¿Vivimos para trabajar o trabajamos para vivir? Durante mucho tiempo no supe responder a esta pregunta. Mi mente me decía que trabajaba para vivir, pero cuando llegaba el momento de disfrutar no sabía qué hacer con mi tiempo libre, pues debido al trabajo había perdido amigos, y aunque tenía pareja no podía estar con ella (y más adelante dejé de tenerla). No hacía ejercicio, y como ya había dejado los vicios lo único que se me ocurría era ponerme a trabajar más. Fue entonces cuando empecé a entender que el trabajo era una adicción. La sensación era similar a la del alcohol y las drogas; me sentía impotente, no sabía qué hacer. Al parecer lo tenía todo, tanto dinero como libertad, pero no sabía qué hacer con ello, solo trabajar. El trabajo en sí mismo se convirtió en el sentido de mi vida. Y el no descansar se convirtió en otro gran problema, pues cuando llegaba el lunes no había descansado absolutamente nada, para mí era como una continuación del viernes, del mes anterior, del año anterior. Una prisión, y una presión, que nunca paraba.
Reconocer la adicción al trabajo es difícil, pues todo tu entorno te alienta a seguir trabajando, y parece que nunca es suficiente. Lo entendí cuando trabajaba para sobrevivir, y afortunadamente hace mucho tiempo que dejó de ser así.
Mi tratamiento para curar la adición al trabajo consistió en todo esto que estás escuchando o leyendo. Primero empecé a hacer ejercicio para poder dormir, después contacté con viejos amigos y me propuse hacer otros nuevos. Mis primeros eventos sociales fueron los entrenamientos. Día a día esperaba el momento para ir a nadar, montar en bicicleta, correr y convivir con mis nuevos amigos. También en el trabajo empecé a cambiar mi trato y a disfrutar la compañía de mi equipo, a verlos con una mirada más humana y a reconocer en ellos a mis compañeros y amigos. Luego empecé a ir a los triatlones, que combinaban lo que más me gustaba: viaje, ejercicio, algo de épica, un sentimiento de logro y una fiesta final. Conforme iba mejorando mi condición física también iba mejorando todas las áreas de mi vida, pues el cuidar mi salud se convirtió en todo un sistema de recreación. Después de esos fines de semana de triatlón regresaba renovado, pues por una parte vivía al máximo el momento (estaba en el presente durante la mayor parte de la carrera), ponía a prueba mi cuerpo, conocía a nuevas personas, e incluso volví a escribir crónicas y poesías; cada uno de esos eventos era una especie de renacimiento. La máxima de «el que sea va, nunca es el mismo que regresa» se cumplía por entero, aunque fuera un fin de semana. Empecé a salir cada mes y a conocer más y más gente, y volví a viajar solo.
El punto de inflexión en mi renovación fue cuando vi una publicación de una aerolínea que viajaba a Japón, y por pura inspiración decidí comprar un billete de avión para irme del 20 de diciembre al 20 de enero. Allí, caminando al otro lado del mundo, me reencontré conmigo mismo. Nunca olvidaré el sentimiento de ir caminando por las calles de Tokio sin entender nada, sin saber si me dirigía hacia el hotel, sin saber cómo había llegado hasta allí, sin conocer a nadie, confiando solo en mi conexión a Internet. Unas horas más tarde estaba en un salón de arcade, reviviendo momentos de la infancia, y días después caminaba por la preciosa ruta del Kumano Kodo en un bosque japonés, pernoctando en casas rurales y probando la carne Kobe en Kioto junto al río, como en las películas. Días después continué pedaleando durante todo un día a través de cinco islas por el Shimanami Kaido. En la «isla del arte» de Naoshima lloré más de una vez de emoción y felicidad al ver surrealistas expresiones de casas japonesas hechas obras de arte: una habitación del tiempo con cientos de luces led bajo el agua que iban cambiando; otra con una escultura que simulaba la Estatua de la libertad entre un piso y otro… y la magnífica arquitectura de Tadao Ando: su museo, su hotel y el baño japonés diseñado por él, con un mamut disecado en el centro; y, al final del día, dormir en una cabaña tradicional a la luz de la luna.
Sentí que me había curado; había renacido. Gracias a reconstruir todas las áreas de mi vida tenía salud, trabajo y amor, y ese viaje era la culminación de mi recreación.
Durante el mes que viví en Japón experimenté la combinación de contemplar arte y crearlo con mi pluma; capturar momentos con mi cámara, ir a eventos inesperados, como teatros de realidad virtual, parques temáticos, baños tradicionales o arcades mezclados con juegos mecánicos; encontrarme conmigo mismo perdido en el bosque; pedalear a lo largo de kilométricos puentes sobre el mar parando en cafés en distintas islas; pasar la última noche del año en Kioto; dormir en un hotel cápsula; y atravesar los mil dinteles de las torii sagradas japonesas. Cuando pienso en todo ello, todavía me conmueve hasta las lágrimas.
Regresé tan recreado y recargado que seis meses después estaba creando una nueva empresa y proponiéndole matrimonio a mi actual esposa.
Siempre he sabido que los viajes son una gran fuente de vida, recreación y sabiduría, pero analizándolos más a fondo he descubierto que en ellos combino muchas de las actividades denominadas «autotélicas», es decir, que se hacen solo por el gusto de hacerlas y que no tienen otra finalidad que el simple disfrute. Son como las experiencias amorosas, en las que se recibe y se da al unísono, creándose algo nuevo: la propia relación.
