El amor siempre empieza con una carga inusitada de endorfinas, una bomba de energía que nubla la vista y hace que el objeto amado brille como si fuera la solución a este misterio que es la existencia. Y en realidad lo es. Sin embargo, el amor no es una persona, sino un destino, un largo ascenso a un estado superior de nosotros mismos y un descenso ininterrumpido hacia un horizonte tortuoso y enigmático, complejo, errático, y normalmente doloroso, pues nos lleva a enfrentarnos a espejismos creados por nosotros mismos, a invenciones sobre lo que fuimos y lo que somos.
El dolor surge al darnos cuenta de que lo que vivimos no es como lo que imaginamos, y lloramos por las ilusiones rotas en las que, por conveniencia o ingenuidad, decidimos creer.
El dolor viene del rompimiento de la ilusión, del espejo roto que nos presenta fragmentos de lo que fuimos o lo que somos, del cinematógrafo mental que nos presenta proyecciones de nosotros mismos siendo quienes no somos y quienes todavía no hemos sido, y el decidir entre ambas imágenes es lo que sacude nuestros cimientos: el buscar aquello que queremos, el renunciar o cambiar nuestras metas y deseos, solos en el silencio de nuestra voz, muy adentro, donde muy pocos llegan, ahí es donde ocurre esta compleja batalla, pues las opciones se presentan de forma simultánea y, como bien se dice, «nada es verdad y nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira».
Nuestra gran tragedia es que volvemos complejo el proceso y nos impacientamos esperando el resultado. Es casi imposible saber lo que significa dedicarse años a lograr algo, o a ascender una montaña, si no empezamos a practicarlo no unos días, sino durante meses. Cuando empezamos creemos que va a ser fácil, y quizás sea bueno que tengamos esa sensación; si no, tal vez ni siquiera nos atreveríamos a intentarlo.
La primera impresión que tenemos del amor nos produce una ilusión de satisfacción total, de una novedad que deseamos que dure la eternidad. Pero tarde o temprano empieza a aparecer el verdadero camino, mucho más largo de lo que creíamos, pues esta senda no tiene final: las metas son pequeños umbrales que traspasamos, contentos, pero en cuanto las cruzamos vemos que más allá sigue la carretera, y que es bueno que así sea, que este proceso atraviese incluso existencias. El proceso es lo que cuenta: el vivir el misterio, el caminar la ruta, el hacer el esfuerzo.
No hay final, las metas son dinteles que se cruzan, espejos que se rompen, futuros que se vuelven pasado, siempre y cuando los caminemos. El trayecto del amor no solo está lleno de alegría o tristeza, nos brinda un profundo descubrimiento, el mejor sentimiento, deseo o creencia al que podemos dedicar nuestra existencia; es recogimiento, disolución de la soledad, de la individualidad, unión con la eternidad, la perfección, el más allá, el único lugar a donde vale la pena siempre mirar.
0 comentarios