Los 88 templos de Shikoku. Yo No Zen Henro
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por | 24/10/2023 - 10:51 AM | Sin categoría

 

                 (1a versión, el viaje crudo tal cual fue) 

¿ Cómo me convertí en Henro? Todo inicio es una continuación

La historia de este viaje inició hace muchos años, en verdad no se cuantos, siento que los viajes al igual que la existencia y las experiencias están interconectadas, los primeros orígenes que encuentro son el viaje de los treinta días por México, la realización del Ironman en Cozumel, mi primer viaje a Japón a través del Kumano Kodo, y la peregrinación de Santiago de Compostela. 

La primera conexión con el viaje y el libro de los treinta días a través de mis cambios es la planeación de un viaje largo y la relación con mi tobillo. En aquel entonces justo el día que me vino a la mente la idea de trazar una línea que uniera las dos puntas de México me esguince el tobillo, recuerdo claro como iba desafiando la gravedad al volar dando saltos mientras bajaba por una cañada cuando sentí un rayo salir de la parte inferior de mi tobillo, el dolor cruzó por mi médula espinal y salió en forma de un grito doloroso y solitario. 

El segundo recuerdo sucedió en Cozumel, cuando después de tres meses de entrenamiento hice mi primer 70.3, recuerdo estar en la punta de la isla preguntándome ¿cuál era mi meta en esta carrera? La primera había sido dejar de fumar y la había cumplido, pero ya ni siquiera me acordaba de ella, ahí pensé en que debería de tener un termómetro de felicidad y que con él debería de determinar mi futuro, creo ahí inicio la idea del ultravelman, la de romper mis limites de tiempo, distancia y felicidad en una sola prueba. 

El tercero es el Kumano Kodo, la primera peregrinación que hice en Japón, recuerdo como un sueño el tomar un camión que se internaba en el bosque y estar viendo en google maps la parada en la que debía de bajar, no tenía absoluta idea de donde estaba, ni cómo se pronunciaba el lugar en el que me tenía que bajar, pero lo logré. 

Bajé del autobús a media carretera, crucé a un estacionamiento donde había sólo un coche, de él salió un hombre con una hoja con mi nombre, me recogió el equipaje, me sacó una foto y me señaló una tori inmensa en medio del bosque y me señalándome dijo  “Kumano Kodo… This Way”. 

En medio de la espesa neblina empecé a adentrarme en un bosque inmenso, a los lados del camino había unas tapas multicolor que indicaban la dirección, así como una que otra flecha con la leyenda “Kumano Kodo”, todavía puedo sentir y revivir esa sensación que amo de estar completamente fuera de lo cotidiano y conocido, es un orgullo sentimiento vagabundo de estar perdido pero encontrado contigo. 

Recuerdo ir ascendiendo con mis botas ligeras y mi chamarra recién comprada de pluma de ganso por la espesa niebla hasta llegar a un mirador con una vending machine que me vendió por primera vez una lata de café caliente, no lo podía creer, ni tampoco creí cuanto sucedió ese día en el bosque que me remitía una y otra vez al zen, en el acomodo de las rocas, en el silencio espiritual, en los budas tallados en rocas, en las piedras en equilibrio, en las Toris clavadas en medio de la nada, en los pequeños templos sintoístas, me sentía dentro de una película o un videojuego ninja, y caminé y caminé hasta que al final del día llegué a mi primer ryokan, donde en cuanto llegué me indicaron me bañara en la tina, me pusiera la bata que después supe se llamaba Yucatán, y a las seis bajara a cenar. 

Años después conocí Koya San, el lugar donde terminan las grandes peregrinaciones del Japón, es una cima espiritual dedicada al budismo, en su cima al ver los budas gigantes, las pagodas de cinco pisos que semejan como las estupas la mente iluminada, los jardines zen donde las piedras guardan la forma de la energía y los jardines son museos de paciencia, dedicación, contemplación, atención y esfuerzo.

En esa cima dormí por primera vez en un templo, en un Sukubo, recuerdo que al entrar en mi habitación caí en cuenta de que sólo podía meditar en esa habitación, y así lo hice hasta que una hora después me tocaron para avisarme que la cena estaba servida, salí y sólo la charola me aguardaba, la instrucción era comerla y dejar la charola afuera.  

Ese día recordé mis retiros zen, la alegría armónica a la que accedí, experimenté o fuí víctima concentrándome sólo en mi respiración. 

Todo esto fue lo que me ha traído al Shikoku Henro, hace un año cuando mi vida una vez más mutó por completo apareció ante mí la peregrinación como una solución, como una meta, como una pista de lo que debía de hacer, sin embargo no tenía en mis manos la visa para hacerlo, además de que no estaba preparado. 

