El elevar nuestras metas a categorías de sueños o oníricas, es lo que nos hace perseguirlas, pues así nos motivan e inspiran y de ello depende que queramos conquistarlas, no se trata de caminar en las mañanas, sino de subir montañas, de ver el amanecer activo.
Nuestro cerebro está más acostumbrado y perfeccionado para desear que para hacer, por ello el deseo suele ser mucho más grande e intenso que el alcance del objeto. Es por ello que las metas las debes de desear, personalmente las metas que más me dan ganas de lograr son aquellas en las que puedo una y otra vez pensar “solo por lograr esta meta vale la pena la vida entera” así es como he creado libros, empresas y conocido gran parte de México y Asia.
Hace muchos años empecé a ascender en la madrugada una montaña en Indonesia, decían que el amanecer desde ese lugar era como un despertar espiritual, viajé innumerables horas y después caminé otras más y no pude ver nada, pues ese día la neblina no permitió la visibilidad. Ahí me di cuenta una vez más que lo importante es el camino, la meta es una ilusión, un pretexto que nos arranca hacia el descubrimiento de nosotros mismos, y de nuestra gran meta que la felicidad. Si somos fieles a esta máxima deberíamos estar siempre satisfechos independientemente de los resultados. Lo importante es el esfuerzo, el entrenamiento, la salud, la constancia, el conocimiento, el descubrimiento, la travesía, en cuanto la crucemos la meta nos daremos cuenta de que en realidad solo era una ilusión momentánea, la gran meta es conquistar la felicidad interna y acceder a ella independientemente de lo que suceda.
Las metas son sólo pretextos para irnos descubriendo, para caminar hacia donde queremos, lo importante es la travesía, no el resultado; lo importante es retarnos a ser más de nosotros mismos, conquistar nuestros miedos, dominar nuestra voluntad, crear nuestra realidad. Lo importante es el trayecto, no el destino y la única y verdadera meta está en el bienestar y la felicidad.
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