ORACIÓN AL SOL BLANCO – VERANO 26
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por | 09/09/2026 - 9:24 PM | Sin categoría

I. INVOCACIÓN

Dioses que me habitan,
que represento,
que encarno,
de los que soy parte y siento:

manifiéstense al unísono.
Háganme ver su poder.

Recuérdenme cuántas veces hemos estado juntos,
tocándonos los dedos,
entrelazándonos las manos,
abrazándonos al final del universo.

Cuántas veces hemos sido uno mismo.

Sé que siempre es así,
pero no me es dado en todo momento esto sentir.
Por ello quiero recordarlo.

Y para entenderte un poco mejor, divinidad superior,
quiero saber cómo fue que viniste a mi mente,
a mi cuerpo,
cómo te hiciste presente.

II. LAS PRIMERAS APARICIONES

Creo que la primera vez fue en forma de un verso.
De una lágrima.
De una voz que me consoló cuando vi a mi padre llorar.

Ahí sentí por primera vez —lo recuerdo bien—
una flecha cruzar mi corazón.

Mi progenitor lloraba por la pérdida de su madre
y yo no podía hacer nada.
Sentí mi impotencia
y tú empezaste a crear un poema que nunca le di.

O será que fue aquella mañana con mi abuelo,
cuando de improviso vi el amanecer
enmarcado en una ventana oxidada,
en aquel pueblo de cañaverales donde nació mi madre.

Recuerdo el infinito:
miles de cañas alzadas al sol ardiendo
y el sol detrás de ellas apareciendo,
mostrándoles el camino hacia lo eterno.

Creo que desde ahí amé al amanecer.
Y miles de veces lo he visto:
en el mar, en la ciudad, en la montaña.
Acudo a ese maravilloso despertar
porque es lo que anhelo
y lo que mejor representa aquello que busco como principio.

Soy luz.
Soy divino.
Soy un ser en gestación.

Y sé que tu primera manifestación
fue traerme a este plano a través de mi madre,
provocado por mi padre,
y que de esa conjunción mágica estoy en esta tierra paradisíaca.

Y justo es en ella donde más he sentido tu presencia.

En el mar, en todo momento, siento que me hablas,
que me tocas primero el pie,
antes los ojos,
luego todo el cuerpo,
y por algunos momentos me ocupas por completo.

Cada uno de mis poros en ti sumerjo.
Me vine a vivir contigo.
Trabajo para tenerte cerca,
para estar contigo el mayor tiempo que pueda.

Y justo ahora que lo escribo lo sé muy bien:
siempre la letra ha estado cerca de mí.
La creación artística es el fragmento de divinidad que me fue dado.

Por ello siempre a ti regreso.
Por ello siempre en ti pienso.
En hacer algo nuevo, algo que no ha sido hecho,
como eslabonar estos recuerdos.

La primera vez, los versos a la muerte.
La segunda, la ventana oxidada.
La tercera, una clase de tercero de primaria
en la que tomaste mi mano:
nos mandaron escribir una hoja
y tú te manifestaste imposible,
y escribí una, dos, tres, cuatro, cinco,
hasta que acabó el tiempo.

Y luego, en la adolescencia, te hiciste cuerpo
cuando me hiciste lanzar mis primeros versos.

Aquella vez descubrí que la luna podía ser verde.
Y la vi.

Que podías consolarme cuando no era feliz.
Que podrías instruirme con tu sabia cinestesia
hacia realidades más complejas, más sutiles o más bellas que esta:
versiones cuánticas de nuestra belleza,
de nuestra presencia.

III. LA AUSENCIA

Y después también sentí tu ausencia.
Mi más fuerte problema.

Aquella vez que sentí, entendí, comprendí
que la vida no tiene sentido,
y sentí el vacío,
el más grande que jamás he sentido:
el silencio frío, gélido,
de estar perdido en un mundo desconocido,
completamente desamparado.

Ahora lo entiendo.
En ese momento comprendí el vacío
como el anverso de lo que se está lleno.