Desde aquel momento vi esta peregrinación en la que me encuentro como la solución, el lugar donde descifraría la siguiente etapa de mi vida. 

La última semilla que encuentro relacionada con esta travesía fue el camino de Santiago de Compostela, pues después de haber cruzado Europa en bicicleta yendo de Londres a Budapest vi que lo que debía hacer era esta peregrinación, el Shikoku Henro, pero la época del año no era la propicia, así que decidí irme a España a entrenar, la distancia era parecida, el camino francés de Santiago de Compostela son 900 kilómetros, el Shikoku Henro son 1200 kilómetros, si podía hacer el camino de Santiago podría con el Henro. 

Cuarenta días después terminé el Camino de Santiago, pero con el Shikoku Henro, al décimo día quedé varado por el esguince del tobillo. Con la pierna inflamada y pensando el significado de lo que me estaba pasando tuve que parar… para volver a iniciar.

El final, el inicio, la historia circular 

Nunca ceso de iniciar, uno de los tortuosos críticos de los innumerables cursos que he tomado sobre creación literaria me dijo siempre estás iniciando tareas que nunca acabas, él se refería a que escribo mucho la palabra “empece a” en vez de irme directo al verbo, por ejemplo “empecé a escribir esta historia”, y es que siento que cuanto hacemos es una continuación, nunca puedo decir “escribí esta historia” pues esta historia que es mi vida, no se cuanto termina. 

Violeta también me decía lo mismo, “inicias proyectos, tareas, empresas y no continuas hasta dejar que florezcan” y yo siempre he tenido mil razones para argumentar el porqué lo hago y lo he hecho, la más elemental es porqué quiero, porqué dejé de creer en eso, porqué no es lo que esperaba, porqué no encontré lo que buscaba, y para mi todas estas respuestas son válidas, para el capitalismo, la superespecialización, el utilitarismo, la tecnología, el progreso y la competencia no son válidos, pero mi objetivo rara vez ha sido el dinero, no compito, yo juego, y mi objetivo principal es la felicidad y sus principales herramientas son para mí la poética, el viaje y la experiencia.

Así estaba con el tobillo lastimado en Hiwasa pensando en sí debía seguir o no el camino iniciado en Takatmatsu, extrañamente en vez de ir a Tokushima el lugar donde inicia este camino fui a Takamatsu al llegar me di cuenta que era el puerto del cual había partido para la isla de arte de Naoshima, donde hace algunos años alcancé también un estado de felicidad muy alto al pasar un día celestial contemplando la oscuridad en un templo, el paso del tiempo en un centenar de luces led en la sala de un templo japonés, de contemplar una gigantesca pelota de mármol negro en una iglesia de ángeles triangulares, de ascender al cielo una escalera de macizos de cristal, el arte me llamó incluso a quedarme en un hostal que se llamaba Books Hostel. 

Al llegar me di cuenta de que ese era el lugar del cual partí al cielo de Naoshima, y regresaba a él, entonces reconocí que mi principio y final es el arte, y en segunda instancia está lo espiritual, que es parte de lo mismo, pues la escritura es mi religión, mi descubrimiento, la razón por la cual he decidido peregrinar, pues los pasos y los versos, y los párrafos están par mi conectados, escribo de cuanto vivo y vivo un poco más porqué escribo, así fue que dejé en el Book Hostel la ropa y los gadgets que llevaba de más.

El que más trabajo me costó dejar es la laptop, he pasado pegada a ella muchos años, es parte de mi espalda, extensión de mi memoria y de mis manos, mi máquina de arte y mi trabajo. 

Primer día, de Backpacker a Henro 

Tomé el tren a la mañana siguiente directo al templo número 1, ahí compré mis atavíos, un chaleco blanco, una estola amarilla, mi bastón de Kobo Daishi, mi rosario para la concentración, mi memoria de kanjis y sellos para cada templo, velas, fuego e incienso para ofrendar a Buda y Kobo Dashi el monje que trajo el budismo a Japón, y en nombre de quien se hace esta peregrinación.

Las caminatas que involucran altura se vuelven un ascenso, aunque no fue una cima en mi recuerdo pareciera que escalé una montaña. 

El primer templo inició en Takamtatsu a nivel del mar, entré temeroso al inicio, le pedí a un australiano de edad avanzada me ayudara a iniciar el primer templo, le pregunté sobre las fases del rito, él me instruyó en primero llegar al templo hacer una reverencia frente a la puerta tori y en medio de los demonios que lo cuidan hacer una reverencia, atrás queda lo que no debe entrar y con la frente blanca y en alto se da la cara al templo. 

