Creo que todo inició la primera vez que salí a la calle sin correa, es decir, sin mis padres. Recuerdo la sensación de libertad de sentirme dueño de mi propio destino, de la dirección de mis pasos, de ir a mi propio ritmo y detenerme cuando me da la gana.
Tal vez la culpa la tuvo mi abuelo, o más bien él fue el origen, el causante. Él siempre decía “no hay cosa más buena y más sana que cada quien haga lo que le dé su chingada gana”, este principio de libertad recopilado por la tradición oral pareciera fue en esencia lo que me abrió la puerta, lo que me dio el permiso.
No sé cuándo entendí que en el momento en que me encontraba solo tenía libertad absoluta. Cuando mis padres se iban de casa, ponía el estéreo a todo volumen y brincaba de sillón en sillón bailando en mi propia fiesta, tal como lo hiciera años después en los grandes festivales de música electrónica en el EDC de las Vegas, el Ultra de Miami, tres veces en el Tomorrowland en Bélgica y en la versión Winter en Francia, así como en un año nuevo en la discoteca más grande de Tokio, viendo Geishas bailar con abanicos bajo truenos, templos y luces neón, así como en decenas de conciertos en México, los más emblemáticos de todos ellos en las pirámides del Tajín y en clubes de todo México, pero la aventura de dance más reciente fue entrar al slam en los bares de Escocia e Inglaterra.
Me he dado cuenta de que una de las grandes claves de la felicidad que tienen los niños es su capacidad de correr, jugar, bailar. Mi deporte favorito es y ha sido siempre vagar, caminar sin dirección con un ilusorio objetivo. No importa si es cumplido, lo único que necesito es siempre un pretexto para iniciar mi camino.
La primera frontera que crucé fueron las cuatro calles que rodeaban mi casa. Recuerdo que un amigo de mis padres llegaba y le decía que fuéramos a darle la vuelta a la manzana. A mi padre le decía que fuéramos a la panadería más lejana por un pan que me gustaba, y a lo largo de mi existencia me he levantado miles de mañanas a caminar por el mundo entero en busca de un pan y un café al amanecer.
Una vez más, como a los ocho años de edad, el camión de pasajeros de la escuela me dejó por salir tarde y pensé en regresarme caminando. Eran casi tres kilómetros, pero lo había hecho antes con mi primo, entonces me sentí confiado. Poco a poco se me volvió costumbre regresarme caminando hasta que un día mi mamá se dio cuenta, y lejos de regañarme me reclamó “por qué no me habías dicho, así nos ahorramos el camión”.
Sin saberlo, me empujó un poco más a vagar más lejos. Después me subí al metro con mi primo, y en nuestro deseo de exploración nos fuimos lo más lejos que podíamos. Primero fueron una estación, luego dos, tres, cinco, diez.
Un día descubrimos que si nos íbamos en el primer vagón, podríamos ver las luces del túnel como si estuviéramos en una nave a través de las galaxias, y ahí era a donde íbamos fuera de este planeta, pues al salir del tren veíamos la luz y la estación distinta y cuanto nos rodeaba era extraño. Iríamos paso a paso admirando de forma detallada cada estación como si fuera otro planeta.
Lo mismo sucedía en las calles con la bicicleta. Al principio, lo más lejos que llegábamos era al parque, que estaba como a un kilómetro, pero poco a poco fuimos cambiando la ruta y la dirección. Cada viaje era una expedición y la recompensa venía al atardecer cuando estacionamos nuestra bicicleta para ver el atardecer tomando un refresco con popote en bolsa de plástico.
Año con año, en las vacaciones de verano, diciembre y Semana Santa, mis padres nos enviaban con mis abuelos. Yo era el favorito de mi abuelo, de don René Montero Brito, era mi ídolo, por el todo lo hacía y estoy seguro de que si escuchara cuanto he hecho se sentiría orgulloso y yo, como un perro, alzaría el cuello.
Él me contaba que fue trailero, que viajó por todo México manejando y ayudando a otros traileros, me dijo que cargaba pacas de henequén de ochenta kilos, que era un as en el billar, que participaba en peleas callejeras, que un día su padre le quiso pegar, le detuvo la mano y ese día dejó su casa para nunca volver.
Yo, como esponja, absorbía todas estas historias. Años después hice lo mismo que él, pero de aventón. A mis diecinueve años conocía la gran mayoría de las cabinas de los tráilers. Creo que junté más de mil kilómetros en mi primer año. Me volví un as en pedir aventón, ahí me inicié en el arte de entrevistar a profundidad para animar la plática mientras recorría toda la geografía de México.
