Empiezo a entrar en actividad lentamente. Traer mi mente desde donde estaba hasta donde quiere estar tiene algo de dificultad; requiere práctica, como todo en la vida. Empiezo por una palabra, una frase, luego otra y, como las corrientes del mar, a veces logro crear una línea blanca, otras un pequeño movimiento, otras empiezo a mostrar una forma ondulada; el agua que va con el agua que viene empieza a formar una pequeña ola, y conforme avanzo más y más empiezo a crear un pequeño tubo. Si crezco un poco más formo una ola de esas que consiguen desplazarte, que te hacen saltar, incluso puedo hacer que despegues tus pies del suelo; si voy más allá te elevo hacia algún lugar cercano, y tu sonrisa evidencia que no has perdido la noción de donde empiezas y donde acabas. Pero si te llevo un poco más fuerte o más dentro corremos el riesgo de que yo te pierda y tú dejes de disfrutarlo; así pues, cuando me adentro hacia lo más complejo de ti, o de mí, empezamos a ver nuestra integridad descontrolada: las preguntas que nacen y los movimientos que se crean se vuelven algo bruscos, generan algo de miedo, se alejan del placer propio del juego y empiezan a adquirir tintes intensos, como esa conversación que no te apetece tener aunque sepas que debes. Sin embargo, no te dejas ir, lo controlas, brincas alto, o más bien te dejas ir por un momento sabiendo que pronto vas a encontrar el suelo de nuevo bajo tus pies. Al final sonríes porque pudiste controlar esta zozobra, pero estás alerta porque sabes que si aumenta la corriente tendrás que moverte. Puedes quedarte o salirte, puedes seguir jugando conmigo, contigo o con el agua, te estás dando cuenta de que la marea sube, el cielo empieza a perder brillo, las nubes que se veían lejos se ven más cerca, sigues remontando las olas, la mayoría de ellas pequeñas corrientes, y te preguntas si seguir o no en el mar, si es seguro permanecer ahí, si lloverá, si tienes lo necesario para poder enfrentar las demás olas y si en realidad quieres hacerlo.
El viento continúa aumentando, el sol ha desaparecido, y tienes ganas de seguir en el mar, de seguir jugando, pues tardaste mucho en llegar hasta aquí; pero las olas van creciendo, y cuando menos te lo esperas ves frente a ti una gran ola que requiere de ti más que un salto, requiere que la cruces, la nades o la tomes por la cresta. Te dejas ir. El miedo empieza a apodarse de ti, no sabes la velocidad de la corriente, ni hacia donde te va a llevar; la confusión te embarga: estás envuelto en un choque de corrientes que van y vienen en direcciones contrarias. No sabes qué hacer, si nadar, buscar la superficie, buscar el suelo… Eres uno con el agua y esta se mueve, y aquello que creías que buscabas pierde forma, aquello por lo que te adentraste, aquella pregunta inicial dejó de estar vigente; solo sabes que quieres salir, que quieres terminar, que lo que empezó como un juego se está poniendo peligroso. En cuestión de segundos un torrente provoca que tu cuerpo de vueltas salvajemente. Procuras que el agua no te entre a la nariz; no ves nada; la única función que tienes activada es cuidarte, tu instinto de salvación requiere toda tu concentración.
Te dejas llevar por la corriente mientras te ubicas: no sabes la distancia que hay de tu cuerpo a tierra, ni a la playa, ni en qué superficie estás; solo sabes que debes de esperar unos instantes para que pase este movimiento y pronto podrás respirar. Ni siquiera tienes tiempo de pensar que te vas a morir, porque estás concentrado en sobrevivir, en salir. Pronto el agua pasa, el mar te revuelca y hace girar tu cuerpo de arriba a abajo y de izquierda a derecha; donde tenías los pies ahora tienes cabeza, la gravedad ha dejado de reinar. Estás perdido, pero sabes dónde estás.
Así es vivir en el movimiento, así es vivir en el cambio. En el momento en que tomas estas olas te pones a prueba sin saberlo: las nuevas ideas, las nuevas tendencias te irán llevando por caminos que nunca has explorado; por momentos te sumirán en una velocidad vertiginosa y no sabrás que hacer con ella, si seguir adelante o parar. Lo importante llega cuando el agua se disipa, cuando te das cuenta de que no ha sucedido nada, únicamente la experiencia. Constatas que fueron tan solo unos segundos, que te parecieron una eternidad; pero vuelves a ver el sol y decides seguir jugando con el agua.
No te has dado cuenta, pero acabas de aprender un poco más sobre cómo sobrevivir, cómo nadar, cómo moverte en el agua, cómo hacer frente a la tempestad. Tu semblante de preocupación se transforma en una sonrisa, pues estás feliz de seguir con vida, de haber vivido esta experiencia; feliz porque valió la pena venir hasta esta playa, sumergirte en esta pregunta. Comprendes que lo más valioso está en la experiencia, en el conocimiento, en aventurarte a saber lo que no sabes, en preguntarte, en decidirte, en jugar sin importar cuán peligroso sea, porque sabes que la única forma de ir más allá es arriesgarte. Ese sentimiento de conquista, de poder, te domina por completo.
Así es estar en el cambio, en movimiento, ir por lo que quieres, adentrarte en ti mismo. Tal vez te asuste porque te falta práctica, porque la ola fue muy fuerte, pero rara vez te vas a ahogar. Tú eliges: la ola, el riesgo, el estar o no estar; y muchas veces Dios, la divinidad o los demás no van a dejar que vayas más allá; a veces te van a sobreproteger, otras te van a incitar y otras te van a salvar. Lo importante es practicar, es lo único que existe, el viento, el agua, el movimiento, las olas, tú y yo hablando en el mar, sobre el mar, sobre la mente, la vida y lo que hay más allá. Gran parte del conocimiento más profundo no se puede explicar, sino que pasa a formar parte de ti y simplemente lo recordarás, como aquella vez que estuviste en el mar y jugaste con las olas, te cuestionaste tus creencias y tu identidad y te atreviste a jugar.
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