Primero tomas el cuenco con la mano izquierda rocías agua en tu mano derecha, luego cambias de mano limpias tu izquierda, y luego haces tu mano derecha cóncava depositas agua, le das un sorbo y así purificado entras al templo. 

Te acercas al templo principal, prendes una vela con tu propio fuego y lo pones en el altar de candelas, luego enciendes tres inciensos que depositas donde están las cenizas, el humo te llena la cara y purifica entre él ves a Buda y su altar dorado, entonces depositas una moneda, haces dos reverencias, luego das dos aplausos.

 

Después rezas el corazón sutra y después si lo deseas haces lo mismo en el altar de Kobo Daishi, el más pequeño que también hay en cada templo, al ir siguiendo el rito lo fui haciendo mío, decidí rezar el sutra en español para que tuviera un mayor entendimiento, y así entré en la reflexión sobre el vacío, el cuerpo está vació, y el vacío es el cuerpo. 

Al final de todo esto en unas hojas que tienen a un Buda pones un deseo, lo depositas en la urna frente al Buda y luego vas a la oficina a que te pongan el sello y los kanjis del templo, cuando ví a el encargado empezar a dibujar en mi cuaderno con su largo pincel, me dije tengo que escribir un haiku como él en cada templo, esta peregrinación es mi rito de escritor, cómo lo fue el cruzar méxico hasta isla mujeres, ahí en esa isla, que guarda en mi mitología cierta similitud con esta fue que descubrí que mi viaje como escritor apenas iniciaba. }

Salí caminando junto con mi amigo australiano zen del templo y empezamos a caminar por la carretera, en ese momento suspira y me dice “no se que esperabas, pero así es la mayor parte del camino, vas a pie de carretera, quisiera que hubiera más bosque, pero no es así, ¿cómo es en Compostela? “ — me preguntó.

En mi cabeza los cuarenta días del camino se se atraviesan bosques, montañas, planicies, y una centena de pequeños pueblos, sin embargo a grosso modo son cuatro cimas, la primera la de Saint Jean Pied de Port, donde se cruzan los Pirineos franceses, la segunda desde la cima en la que se entra a Asturias, la tercera entrando en Galicia en el cielo del Cebreiro, y la cuarta el monte de Gozo antes de llegar a Compostela y el verdadero final que es Fisterra, pues desde que inicias lo que ves es una viera, es decir una concha y cuando una de estas te toca el pie en el mar sabes que has llegado al final, sin embargo la puerta a la otra dimensión se cruza en la plaza central de Santiago. 

Siempre he querido ir para allá, me dijo con nostalgia confesándome que esta era la tercera vez que hacía el Shikoku Henro, del templo uno al dos hay apenas un par de kilómetros, platicamos un poco más y al llegar al segundo templo entre solo y él me contempló como cuando el maestro deja que el alumno siga la instrucción, así hice mis reverencias, prendí mis velas, incienso, hice mi oración, escribí mi poema y fui a que me estamparan mi cuaderno. 

En camino al tercero me separé de mi primer maestro, empecé a acelerar el paso e incorporé otra práctica, la de escuchar audiolibros zen durante el camino, así caminaría de la mano de Kobo Daishi con mi bastón y con Tich Nan Han, Pema Chodron y Chogyan Rimpoché dándome enseñanzas al oído, empezaba mi retiro como aquellos que viví en la ciudad cuando me inicié en el zen.

Conforme fue avanzando el sol por el cielo seguí mi camino entre los templos, no estaba tan señalado como el camino de Santiago, de hecho era difícil encontrar los señalamientos, la mayoría de ellos eran pequeñas estampas rojas en los postes, otras eran unas columnas grises con una mano con un dedo gigante que apuntaba hacia el siguiente templo, y de vez en cuando uno que otro que decía los kilómetros que faltaban para el siguiente. 

El sonido de mis pies acariciando el piso volvían a enamorarme con el camino e iban siendo interrumpidos continuamente por el golpeteo de mi bastón, al llegar al tercer templo me puse los atavíos y entré confiando con la ceremonia encarnada sentía estaba entrando a el retiro. 

Justo cuando empezaba a atardecer llegué al cuarto templo y de ahí me fui directo a mi Mishuku, los cuales son casas rústicas que te ofrecen hospedaje, baño y comida. 

