Necesitas dar permiso a tu ser para empezar a manifestarse a través de la creatividad, pues es lo único que te va a salvar de la robótica inteligente artificial.
El ser humano pide a gritos ser escuchado, pero tiene que competir con el ruido que hemos creado. El cambio profundo, necesario, está en el fondo de la garganta: nace en la mente, que transforma la bilis y la sangre en frases inconscientes, sórdidas, pero armoniosas. Un diálogo que se parece al canto, que a veces ni siquiera está en las oraciones, que se parece más a la telepatía artística; como los jeroglíficos de las tumbas egipcias en las que están acuñados los nombres de todos los seres malignos del inframundo para que, cuando el muerto los encuentre en el más allá, los llame por su nombre y, con ello, desaparezcan. Del mismo modo, debes gritar aquello de lo que estés harto, aquello que no comprendas, aquello que no entiendas, romper con tu propio código el programa escrito. Puedes empezar yendo hacia atrás, hacia el final del pasillo donde está la galería de roles y mundos a los que perteneces, rebobinar la película y, desde ahí, gritar «yo solo quiero…» (lo que sea que quieras). Esa palabra será la semilla de tu renacimiento. Esta frase es la llave que abre la pesada puerta tras la cual está la escalera que te lleva a donde tú quieres; puedes ser el éxtasis, el amor, la paz, la solución a algún problema, la sinrazón, el ilustre y mágico don de la intuición, el punto del horizonte donde el sol nace como una redención de fe… Necesitamos volver a creer, a crecer, darnos permiso para ser, para sentir; volver a percibir nuestro olor a humanidad, la esencia de la multitud que encarnamos, el onírico perfume que nos lleva al final del futuro, al lugar donde da la vuelta la rueda de la existencia y se vuelve pasado, donde la lógica se une con la ternura, aquel lugar en que se acaban las pausas, el lugar donde se aplana la onda del electrocardiograma, donde nace la muerte y el origen, donde se rompe la secuencia. Necesitamos darnos permiso para descansar un poco de esta existencia, hacer una pausa intentando exhalar desde lo más profundo y, en una bocanada, dejar ir la necesidad de protegernos de nosotros mismos con nuestro miedo; necesitamos dialogar con el silencio, sentarnos frente a la pared y cambiar nuestra mirada para abrir un hueco en nuestra muralla y ver más allá de nuestra identidad. Necesitamos hacer una pausa para reflexionar en todo esto, y nunca dejar de escucharnos.
El camino del cambio nunca acaba.
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