Y ay, náusea maldita existencial,
qué vuelcos me has dado al ser solo mental,
pues tu existencia solo la razón la puede negar,
pero la esencia misma de nuestra estirpe
está hecha de tu presencia, de tu esencia.

Y la sentencia es que hay que buscarte.
Que estás aquí,
pero no eres evidente siempre.
Se me olvida que estás presente.

IV. LA BÚSQUEDA

Por ello, desde aquella temprana edad, te aprendí a buscar.

Primero con las sustancias.

Te sentí en el desierto con la sagrada planta.
Sentí tu presencia frente a mí
como una emanación titánica de mi ser,
como un danzante gigante
que empezó a mover los pies frente a mí
hasta hacernos volar a ti y a mí en un mismo ser.

Ahí comprendí que soy inmenso, atemporal.
Que las montañas llevan mi nombre.
Que cuanto está a mi alrededor puede ser yo,
y yo soy eso.
Que puedo explotar en el horizonte.

Ahí te vi bien. Lo recuerdo.

Y otra vez, del otro lado del universo, en la sierra,
vi cómo salió de mí un pistilo
y me volví una flor de sol
que llegó a un incandescente espejo,
y ahí me vi a mí mismo retratado.

Me sentí nacer.
Caminé la ruta de la atención, de la ascensión,
colocando en mi corazón las flores moradas
que después me dijeron que a la locura representaban,
y yo me hice un collar en el pecho con tu elemento,
porque sé que estar cerca de ti es experimentarlo todo.

También te sentí en el silencio del desierto
como una virgen y a la vez dios,
como una madre, padre y Espíritu Santo,
y supe que eras tan grande que no podía verte a los ojos
pues quedaría destellado.

Fue el miedo a estar tan cerca.
Y luego entendí que mi lugar era estar en tu regazo.

Igual que la música en mi cerebro,
me has ido llevando nota tras nota, verso tras verso,
por una colección de momentos
en los que he entendido que yo no soy yo,
sino que somos,
y que ni siquiera hay nosotros,
sino que todavía es más allá.

V. EL DESCENSO

Otra vez te vi cuando tenía en mis venas una jeringa
y supe en ese momento que no necesitaba nada más.
Que había un estado, un lugar al que se podía llegar.

Recuerdo ver la pared completamente narcotizado
y pensar que no necesitaba nada más que ese estado.

Pero luego bajé al infierno.

Y luego te apareciste frente a mí en la sobredosis
y me hiciste ver mi muerte una y mil veces.
Me lo anunciaste.

Y ahí comprendí que esta existencia no es una sola,
sino una multiplicidad de ellas,
que nosotros decidimos consciente o inconscientemente
mientras estamos vivos.

Ese es el vértice.
El dintel que me ha permitido salir de diferentes existencias,
como aquella del adicto.

Y otra vez te vi cuando hice por primera vez un inventario de mí mismo:
un año dedicado a analizar quién he sido,
para después volcarlo todo de un jalón
y sentir el vértigo de toda la destrucción que había creado,
y la obsesión que me consumió
y que de repente siento venir a mi mente una y otra vez.

Porque soy testarudo
y creo que de repente yo solo puedo.
Pero sé que necesito de los demás,
de mis escritos, de la música, del Mar,
de los viajes, del arte, de la literatura:
todas son refracciones de ti
y a ti mismo regresan,
y yo soy parte de ellas.

Y apenas he dibujado una pequeña línea
de todos esos momentos en que te sentí habitarme por completo.

Y todavía hay muchos más.

VI. EL MAR Y EL CUERPO

Como después el verte en el mar.
Encontrarte en medio del agua
cuando me atreví a nadar largas distancias,
y a la hora me hiciste saber y ver
que podía morir otra vez y ser feliz.

Que había estado herido y por ello deseé la muerte,
pero que podía salir de cualquier hoyo en el que me metiese.
No solo esa vez: siempre, una y otra vez.

Y ahí fue que me dije: puedo ser un nuevo hombre.
Un emprendedor serial.
Y lo fui. Lo soy.

