No sé si vivo para viajar o viajo para vivir; si la vida es un viaje, si cuando viajo, existo, o dejo de existir al viajar. Lo único que sé es que en los viajes he logrado hacer converger y llevar a su máxima expresión las diferentes áreas de mi vida. Por ejemplo, en el «bicigrinaje» del Camino de Santiago convergieron casi todas mis áreas, pues físicamente recorrí 800 kilómetros de montaña en bicicleta, mentalmente fue un reto que requirió mucha concentración y espiritualmente sentí una conexión única con mi mujer, con el Camino, con los peregrinos y con Dios (al llegar a la Iglesia de Santiago de Compostela sentí mi alma salir de mi cuerpo y unirse con la de mi mujer más allá del tiempo y del cielo). En este viaje logré una conexión con mi pareja como en la vida la he tenido; ambos sentimos que nos habíamos estado esperando el uno al otro durante mucho tiempo; y todo esto fue durante una sola recreación.
Para mí la mejor manera de invertir mi dinero es esta: los viajes; en ellos cobran sentido todos los esfuerzos laborales.
Gracias a momentos como los que vivo viajando sé que el día que muera lo haré tranquilo, con la certeza de que todo lo que he vivido ha merecido la pena. Este sentimiento épico de realización no solo lo he vivido en Santiago de Compostela, sino en decenas de travesías que he realizado a lo largo de México y por todo el planeta. Siento que cuando viajamos nuestra mente entra en otro nivel de conciencia mucho más pleno, pues vivimos el momento y ponemos atención a cuanto nos rodea; fotografiamos todo lo que vemos porque nos damos cuenta de la belleza que nos rodea, así como de lo fugaz y pasajera que es la realidad y nuestra particular existencia.
En los viajes se pueden combinar todas las áreas de recreación, pues es común que mientras viajamos asistamos a muchos eventos. El viaje es en sí mismo un evento en el que nos damos tiempo para jugar con los demás, con el agua, con la naturaleza, con las calles de una ciudad, con la realidad. Con nuestras cámaras de fotos nos volvemos artistas, y también muchas veces visitamos museos y exposiciones o disfrutamos de la arquitectura que nos rodea, así como de la belleza intrínseca de la naturaleza, de las ciudades y de la gente que habita en ellas. Además, es un tiempo que nos invita a reflexionar sobre nuestra vida, sobre quiénes hemos sido y sobre quiénes queremos ser, pues nos sentimos renovados, con ganas de empezar, cambiar y crecer.
Podría hablarte cientos de páginas sobre cada uno de estos viajes, y lo haré en otros libros que estoy escribiendo. Podrás acceder a todo lo que he escrito sobre viajes en www.edgardomontero.com pero ahora, como este libro trata de ti más que de mí, quiero compartirte de forma resumida mi guía para crear el viaje perfecto.
Lo primero que hay que hacer es pensar que todo es posible. Cualquier parte del mundo está a unos cuantos aviones de distancia, desde Machu Pichu, las pirámides de Egipto, los fiordos de Nueva Zelanda o los Alpes suizos hasta las ciudades más cosmopolitas del planeta, como Nueva York, París, Ámsterdam, Tokio, Berlín, o los templos más bellos, como el Vaticano, Santa Sofia, Angkor Wat, Teotihuacán, Chichén Itzá o las mejores fiestas electrónicas del mundo. Y seguramente en tu país también haya muchas maravillas por conocer. Creo que una de las mayores bendiciones de nacer en México es esta, que es una tierra que nunca acabaré de conocer, y eso que he viajado años y años por ella. Cuando intento recordar el origen de un viaje este siempre es el mismo: primero se me ocurre la idea y luego me pongo a soñar y a imaginar; como dijera San Juan de la Cruz, «volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance». Así he conseguido llegar hasta estos lugares.
El primer paso, y el más importante a la hora de planear un viaje, es soñar a lo grande y crear una lista de los lugares a los que queremos ir. En mi caso mi deseo ha sido tan intenso que casi siempre he logrado ir a donde deseaba.
Lo primero que hay que hacer, pues, es pensar a dónde quiero ir, qué quiero ver, qué quiero vivir o qué sueño quiero realizar. Lo más importante en la vida son nuestros sueños; si no crees que viniste a este mundo a hacer tus sueños realidad, quizás deberías contemplar esta posibilidad.
Pregúntate cuáles son los diez lugares a los que te gustaría ir antes de morir, qué recorridos te gustaría hacer y qué te gustaría ver, e intenta realizar esos viajes al año que viene, en los próximos tres o, al menos, durante los próximos cinco años. Si algo te impide realizarlo, como por ejemplo el dinero, en la etapa de investigación ya buscarás cómo conseguirlo —o cómo hacer el viaje más barato—; si no fuera posible intenta encontrar algo similar en tu barrio, tu ciudad, tu país o tu región. Como alternativa, puedes hacer una lista de las diez cosas que te gustaría hacer que sí están a tu alcance. Recuerda: el viaje comienza cuando lo planeas, y nunca muere, sino que renace cada vez que lo cuentas o lo recuerdas.
Los resultados de los viajes, las experiencias que hemos vivido y lo que hemos aprendido forman parte de nosotros para siempre (todo lo contrario a cuando compramos algo). La vida es un viaje, y para entender la experiencia que vivimos en esta tierra no hay mejor forma que hacer viajes que nos permitan reciclarnos, entendernos y darnos cuenta de lo importante: las experiencias, las parejas, los amigos, la familia, el esfuerzo, las metas, la belleza.
Y, al igual que hacemos con todo en la vida, adapta el viaje a tus circunstancias; siempre puedes realizar tu sueño, o acercarte lo máximo posible a él. Si en este momento no tienes dinero para viajar por el mundo, viaja por tu país; si no puedes por las ciudades aledañas, camina por una zona que no hayas visitado; y siempre puedes acudir a la naturaleza, cuya vida en constante renovación ofrece lugares y momentos de infinita belleza.
Puede suceder que, mientras viajemos, nos damos cuenta de que el destino que elegimos no era el mejor para nosotros, o que la organización del viaje no haya sido la adecuada. Lo importante cuando esto sucede es intentar optimizarlo en la medida de lo posible, tanto en lo que respecta a nuestro itinerario como a nuestro ánimo; y conforme vayamos haciendo más viajes, iremos tomando mejores decisiones en todos los sentidos. Lo importante es el camino, no el destino.
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