Dejé mi bastón en la puerta y recordé una película sobre un samurai, dejaba mi espada fuera de casa lista para la proeza de mañana, saludé con una reverencia a mis anfitriones y a mis compañeros de cuarto, dos chinos de Shanghai cuyo trabajo era cuidar un templo. 

Uno de ellos, Mr. 5, era la segunda vez que lo hacía, estaba radiante, contento y me daba muchos consejos, me fue explicando como funcionaba la guía, la cual era para mí un misterio, pues solo incluye el mapa con tres rutas sugeridas, los números de los alojamientos insertos en el mapa, otra página con la altimetría, así como información de los templos. 

Las reservaciones las tienes que hacer por teléfono, me instruyó, es lo más común, le dije que no hablaba nada de japonés y él me contestó “tarde que temprano debes de empezar a hacerlo, good luck”. A través de Skype hice mi primera llamada y logré la reservación, había hecho las dos primeras a través de una página, ahora ya tenía tres.

Fuimos llamados a cenar, los dos chinos, dos japoneses y un canadiense nos sentamos a comer, primero hablamos un poco en inglés pero después el japonés más viejo tomó la plática y se puso a hablar y hablar, sólo su amigo y Mr 5 le entendían, pero él parecía dirigirnos a todo y sentía que estábamos contentos con su plática. 

La comida fue la clásica japonesa, unos diez platitos con arroz, ensalada, sopa miso, tofu, sashimi, otra con un chabacano, y otras cosas más que sólo se comer. 

Al terminar regresamos a la habitación platicamos un poco y sentí una necesidad infinita de un postre, busqué en el google maps una tienda de conveniencia, salí en medio de la noche, a las ocho, compré un helado de matcha, galletas y gomitas para la mañana. 

Entendiendo, entrando, sintiendo el segundo día.

El sol salió y yo con él, en la puerta me despedí de mis amigos y entré a la soledad del camino, veía a muy pocos peregrinos, no era como España, nada era parecido, la mayoría eran japoneses, y aquí la religión, el rito es importante, son ochenta y ocho templos los que hay que recorrer, llegué al primero del día, hice mi rito y escribí en la hoja de deseos. 

Decidí sacarles una foto antes de depositarlos en la urna: 

“Que no cese mi letra, que avance mi conciencia, que la dualidad pierda”

Entraba en la reflexión zen y antes de llegar al segundo templo del día recibí una llamada del trabajo, era una emergencia leve que debía de gestionar a distancia, mi realidad es que vivo viajando entonces debo de trabajar donde quiera que ando.  

Hice mi rito en el templo, salí y regresé un poco al trabajo, la diferencia horaria ayudó a que el día en México terminará, a medio día había terminado, faltaban dos templos más, empecé a sentir un poco de molestia en el tobillo, me extraño, en el camino no sentí esto y habían sido 800 kilómetros, apenas iban unos treinta. 

“No existe sufrimiento, si sus causas, ni su origen, ni final, está vacío, no existe”. 

Lo que amo del zen es que tiene respuesta para todo, y eso es en verdad, muchas veces llamamos sufrimiento a un pensamiento, una idea vacía, a la que si dejamos ir, y nos entrenamos en ello podemos dejar de sufrir la mejor medicina es la meditación. 

Las cuatro nobles verdades me decía tich nan han, son primero el reconocer el sufrimiento como parte de la vida, el segundo es ver entender el origen, el tercero entender como cesarlo y el cuarto el camino para lograrlo.

Desde los quince años descubrí que la vida no tenía sentido y eso me aterrorizó, y ahora venía a rezar aquí en el corazón sutra, no solo que la existencia estaba vacía, sino que lo mismo estaba el pensamiento, el dolor, los sentidos, la conciencia, incluso el camino. 

Empecé a entender un poco más que no se va, ni se regresa a ningún lugar, me empezó a doler el tobillo, seguí a otro templo

“Dejar la angustia, el coraje, rencor, reconocer la vacuidad” fue mi deseo para el siguiente templo y para el último que estaba también cerca escribí “Mi más ferviente deseo es ser un conscientes ser zen viajero y ayudar a quienes deseen a serlo”. 

Creo que esta es la razón por la que estoy escribiendo, para atraerte, pare entenderme, para ser y compartir, siguió mi camino por el atardecer y conforme cayó la tarde se fue haciendo más y más largo, justo al anochecer exhausto llegué sólo con fuerzas para ir a cenar y descansar. 

Perdido en la montaña, tercer día 

Al otro día salí temprano y vi a una pareja de franceses con una gran maleta, me dijeron emocionados que el día de ayer durmieron afuera de un templo, él estaba estudiando japonés y cultura japonesa y ella lo estaba acompañando, tenían la maleta más pesada que había visto pero igualmente eran los más jóvenes, lo cual hacía algo de equilibrio. 