Ahí supe que podía terminar con una depresión al instante.
Que podía retar mi cuerpo mucho más de lo que creí capaz.

Así empecé la ruta de la alta resistencia,
y ahí te encontré:
corriendo, nadando, sonriendo, rodando,
en cada entreno, en cada meta,
cada que el cuerpo me decía detente y yo lo retaba:
vamos a darle no un kilómetro más,
sino una hora, o dos,
o qué tal uno, dos, tres días.

Y así fue que me uní contigo,
primero en el triatlón,
luego en el bikepack y las peregrinaciones.

VII. EL SILENCIO

Pero también te he visto sentado.

En los retiros de meditación, viendo la pared,
sentí lo mismo que cuando estaba drogado,
y me dije: no necesito más que estar contigo,
ser parte de ti, de mí,
de este unísono sentir.

Lo mismo que cuando estoy cantando,
o escribiendo,
o caminando junto al mar,
en la carretera, en la montaña,
por una mañana, o por días, o semanas.

Todo me lleva a ti.
Sale de ti y a ti regresa.

Y puedo pasarme la existencia buscando tu presencia.
Y lo haré.

Sigo tu rastro ahora con algunos versos,
otras veces con el cuerpo,
otras veces solo en silencio.

Sé que estás en todo momento.
Solo hay que acercarse a ti.
Estás disponible al momento.

Pero para ello necesito atraer la paz a mi cuerpo,
la conciencia,
la atención unipuntual sostenida —esa es la vía—,
el arte, la naturaleza,
el amanecer de la vida.

VIII. LETANÍA

Mi querida divinidad mía,
no me dejes ni de noche ni de día.
Ayúdame a tenerte más presente todos los días de mi vida.

Sé que en realidad mi existencia es una oración completa
hacia ti, hacia tu conciencia, tu presencia.

Te amo, divina belleza.
Te amo, Buda, Cristo, Krishna, quien seas,
que eres lo mismo
y a la vez eres solo el sol,
el mar,
una palpitación,
una constelación,
el sol blanco al que tanto persigo con mis cantos.

Mi obra completa es una oración.
Una búsqueda de tu presencia.
Una incesante necesidad plena de armonizar contigo,
de sentirte como mi amigo, mi padre, mi hijo.

Elevarme: eso es la constante.
Eso es lo que tú haces,
llevarme allá a donde pertenezco.
Y todos lo hacemos,
hacia ese infinito presente continuo que una y otra vez habito,

porque vivo sin vivir en mí,
y vuelo tan alto, tan alto,
que quedo de conciencia falto
solo para darle a la caza alcance.

Porque mis versos no son míos.
Esto está saliendo de ti hacia mí.

Soy refracción.
Eso somos en realidad cada uno de nosotros:
un fragmento, un átomo del universo
que en sí mismo contiene toda la información del universo.

Somos cripta.
Somos oración.
Somos versos que escapan a la razón.

IX. LA OFRENDA

Me arrodillo ante ti, ante mí.

Pongo una ofrenda con todos mis recuerdos a tu vera,
a la orilla del mar.
Aviento mi ramo de flores moradas al río.
Lavo mi conciencia en el océano.
Abro las alas en el empíreo.

Me veo y me despido de mí mismo,
sabiendo que soy y no soy,
que estoy y no contigo,
que me pierdo y regreso.

Pero que si soy constante,
si soy honesto,
si sigo como un guerrero,
encontraré el sol para beber de él la savia luminiscente,
esa que corre por mis arterias y mi mente,
esa energía eléctrica y azul
como la llama que más enciende,
a la que todo regresa,
esa que se pierde con el azul de la noche,
del mar,
del cielo.

Soy una vela navegando en el universo
que se aviva con el viento,
que se ilumina a sí misma
y a veces a los que tiene juntos por un momento.

Al final esto es lo único que logramos:
destellos,
flashazos,
momentos de eternidad consciente
donde entendemos la sencilla complejidad del universo.

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