Gracias al maravilloso invento del hitchicking o el aventón conocí las grandes ciudades de México, así como los paraísos hippies de las playas de Zipolite, Mazunte, así como las diez playas de Michoacán, así como la costa chica de Guerrero. También de aventón llegué siete veces al desierto a encontrarme con el Wirikuta caminando con amigos y en soledad durante semanas enteras. También fui a la sierra mazateca de Huautla a bañarme en las nubes de las hadas, y una y otra vez a Veracruz. Mi adolescencia fue un largo viaje de aventón, poesía y descubrimientos.
Después, cuando tuve un poco de mayor edad y dinero, empecé a recorrer México una vez más, ahora en mi propio automóvil. Ahí me di cuenta de que los miles de kilómetros de aventón fueron mi entrenamiento para mi etapa de roadtrip . En mi propio auto recorrí la gran mayoría de todas las autovías de México. Un día me fui a Tijuana manejando y bajé lentamente por toda la Baja. Otro día igual me fui a Chiapas, me perdí en sus entrañas y en Quintana Roo recorriendo toda la costa, hasta llegar a Yucatán. Me perdí en los pueblos de Oaxaca, de Michoacán, en la onírica geografía de San Luis Potosí. En aquellas épocas recorría año con año unos 200 mil kilómetros, hasta que crucé el millón.
Mi abuelo no sólo me hizo trailero, también me enseñó a nadar, a correr, a andar en bicicleta, a jugar trompo, yoyo, balero, a componer una tubería, a limpiar una cisterna, a hacer cualquier arreglo fácil en la casa, incluso a tirar un rifle y al final de su vida a sembrar rosales. Siempre me retó a algo más, cada vez que lograba algo parecía decirme con su mirada “y ahora qué más”. Si nadaba una vuelta, luego debían ser dos. Si daba un salto de la alberca, luego tenía que ser clavado, luego una machincuepa, luego un salto hacia atrás. También él me enseñó a tener paciencia al caminar, con él empecé a cruzar las fronteras a caminar primero una hora, luego dos, luego tres, después a los diez años continuó mi entrenamiento en la resistencia, ahí me enseñaron a entrenar diario dos horas, así como a pelear hasta el último minuto, a nunca, nunca rendirme y a seguir, y a entrenar a pesar del dolor, sin parar, creo que estas dos experiencias fueron las semillas que hicieron que a los treinta entrará en los deportes de alta resistencia, sé que esto fue lo que me llevó a nadar primero tres kilómetros en aguas abiertas, luego seis y luego once, después a correr cinco, luego diez y llegar al medio maratón, de ahí tomar la bicicleta y rodar para nadar dos, rodar cuarenta y correr diez en un triatlón en Cuernavaca, luego otro en Veracruz, de ahí seguí a Cozumel, Michoacán, la Ciudad de México, Tequesquitengo, Valle de Bravo y otros más, después hacer un Half ironman en Cozumel, luego otro por mi cuenta en Cuernavaca y la laguna de Tequesquitengo.
Poco tiempo después empecé a hacer largas distancias en bicicleta. Primero fue un medio fondo de 80 k, luego 160k. Después en Japón descubrí que podía rentar bicicletas y rodar un día entero cruzando puentes en el Shimanami Kaido. Fue como un despertar espiritual el llegar al puerto de Imabari, rentar una bici y empezar a rodar por puentes kilométricos entre diversas islas rurales de Japón, parar a comer pan y tomar café con helado, y después seguir por los campos, ciudades, y los puentes mágicos con el mar debajo y de los dos lados. Ahí me di cuenta de que pedalear junto al mar es como cruzar. Esa fue la semilla que años después me llevó a dar la vuelta por los mil kilómetros de la isla de shikoku, haciendo a la par un fragmento de la peregrinación de shikoku henro.
También en Japón aprendí en ese mismo viaje a peregrinar. Leí en internet sobre la ruta del Kumano Kodo, que era parte del antiguo camino tradicional que unía a Tokio con Kioto. Sin saber más, contraté por internet sin entender nada tres días de caminata con hospedaje.
Cuando llegué al lugar de inicio de esta travesía, me recibió solo un hombre con un cartel con mi nombre. Él, sin decirme nada, me sacó una foto con una polaroid, me pidió mi mochila y recitó el nombre del lugar al que la llevaría varias veces para que yo lo entendiera. Acto seguido me señaló una gran Tori de madera y me dijo Kumano Kodo, Kumano Kodo.