Al llegar al onceavo templo escribí “no hay límites, no hay ignorancia, ni sufrimiento, ni vejez, ni sabiduría que perseguir” me sentí cómodo con esa máxima de absoluta ignorancia y mente de principiante, me sabía la realidad a nueva, seguí andando, el trabajo me volvió a llamar, mi interlocutor se dio cuenta de que estaba muy calmado y respondía con paz y conciencia. 

Dejé el trabajo un rato y entré al templo, justo al entrar me llamó un japonés y me dio una congelada como “osetai”, el cual es una especie de regalo, ellos lo ofrecen al peregrino como ofrenda. Tomé en mis manos el tubo de plástico, lo partí en dos y así pude acceder al hielo, es increíble el diseño japonés hasta en estas pequeñas cosas. 

Hice mi rito contento y al salir el mismo japonés que me vio entrar me hizo señas de que estaba mal, que el camino era por la montaña, me señaló un qr code a la entrada del templo, al ir al link vi que tenía la historia del templo y algunas recomendaciones, en este caso el señalamiento del camino correcto. 

Me interné en la montaña y empezó el ascenso, los señalamientos se hicieron complicados, no eran muchas las flechas y las direcciones eran imprecisas, ascendí más o menos media hora y me encontré a mi amigo australiano, me dijo “yo ya no puedo andar por aquí, llevo dos horas y me falta mucho, voy a irme en camión al siguiente templo, tu sigue, te falta mucho no te quito el tiempo”. 

Me sentí contento de estar otra vez en la naturaleza, a media montaña me entró otra llamada de trabajo que tuve que resolver y luego caminé otra vez, pronto me sentí como en el Kumano Kodo, reconocí otra vez en mi cuerpo el movimiento del guerrero, del peregrino, sentí entrar en calor, la insuficiencia de la respiración, mis pensamientos de desafío en las subidas, y de placer y velocidad en las bajadas, me apego más a la bajada que a la subida. 

De repente veo un anuncio que dice 23, me hizo dudar, yo iba al templo doce, tal vez había tomado un camino incorrecto, decidí regresar otra vez a la última señal del camino, unos treinta minutos después vi que iba por el correcto, otros treinta minutos después ya estaba donde dudé, me lamenté un poco por mi dudar,  no había mucha señal del móvil y el google maps no funcionaba. 

Seguí andando entre el bosque ascendiendo y ascendiendo sin ver a nadie en kilómetros, tenía sed y algo de hambre, vi un árbol de limones y decidí probar uno, le hice un hoyo y tomé el jugo, el cítrico me llenó de frescura y energía, devoré otros dos y continúe el ascenso, poco a poco empezaron a aparecer diversas estatuas de buda en el camino, me acordé de una cima en Vietnam donde después de pedalear todo un día llegué a una montaña llena de budas entre nubes y cascadas. 

Esta es una versión del paraíso, decenas de Budas de todos tipos sonriendo daban la bienvenida al templo, y justo a la entrada estaba un monumental Kobo Dashi, el templo en la cima era totalmente inspirador, hice mi rito y escribí:

“Asciendo entre rocas, raíces, mente, cuerpo, Buda, silencio, destellos, vacío encuentro, sólo eso”. 

Las oficinas de los templos cierran a las cinco, fui el último peregrino, después de atenderme cerraron, ahí me di cuenta de que pronto se haría de noche y faltaban varios kilómetros para llegar a mi minshuku que estaba en medio de las montañas. 

Empecé a andar más rápido, el peso de la mochila parecía crecer y crecer conforme avanzaba, pronto empezó a verse azul y mis tobillos a tambalear, de repente tomé un video di un paso en falso y me lastimé el tobillo ya adolorido, luego sin querer el otro, estaba cansado tenía que llegar, la luz iba a terminar, concentrado, cauteloso y espantado seguí andando por el azul de la tarde hasta que justo antes de que la luz terminará llegué al hostal. 

Al verme llegar un japonés me cedió una silla, me dijo me tranquilizara, seguro tenía la cara de espanto, me tiré con esa sensación extraña de haber abusado de mí, me indicaron donde estaba el baño, cuál era mi cama, me dieron de cenar un curry muy pesado y después le pedí a un joven del hospedaje me ayudara con una reservación. 

Éramos muchos en el hospedaje, todos con solicitudes distintas, un hombre joven muy atento nos atendía, y otro japonés con pelo largo sólo veía la situación, cuando vio que le pedí una reservación al joven para dentro de dos días, me regaño y me dijo “esto es una peregrinación, vive un día a la vez”. 