Muchos de los teóricos del tiempo libre y la recreación reconocen como principales fuentes de diversión los eventos, el arte, las amistades, el juego y, lo que te voy a recomendar hasta el cansancio, los viajes, pues en ellos puedes combinar todo lo anterior. Si te vas con tus amigos o familia tienes amor; en sí mismo el viaje es un evento, y cada día es una experiencia nueva; además de que puedes disfrutar de la naturaleza y de la arquitectura de las ciudades. Tal vez escribas, saques fotos o vídeos con tu cámara, es decir, te conviertas en artista. Cuando estamos de viaje hay muchos momentos en que la realidad se vuelve como un juego en el que tu única tarea es conocer lo nuevo. Para mí un viaje bien diseñado es una mezcla de felicidad y recreación llevada al máximo. Pero como no puedo estar todo el tiempo viajando, en mi búsqueda de felicidad he ido más allá y también he buscado y descubierto momentos de recreación y felicidad en cada una de las áreas «STAR» de mi vida: en la salud física con los retos deportivos; en la mental con los cursos; en la emocional con los libros, la música y el arte; y en la espiritual con los retiros. Si bien todas estas actividades tienen una finalidad más allá del simple placer de vivirlas, también me producen felicidad.
En el trabajo también experimento renovación y diversión cuando estoy en flow, desaparece todo a mi alrededor y solo están las letras y las ideas chocando y plasmándose en la pantalla y en mi cabeza. También lo experimento con mis compañeros de equipo cuando estoy creando una idea o simplemente pasando un rato distendido para descansar, bajar la tensión o conocernos un poco más; y cuando estoy con un cliente creando una estructura de renovación de su empresa, o creando un ecosistema digital, un curso, un libro o un negocio.
El placer intelectual de la creación también es, en sí mismo, una forma de recreación y renovación. Después de crear algo me siento renovado, lo que me ha llevado a buscar a lo largo del día momentos de trabajo creativo para sentirme realizado, contento de haber creado algo único, de conducirme hasta mi máximo potencial en lo intelectual, mental, emocional e incluso espiritual. Algo que me encanta de crear negocios y ecosistemas digitales es que estos se vuelven seres vivos semiautónomos. Los trabajos emocionales también me provocan una sensación de grandeza.
Dentro de mi área de amor también busco, agendo y encuentro diversión, júbilo y recreación al compartir con mis amigos, mi pareja o mi familia un café, un desayuno, una caminata, una comida o, lo mejor de todo, un viaje.
Todas estas actividades, aunque no son puramente autotélicas, me permiten recrearme y me causan júbilo y felicidad, por lo que me esfuerzo por agendarlas. El tiempo que dedicamos a la diversión tiene que formar parte de la agenda con la misma importancia que nuestro trabajo, nuestra salud y el amor. Al buscarla cada día se logra esa actitud de disfrute y de alegría; por cada uno de estos momentos de recreación en la salud, en el trabajo, en la amistad o en el amor, a veces ya vale la pena el día completo. Cuando logro tener días en los que todo parece diversión, la vida adquiere otra dimensión. Y me he dado cuenta de que cuantas más áreas se juntan la alegría aumenta. Por ejemplo, cuando estoy en una carrera estoy cumpliendo una meta deportiva, en la que no solo estoy mejorando mi salud física, sino también la mental y la emocional, e incluso puedo decir que me conecto con lo espiritual; y si la hago con amigos —o con los desconocidos que vuelvo conocidos en el camino— la travesía es todavía mejor. Etas pruebas son un trabajo intenso que realizo con todo mi cuerpo; al acabarlas obtengo la misma realización que cuando hago un buen trabajo. Esta combinación de experiencias «STAR» hacen que la existencia merezca la pena. Otra actividad en la que todo se mezcla en un flow de felicidad es en los viajes: todo empieza con el movimiento físico de caminar, montar en bicicleta o conducir, y la mente y la emoción se concentran en lo nuevo produciendo momentos casi espirituales. Viajar cuesta dinero, pero para mí es la mejor inversión, pues gracias a ella me recreo y tengo energía para hacer todo lo demás. La mayoría de estos viajes los hago con mi mujer, con lo cual el amor de la relación crece y se recrea. Es una renovación completa; y en los últimos tiempos para perfeccionar todavía más la experiencia me he dedicado a escribir crónicas de mis viajes, como La vuelta a México a través de la pandemia, además de los poemas que escribo desde hace mucho tiempo, como los de los eventos deportivos del poemario Atlética, o mi querida Isla Mental escrita en Maruata Michoacan, así como la serie de la vuelta al mundo que llevo escribiendo toda mi vida.
No sé si vivo para viajar, viajo para vivir o trabajo para viajar. Lo que sí sé es que el sentido de la existencia incluye el disfrute, el aprendizaje, la creación, la recreación y la celebración de la vida. El hacerlo no es solo importante, sino indispensable para mejorar tu salud, trabajo y amor. La recreación es la cúspide de tu «bienSTAR». De hecho, si miras a tu alrededor te darás cuenta de que lo único que hace la naturaleza es recrearse.
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