Crucé el dintel y entré a la niebla confiando en que estaba siguiendo el camino correcto. Veía en el suelo unos señalamientos de plástico que tomé como referencia, y uno que otro señalamiento que decía con una flecha a la derecha o la izquierda “Kumano Kodo”, al poco tiempo me sentía un ninja.
Atravesé las nubes y llegué a una montaña. Al tocar el cima, se abrieron las nubes y divisé la vasta tierra japonesa, los campos verdes completamente ordenados, cortados y trabajados y las casas rurales. Luego vi una caseta, me acerqué a ella y vi que tenía una vending machine con bebidas y un baño. Inserté una moneda y tuve en mis manos una lata de café caliente.
Ese día caminé hasta que me perdí y al final pedí aventón y una señora me dio asalto en un flamante auto con su perro.
Los largos recorridos ciclistas siguieron para mí en Amsterdam, ahí pedaleé por rutas únicas rodeado de molinos de viento, bosques de ensueño, y experimenté en dos horas todas las estaciones del año, pasé del calor, al frío, a la lluvia, al sol y después a las nubes, sin parar una y otra vez.
Recuerdo también rodar alrededor de Berlín por ciudades, campos llenos de familias haciendo outdoor, en Capadocia, Turquía, rodeando las caprichosas formas de esa ciudad única que también, como en un sueño, volé en globo y así poco a poco fui pasando de las decenas a los cientos de kilómetros. Mucho después escuché por primera vez el camino de Santiago de Compostela y que podía hacerse en bicicleta, y al poco tiempo tomé un vuelo hacia él.
Recuerdo llegar a San Juan de Puerto y recibir mi bicicleta en una caja, armarla y de ahí empezar a rodar por toda España. Ahí regresó a mí la poesía y la crónica, me sumergí en las entrañas de mí mismo en el camino y al final de él en la puerta a otro planeta que es la plaza del obrador de Santiago de Compostela escuché una frase “tardé mucho tiempo en encontrarte”.
Meses después, justo antes de la pandemia, fui a Nueva Zelanda y descubrí lo que era un país dedicado a la aventura.Ahí, con mis botas, crucé el Kepler track, una ruta junto a los fiordos. El encanto y el encuentro con la naturaleza fueron tanto que acabé literal jugando y cantando con las aves a mi alrededor.
También allá tomé un helicóptero justo donde nacía un arcoíris y este me llevó del otro lado de la montaña donde me dejó y empecé a rodar con dirección hacia el mar. Cinco días después llegué hasta allá recorriendo los albores del océano 2 .
Luego vino la pandemia y, como lo único que podía hacerse era manejar, volví a viajar en auto, el deporte que practiqué de los veinticinco a los treinta y cinco, vehículo con el cual le di la vuelta a México una y otra vez durante meses enteros conociendo y reconociendo todos sus pueblos, todo lo cual terminó en dos libros, 15 viajes por México y la vuelta a México a través de mis cambios, el cual es una crónica en la que le doy la vuelta a México con mi auto, donde me quito el traje de empresario y encarnó otra vez al viajero que llega al mar y se da cuenta en él de que el viaje apenas inicia.
Y así fue, después de ver las auroras boreales en Noruega, esquiar en Suiza, Italia y Francia, cruzar el Danubio en bicicleta y después de rodar por todo Vietnam llegué a la conclusión de que debía de viajar un poco más.
Entonces me preparé para un medio iron man llamado la fuga de la isla de sacrificios, en mi natal Veracruz, en el estado donde mi abuelo me enseñó a correr, rodar y andar en bicicleta.
En la ciudad de México la preparación fue dura, pues no hay donde rodar, así que entrené en los biciantros del indoor bike, corrí en las calles de la ciudad y nadé en las albercas techadas.
El día que llegué a la carrera me avisaron que se cancelaba, tenía demasiada energía, así que decidí irme a cruzar Europa en bicicleta, y así tomé un avión a Reino Unido acompañado de mis alforjas y los cambios de mi bicicleta y me fui de Londres a Budapest, recorriendo cinco o seis países, un total de 2500 km en bicicleta.Luego, en vez de correr, decidí caminar los 800 km del camino de Santiago de Compostela llegando a Finisterra, y después para aflojar me fui a una costa de España a descansar.