Me desagradó mucho el comentario, insistí en mi reservación, durante el largo proceso platiqué con un francés budista zen que hacía una peregrinación a sus sesenta años y se veía complicado, pero con una sonrisa vana zen parecía sortear las problemáticas sin dificultad y así nos pusimos a roncar. 

El largo camino apenas comienza por la carretera, Cuarto día 

Me fui a dormir y a las dos de la mañana me desperté pensando eran las seis, arreglé mis cosas y justo cuando corrí la ventana de mi cama para salir me di cuenta que eran las tres de la mañana, me regresé a la cama e intenté dormir. 

Desayuné con los demás y empecé a andar hacia los siguientes templos, la mañana terminó la etapa del bosque y caí en una carretera, había que andar casi veinte kilómetros junto a ella, a pleno rayo de sol, sin sombra, aunque los coches respetan al peatón el sonido era infernal como siempre es el rugir del motor cuando no se está sobre él. 

Encontré a los japoneses que me recibieron el día de ayer, unos momentos atrás, otros delante, nos rebasamos de forma constante hasta que decidí unirme a su andar e intentar platicar pues sólo uno de ellos hablaba inglés, su nombre era Hiromisu Takamoto, vivía cerca de Osaka, le gustaba el mar y los veleros, conocía a su amigo desde hace treinta años, les pregunté sobre Okinawa, los dos ponían cara de encanto cada que hablaban de la playa, en especial de las islas pequeñas, me recomendaron un hostal mientras andábamos. 

 

Nos dio la una de la tarde, las horas de comer en Japón son el lunch entre 12 y 2, y la cena de 6 en adelante, llegamos a un restaurante pero había dejado de funcionar así que fuimos a la tienda de conveniencia donde hay siempre un montón de comidas hechas, compramos rollos y onigiris. 

Mi tobillo me seguía doliendo, vi unos parches que prometían bajar la temperatura y pensé que me harían bien era como ponerme un hielo, cuándo Hiro me vio, me dijo que esos parches eran para la fiebre que había unos mucho mejores, me dijo que cuando viéramos una farmacia me llevaba. 

El camino continuo una hora más por la carretera, llegamos a un templo y después de ahí al hostal, era mucho mejor que el anterior, después de cenar Hiro me llevó a la farmacia y después de hablar mucho con la empleada llegaron a la conclusión de que necesitaba unas tobilleras y unos parches fríos, en cuanto me los puse en el tobillo la inflamación cesó, de regreso al hotel vimos la luna llena y pensamos que la nuestro recorrido nos llevaría la luna más grande del año, la de Octubre, le pregunté que significaba su nombre y me dijo Dr. Paz, ambos nos quedamos absortos viendo el gran astro lunar iluminado pensando en lo que nos esperaba durante este ciclo. 

Los parches funcionaron bien me levanté con los tobillos de un tamaño razonablemente normal, sin quererlo entré al hábito del camino, visite mi primer templo ya con mi ritual adquirido, limpiarme, prender incienso, velas, hacer reverencias, escribir poemas, leer mantra y mientras ir sacando fotografías

“Terminar lo recurrente, entrar contento al presente, vacío sabio ignorante siempre”. 

La ruta pasaba junto a una carretera de varios carriles, en medio dio del estertor de los vehículos recordé mis años de vagancia por la Ciudad de México, entre los quince y dieciocho años me dediqué junto con el Said y el Hesse a andar sin rumbo diario por la ciudad, la única meta era pasar la tarde entera en un ejercicio de exploración y al final del día tomarle el pelo a un taxista para que nos llevara a nuestra lejana casa por la mitad de lo que costaba. 

El pasado se combinaba con el futuro, mientras ando en un viaje no dejo de pensar en el siguiente, el pasado y el futuro se mezclan en un continuo que no me deja entrar al presente, escucho a el maestro zen como repite y repite la necesidad de hacernos conscientes de él. 

No puedo entrar a la realidad, no estoy habituado a estar en lo que estoy pensaba una y otra vez junto a la autopista, lo único que podía hacer era meditar o recitar el mantra “gate, gate, para gate, para Sam gate, Bodi, Svaha”  que significa “partir, partir, partir a lo alto, partir a lo más alto, Iluminados, que así sea” así me intenté ir al presente y llegué a otro templo 

“Sólo frente a mi, No tengo nada que decir, decidir, deja ir”.

