¿De dónde sacamos la maldita idea de la perfección? Seguramente de la arrogancia obtenida al poder dominar a otras especies.
Nacemos con la imperiosa necesidad de mejorar, de intentar hacer todo más rápido, más eficaz, más estético; está instalado en nuestros genes. Competimos entre nosotros a la menor oportunidad, y esta incesante necesidad de ser más se transforma en una angustia vital que a veces no nos permite avanzar, que incluso aniquila el deseo original que buscamos perfeccionar. Ese es el pecado original: creer, incluso siquiera pensar, que podemos alcanzar la perfección. Pero esta cualidad no ha sido dada a ningún ser humano, ni siquiera a Dios, pues Él también imperfectos nos creó, tal vez para que tuviéramos una meta, para que el juego no estuviera resuelto. Por eso el mito de Adán y Eva con la manzana: todo era perfecto, pero el hombre siempre quiere más, y lo que más anhela es precisamente aquello de lo que carece o no puede conseguir; esa es su maldición y su condena. El mito de Adán y Eva es también el de la libertad: si no cuestionamos nada de nuestra existencia y la aceptamos tal cual es nuestra vida parece estar resuelta. Sin embargo, se necesita practicar el dogma diariamente para formar la creencia de que no podemos ser perfectos, que eso solo corresponde a la divinidad, y nosotros debemos conformarnos con encontrar su voluntad.
Además de anhelar siempre la perfección, se nos dio la capacidad de pensar y, con ello, la de dudar, la de plantearnos retos y contemplar infinitas posibilidades, por eso pudimos dominar a las otras bestias y a la naturaleza. Entonces, nos creímos omnipotentes.
Somos seres defectuosos buscando ser perfectos, seres limitados buscando ser omnipotentes, y todo a raíz de que diariamente la chispa del pensamiento se enciende. Si avivamos el fuego cuestionando lo que nos rodea creamos una verdadera hoguera intelectual, una luz incandescente que se hace fuerte y va arrasando todo cuanto ve, siente y entiende. Y conforme vamos avanzando en nuestro dominio, a más peligros nos enfrentamos; creo que por eso Adán y Eva tuvieron que trabajar, pues debían de enfocar su pensamiento en otra cosa, de lo contrario intentarían aniquilar a Dios, reprochándole el haberlos creado imperfectos, y al hacerlo se darían cuenta de la maravilla de seres que eran y darían gracias por ser ello.
Si la existencia es imperfecta y un juego sin solución, entonces se trata de un camino que solo caminando entenderemos, y para recorrerlo nuestras únicas brújulas son el sentimiento y la razón, que normalmente no van en la misma dirección, sino que tenemos que hacer un esfuerzo para sincronizarlas e intentar satisfacer a ambas y evitar convertir esta existencia en una agonía, principalmente si nuestra sensibilidad se ha encendido.
Si tienes cierta sensibilidad te percatarás de que eres único y quizás te sientas incomprendido. Pero luego te darás cuenta de que estamos hechos de lo mismo, de que en el fondo hemos construido lo mismo desde diferentes caminos: un laberinto para mantenernos entretenidos. Eso es lo que hacen el intelecto y el sentimiento unidos: una torre lógica teórica que palpita amorosamente coronada por un diamante que se conecta con el centro de la galaxia, cuya luz se refracta con los otros universos; de esa danza universal parece que nos venga la idea, o el sueño, de ser perfectos.
Queremos ser perfectos porque vemos que la naturaleza lo logra en su armonía, en el equilibrio de sus partes. Del mismo modo, si queremos perfeccionar nuestra existencia no hay que hacerlo en una sola área, sino buscando el equilibrio entre todas. Primero tenemos que reconocer nuestras partes, nuestro ecosistema, y después aprender cómo se relacionan entre sí, pues somos una estructura compleja; nuestro trabajo influye en nuestras relaciones, en nuestra salud y en nuestra diversión.
No debemos buscar la perfección, sino el equilibrio. Si miramos la naturaleza, en cada elemento encontramos imperfecciones; pero cuando observamos el sistema en su conjunto es cuando empieza a ocurrir la belleza, como la armonía de la música, la profundidad del verso y la oración, o el sol iniciando su aparición. De aquí nos viene la búsqueda de la perfección, porque la percibimos en la naturaleza, pero no podemos acceder a ella, es solo una aspiración, no un objetivo. Lo mismo ocurre con el equilibrio y con las grandes virtudes de este planeta, solo son direcciones para seguir, aspiraciones; no hay meta, solo existe el camino, y en disfrutarlo está el sentido. Aquí es donde la maldición se convierte en bendición, pues ¿qué otra cosa más bella podemos hacer en esta Tierra que intentar mejorar la existencia, la nuestra y la de los que nos rodean? La perfección es un destino, no la meta. Y su práctica debe recaer en la armonía de la mente, el corazón y el cuerpo, en el equilibrio entre salud, trabajo, relaciones y diversión.
No somos un solo ser, sino un colectivo formado por muchas partes, tan complejo que nos rompe la cabeza; pero podemos resolver este enigma practicando las virtudes más altas: la armonía, la belleza, la honestidad, el amor, la humildad, la concentración… Nunca podremos alcanzarlas en su totalidad, pues son solo reclamos; la verdad absoluta no existe, solo podemos descubrir certezas escondidas en retazos a lo largo de nuestra vida, en paisajes, eurekas, reflexiones, besos, en la naturaleza, en nosotros mismos, en los otros, en las flores y en todo cuanto nos rodea, pues la perfección no está en nosotros, sino en el sistema, por eso hay que intentar armonizarlo o ser parte de él.
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