Tiempo después quise ir a las montañas, no quería escalar, sino sumergirme en el verde y así me fui al West Highland Way en Escocia a caminar por las vírgenes praderas siempre irrigadas. Después regresé a Japón a la isla de Shikoku a hacer la peregrinación de los 88 templos de la isla, que acabó siendo una travesía de 1000 km en bicicleta.
Se me olvidaron decenas de experiencias de buceo, nado, bicicleta y caminata, pero no me importa que habrá muchas más. La vida es una aventura que sabes cómo inicia, pero nunca cómo termina. Por ello hay que vivir al máximo día a día, y justo cuando acabo de terminar de escribir esto, entiendo que la aventura es mi alimento.
Aquí intento hacer un recuento en una lista.
He viajado por miles de ciudades en más de 50 países, tengo algunas decenas de miles de kilómetros recorridos en bicicleta por Europa y Asia y más de 1 millón de km manejados y unas decenas de miles más viajando de aventón por las carreteras de México a lo largo de 30 años.
Como atleta he terminado casi una decena de triatlones, tres medios ironmans, varios nados en aguas abiertas, medios maratones, fondos y medios fondos en bicicleta de ruta y montaña.
Como cicloviajero he pedaleado en Inglaterra, Reino Unido, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Alemania, Hungría, Japón, Corea, Vietnam, Austria, Eslovaquia, España, Nueva Zelanda, Turquía, Escocia y México.
Como peregrino he recorrido los 800 km del camino de Santiago, una en bicicleta y otra caminando, unos 200k en Japón a lo largo del Kumano Kodo, otros 200k en Escocia, el West Highland Way y en Nueva Zelanda, el Kepler track y el CROSS.
He buceado en Egipto, México, República Dominicana, Australia y Tailandia.
Al realizar todas estas pruebas y romper mis límites de tiempo y distancia, estoy creando una colección de Ultravelman, la cual son aventuras deportivas de resistencia por lugares maravillosos en todo el planeta. Si quieres conocer más de la oferta, ve a la pestaña ULTRAVELMAN.
En total he recorrido más de 50 países realizando todo tipo de aventuras, últimamente mucho más enfocadas en largas distancias en Europa y Asia.
Todo empieza y termina con una mochila, mi fiel compañera.
Triatlones en
- CDMX
- Veracruz
- Veracruz
- Cozumel
- La Paz
- Michoacán
- Tequesquitengo
- Valle de Bravo
- Half Ironman Cozumel
- Half Ironman Teques que tengo.
Nados
- 3 km en Tequesquitengo.
- 7 km en Acapulco.
- 11 km en Acapulco.
Medios Maratones.
Peregrinaciones y bicigrinaciones
- 7 caminatas de semanas en el Desierto de San Luis Potosí, México
- 3 travesías de varios días en Huautla de Jiménez, México
- Camino de Santiago en España. Desde Saint Jean Pie du Port caminando
- Shikoku Henro 30 templos caminando 1000 km rodando.
- Kepler Track en Nueva Zelanda
Grandes rutas en Bicicleta
- Baja California de Mexicali a Los Cabos, México 1000 km
- La vuelta a Shikoku, Japón. 1000 km
- Camino de Santiago desde Saint Jean Pie du Port en Bicicleta
- Alps2Ocean de los alpes nuevo zelandeses al mar
- Shimanami Kaido 5 islas en un día
Otras
- Colombia
- Caminata a la ciudad perdida
- Japón
- Shimanami Kaido
- Kumano kodo
- Shikoku Henro
- Tailandia
- Retiro de buceo en Ko Thao
- Vietnam
- Rodar en el norte, centro y sur por poblados
- España
- Camino de Santiago caminando
- Camino de Santiago en bicicleta
- Alemania, Austria, Hungria,
- Bici en el río Rhin
- Italia
- Pedalear cerca de Florencia
- Luxemburgo
- Bicicleta Vuelta a la ciudad
- Amsterdam
- Bicicleta en las cercanías.
- Bélgica
- 3 Tomorrowland
- Escocia
- West Highland Way
- Kirkpatrick
- Marruecos
- Sahara a la playa
- Turquia
- Bici en Capadocia
- Australia
- Alps2Ocean
- Kepler Track
- Rotorua Track }
- Costa Rica
- Descensos en bicicleta y ríos en las dos montañas
- Suiza
- Glaciar Express con escalas en Zermat y Sain Moritz
- Noruega
- Auroras boreales
- Norway in a nutshell
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