Caminaba con el sol frente a mi rompiéndome las retinas, de repente apareció la sombra de una mujer que se materializó frente a mí y con una sonrisa me dijo “Good Luck”. 

Seguí pensando en que la vería después en el hospedaje y seguí hasta el siguiente templo, había sido largo el día y llegué justo al atardecer, en la puerta un Buda azul parecía aguardar mi llegada, puse mi bastón junto a él y me ví fundido en la estatua en él, fui a la oficina por mi estampa, al salir hice mi rito con mucha calma viendo como se apagaba lentamente la luz a mi alrededor. 

“El templo, el Buda, La Paz, están en cualquier lugar”. 

El hostal en que me quedé no tenía comida, me llevaron a un convenience store, llené una bolsa de comida y me fui a mi cuarto, como en el sukubo de la noche de Kumano Kodo, solo que aquí en vez de silencio se oía la plática de dos japoneses en la sala, pensé eran el alumno y el maestro, luego pensé que era un hijo y su papá, no había nada más que hacer que dormir y meditar. 

El camino de Santiago y el de Japón, el encuentro con el escritor, Quinto día 

El día siguiente era uno de los más retadores me había advertido un austriaco que eran dos grandes montañas, que podía irme por la carretera y tomar un funicular para ascender al segundo templo. 

Pronto me vi envuelto otra vez en los bosques de bambú verde, ascendiendo con mi gran maleta a hombros, no eran más de 10 kilos pero sentía eran demasiados, aquí la regla es cargar entre cinco y seis. 

Después de unas horas llegué a la cima, las tobilleras y los parches parecían funcionar aunque sentía el dolor de la herida de la operación, recuerdo que el doctor al final de la operación me dijo “ya no puedes correr, te jodiste la articulación”, no le quise creer, pero le pregunté “y caminar”… “ah eso sí, camina lo que quieras” y la bicicleta le pregunté “eso también”. 

La vida cambia en un segundo, por la tarde una amiga me habló triste para decirme que su primo había muerto, ¿será la pérdida más dolorosa la de la existencia, o la del tiempo? Nos preguntamos. El sutra dice que no hay muerte, ni vejez, son pensamientos erróneos pues todo es vacío, continuación de ciclos, nada nace, nada muere, cuando algo muere algo nace. 

Un Buda de metal en la cima lleno de musgo verde me dio la bienvenida y frente a él escribí 

“Fin y origen confluyen en el mismo vértice, nada está quieto, todo es flujo, sucesión“

En el templo encontré a un italiano que también era escritor y viajero, enamorado de Japón, extrañamente a los dos nos había explotado una pluma en el bolsillo izquierdo y teníamos el pantalón manchado de tinta, le dije que era la bendición del escritor, su libro era sobre el camino de Santiago y el shikoku Henro, cuando le dije que había hecho el camino este año nos entendimos mejor. 

Bajé con él por la montaña a su ritmo, hablando por primera vez español, me contó que en su primer viaje por aquí se quedó entre los templos cuarenta y tantos a trabajar y ahí creo amistad con varios japoneses y ahora se dedica también a traer turistas a el lugar, nos entendimos aún más en la rebuscada tarea que es encontrar trabajo relacionado con la pasión por el descubrimiento. 

Llegamos a la carretera y tuve que tomar la decisión o seguía por la montaña o por la carretera, decidí aprovechar la compañía y subir por el bosque, mi cuerpo se movía bien, anduvimos como niños contando nuestras historias de Japón, de cuando conocimos por primera vez el baño Onsen, de las locuras de Tokio, los templos de Kioto, y claro está de shikoku, me dijo que el kanji de isla es un promontorio de tierra con un ave parada en ella. 

Le dije que en mis garras me llevo el corazón de esta isla y que a través de mis letras atraería como él gente a ella, esta peregrinación tiene 1000 años de antigüedad, la isla muchos más, me dijo que lo que estábamos haciendo era un baño de bosque, le dije que lo hiciéramos literal, nos quitamos los zapatos y con los pies en el río nos dejamos llevar por su tranquilidad, en su corriente seguimos paseando por la geografía de España, de Japón y de Italia, al igual que el agua nuestras palabras daban la vuelta a la tierra citando la belleza de la naturaleza. 

Seguimos andando hacia arriba, una hora después llegamos a la cima, en la puerta aventé mi mochila y le dije que entraría a hacer mi rito, al cruzar el dintel puse la música del corazón sutra y dejé que el ritmo me condujera por el rito, sentí mis pasos, mis manos, mis movimientos ya envueltos en la magia del Henro.

