INDEFENSIÓN APRENDIDA
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por | 28/02/2023 - 2:21 PM | Cambio de vida

Para adiestrar a un elefante lo único que necesitas es amarrarlo al suelo con un grillete cuando aún es una cría. Durante toda su infancia aprenderá que no puede escapar, pues cada vez que lo intente se enfrentará al poder de resistencia, por lo que después de mil intentos desarrollará la creencia de que es imposible y nunca más lo volverá a intentar, a pesar de que con su fuerza adulta sería capaz de arrancar el grillete sin esfuerzo. Este concepto, desarrollado por el padre de la psicología positiva, Martin Seligman, es conocido como «indefensión aprendida».

En nuestras escuelas nos enseñan algo similar: debemos comportarnos según sus normas, aunque eso suponga alienarnos. Hay una forma de vestir, una forma de comer, una forma de hablar, de trabajar… y cada vez que intentas romper el sistema o crear algo nuevo que no encaja en las reglas no encontrarás una cadena, pero sí la crítica, la burla, la amonestación, una mirada de desagrado y el desaliento y el desprecio de los demás. De esta manera nos van enseñando a castrar nuestra creatividad, nuestra originalidad; y debido a ello muchos acabamos escondiendo nuestros más profundos deseos.

Tengo ejemplos de esta indefensión aprendida a lo largo de toda mi vida. En la primaria me dijeron que debía sentarme, callarme, memorizar y estar serio, como un soldado en un regimiento. Pero yo nací para moverme, hablar, crear y reírme, como el niño que conservo dentro. No encajé en el sistema y sufrí el continuo castigo psicológico del escarnio público al subir al estrado cada mes y ser nombrado «el peor en conducta», y no sólo eso, también era «el deficiente» por mis calificaciones, pues memorizar y repetir no era mi fuerte.

Por aquel entonces yo era un niño y, como tal, no entendía lo que pasaba; solo percibía que el hecho de ser yo mismo molestaba, retaba, movía fibras sensibles; me reía demasiado, siempre hacía lo inesperado. Sin embargo, me manifesté una y otra vez con rebeldía haciendo justamente lo que no se permitía. Todos los años que estuve en primaria luché contra el sistema. Siempre recordaré el último día, en el que, siendo ya casi adolescente, me di cuenta de que iba a tener muchos problemas por ser como era, de que sería muy difícil ser quien era, y lloré.

Y así fue. Durante la adolescencia primero me deprimí, y después empecé a alejarme de las normas cada vez más. Caminaba por la ciudad hasta lugares lejanos solo por el gusto de ver cosas nuevas, y mi necesidad de moverme y experimentar me llevó a viajar haciendo autostop por todo México. Uno de mis guías de rebeldía decía que éramos «lejanistas», pues cada día nos íbamos más lejos de lo que nos decían.

Sin embargo, con el tiempo decidí intentar ser como los demás, como me habían enseñado: me puse el grillete y me até al trabajo; intenté pertenecer y ser funcional, y trabajé y gané dinero. Lo logré, pero acabé deprimido. Hasta que llegué al límite de la tristeza y tuve que matar a mi elefante y renacer.

 

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