta creer en esta relación directa entre emociones positivas y buena salud, fíjate simplemente en lo bien que te sientes cuando estás alegre y en los malestares físicos que tienes cuando estás triste, desesperado o confundido.
Elegir sentir emociones positivas depende de nosotros mucho más de lo que podemos imaginar. Y esta decisión empieza desde que nos despertamos (los primeros y los últimos momentos del día son muy importantes en la percepción de nuestros días, meses, etapas, años, vidas); por ello te propongo que cada mañana te levantes recordando tus mejores deseos, los cuales seguramente sean positivos si les dedicas tu atención. Lo ideal es que integres todo esto en un rito matutino, en el que recuerdes todo lo que quieres tener en tu vida, y eso te hará empezar el día de forma más positiva, pues te despertarás intentando ser, y en realidad siendo, quien quieres ser. Es decir, cada día al levantarte lo ideal es que recuerdes la salud física que te has propuesto tener, por ejemplo, ser un deportista o alguien saludable que se alimenta bien y está lleno de energía; luego puedes pensar en tu salud mental y recordar que quieres ser alguien enfocado y en constante aprendizaje; y que emocionalmente quieres ser una persona positiva, alegre… lo que tú desees. Y, así, continuar con las demás áreas de tu vida. De esta manera irás creando el cambio de vida que deseas, disfrutando cada día la energía positiva que genera convertirse en lo que uno quiere ser. Pero de momento estamos con tu salud emocional (del área de la Salud aún nos falta la salud espiritual y financiera; así como las otras tres áreas «STAR»: el Trabajo, el Amor y la Recreación), así que en este momento te pido que definas tus propósitos a nivel emocional.
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