“La mente estable, consciente, permanente, perenne, sonriente, plena, quieta, contenta busca aquí y ahora su casa: Nirvana.”

Al regresar a mi mochila el italiano había desaparecido me dejó una servilleta su email dibujado con tinta roja, al empezar a descender vi llegar el funicular, no lo pensé y subí en él, pronto literal empecé a volar por la montaña, y vi a otro buda en la cima mirar el horizonte, después todo fue descender hasta tierra. 

Al dejar el funicular regresé a la carretera, tenía que caminar varias horas junto a ella, no me pude contener y tomé uno de los caminos alternos por el bosque y de repente estaba envuelto en un campo de bambúes gigantes que reproducen en su cuerpo hueco el sonido hueco del viento rompiendo el silencio, me uní a ellos intentando imitarlos, ser sólo un receptáculo del vacío y el sonido de mis hojas era el de mis pasos, horas después, al atardecer llegué al templo, entregué a otro Buda mi bastón y contemple junto con él como la luz se extinguió mi mano dibujó “Sólo montaña, sólo templos, solo mantras, solo”. 

Llegué al hospedaje sólo con energía para dormir y cenar, mi tobillo estaba hinchado, le puse los parches mágicos y dormí exhausto. 

El día que tuve que parar, No Zen Henro, Sexto día. 

En forma automática me levanté como una máquina fui directo al templo para recolectar con la travesía y empecé un camino que me llevó otra vez al bosque, mi tobillo seguía hinchado pero recordé que me dijeron que estaría así varios años que no me espantara, sin embargo lo sentía débil, me daba miedo se fuera a romper pero pensé que con los parches y los soportes estaría bien, me recibió el bosque lleno del silencio de los bambus, ascendí y descendí otra vez por varias montañas hasta que llegué a un columpio desde donde se contemplaba el mar infinito, me subí a el y empecé a mecerme con la idea de salir volando después del horizonte, quería volar a otro universo, me sentí ligero por primera vez en mucho tiempo, dejaba por un momento el peso de la gravedad, de la peregrinación, era un niño jugando, la aventura es mi refugio, me sentía orgulloso de haber llegado tan lejos pero todavía faltaban muchos días, aproximadamente treinta, sentía la confianza de haber terminado Compostela, faltaban muchos kilómetros todavía, así que decidí dejar de jugar, mas bien sólo regresé a seguir con mi partida, seguí andando y el sonido del mar me recordó con su reflejo que mi verdadera religión es la naturaleza y las letras.

Contemplé el mar descifrando porqué los ojos se me llenaban de lágrimas cuando pensaba en esta travesía, en las islas de Japón, hace casi una década reconocí a el viajero escritor, aquí tomé el bastón de mi querido héroe sin razón, en la epopeya, mi personaje al llegar al mar también llora y sus “lágrimas se convierten en semillas de trueno que realizarán todos sus deseos”. 

Seguí andando y mi tobillo se sentía peor, empecé a cojear un poco sentí me estaba volviendo más viejo, claramente los años han pasado pero nunca había tenido la fortaleza, ni condición que ahora tengo, seguí andando ahora por un canal del río con dirección al templo, se avistaba desde lejos como una nave que hubiera caído aquí hace mucho tiempo, la primera vez que vi las gigantescas pagodas pensé que tal vez en ellas habían llegado los extraterrestres, en su interior en Koya San vi un Buda gigantesco, tal vez él también vino de otro planeta.

Tomé el bastón como o una extensión de mi pierna, lo armonicé al movimiento del tobillo, aventé la maleta en la puerta del templo y ascendí por la escalera, mis piernas estaban exhaustas recordé que un japonés hippie que no me cayó nada bien, que me dijo que me fuera lento, su advertencia era de que, si me lesionaba la peregrinación terminaba.

Un viejito subió lentamente con un rosario en la mano cada uno de los peldaños que nos separaban del templo mayor, lo emparejé y en la cima nos encontramos los dos y el en japonés yo en español recitamos el corazón sutra, al final escribí “el camino está vació, no tiene fin ni principio,  no hay ninguna meta, no tengo que demostrar nada, sólo tengo que ser y dejar de ser también”.

Me senté a la puerta de la nave en la cima de la montaña, triste vi y sentí mi tobillo herido, había pensado, esperado, me había preparado tanto para esta travesía y no podría seguirla. 

Me fui al hostal no me sentía seguro de seguir, tal vez si forzaba demasiado el pie se rompería, el lugar en el que me encontraba era Hiwasa, esa noche soñé que entraba a la pagoda y esta me llevaba al espacio, me despertó el Sol Blanco en la ventana.

  

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