Normalmente, la relaciones con nuestros padres y hermanos son complejas pues, al igual que a nosotros, a ellos les enseñaron poco de la vida. Antes ni siquiera se hablaba de las necesidades de los hijos; no había ninguna escuela para padres ni había información más que en algún que otro libro de autodesarrollo o psicología. Normalmente los padres repetían lo que les enseñaron a ellos, pero dándole un pequeño giro con lo que aprendieron de su propia experiencia de la vida; y nosotros, los hijos, vamos aprendiendo de ellos, de nuestros tíos y abuelos, de los amigos de la familia, y así empieza a abrirse nuestro círculo social, que posteriormente se extiende con los vecinos y los compañeros de escuela, cuando el mundo empieza a dejar de estar gobernado por los padres. Cada decisión que ellos toman nos afecta como hijos, y nosotros paralelamente vamos también creando nuestra historia. Nuestra infancia está marcada por sus decisiones, conocimientos, instrucciones, traumas y ejemplos. Y no existe la educación perfecta. Conforme vamos madurando nos vamos independizando, tomando nuestras propias decisiones y desarrollando nuestras propias creencias, a veces de forma afín a los padres, otras, como en mi caso, llevándoles la contraria. La rebeldía está en mi esencia y el tomar mis decisiones siempre me creó problemas con la autoridad, y una de las más altas son nuestros padres. Esta relación es la más intensa, la más compleja, la que más nos marca y la más duradera; y tarde o temprano, en la mayoría de los casos, tiene una ruptura, que para algunos viene con la independencia económica y para otros cuando se van de casa, para otros nunca, sea como sea, a lo largo de toda nuestra vida vamos confirmando, rechazando o cambiando las ideas de los padres. Cortar el cordón umbilical y distanciarse es una de las labores emocionales más complejas. Su forma de educarnos, sus creencias y el ejemplo que nos han dado han impregnado nuestra vida. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con sus ideas y creencias, pero ya no son suyas, las hemos hecho nuestras y somos nosotros quienes debemos de cambiarlas si así lo deseamos, aceptarlas o trabajarlas. No sirve de nada culpar a los padres, aunque en algún momento todos lo hemos hecho, es parte del crecimiento; pero ellos lo hicieron lo mejor que supieron con los recursos que tenían y el bagaje que heredaron, y en nosotros está independizarnos de ellos.
A mi modo de ver, la separación física, mental y emocional de los padres es indispensable; de no hacerlo corremos el riesgo de llegar a la madurez y darnos cuenta de que nos perdimos muchas oportunidades por complacer a nuestros padres, quienes seguramente intenten motivarnos para que hagamos lo que ellos se quedaron con ganas de hacer, así como lo que han hecho en la vida.
Para separar mis ideas de las de mis padres, a la hora de tomar una decisión me sirve mucho preguntarme qué es lo que ellos querrían y qué es lo que yo quiero. De esta manera traigo al consciente lo que ellos me inculcaron, y muchas veces acabo eligiéndolo porque creo en ello; pero muchas otras elijo lo contrario por los resultados que vi en su vida o por lo que he aprendido por mí mismo; y otras muchas decido algo completamente diferente, que es lo que más me gusta.
Este proceso de separación, que al parecer nunca termina, nos trae una infinidad de encuentros y desencuentros con nuestros progenitores. Frente a ellos siempre hay que recordar que sus consejos, malos o buenos, normalmente están motivados por el amor y condicionados por su experiencia y conocimientos, al igual que los nuestros.
Conforme vamos creciendo nuestra postura va cambiando, y ahora somos nosotros los que debemos entenderlos, y lo mejor que podemos hacer es compartir con ellos nuestro tiempo. En la infancia se trataba de recibir y ahora, en la edad madura, principalmente de dar. Es importante, como en toda relación, preguntarles o descubrir lo que necesitan, y dárselo en la medida de lo posible, pues no sabemos cuánto tiempo más estarán. Recuerdo la primera vez que sentí que mi madre se iba a morir: estábamos en una gran fuente en Barcelona; ella estaba frente a mí mirando el espectáculo de las aguas danzarinas con la música (creo que de Queen) mientras brincaba, feliz; de repente me vino la idea de que tarde o temprano no volvería a verla. Mi pecho se llenó de dolor y mis ojos de lágrimas; y sentí un sentimiento de amor y agradecimiento ilimitado. Desde ese momento intento satisfacer sus necesidades todo lo que puedo, y cada vez que la veo intento disfrutar el momento, pues no sé cuántas veces más podré hacerlo. Esto no solo deberíamos aplicarlo con nuestros padres; un budista me dijo que así deberíamos de ver y hacer todo en la vida, pues nada nos garantiza que podremos hacerlo después, o que volveremos a ver a la persona de la que acabamos de despedirnos.
Dado que recibir es mucho más fácil que dar, el ejercicio para definir nuestra relación con nuestros padres va en dos sentidos: el primero para buscar nuestra independencia y el segundo para darles a ellos un poco por lo mucho que nos dieron.
El primero lo puedes hacer cada vez que tomes una decisión importante; es el ejercicio que te conté anteriormente, que consiste en averiguar si estoy decidiendo por mí o estoy influenciado por lo que mis padres me enseñaron o quisieron. Si llegamos a la conclusión de que no estamos decidiendo por nosotros mismos creo que debemos volver a reflexionar sobre ello. Esto lo he aplicado para tomar grandes decisiones, tanto en relación con mi pareja como con mi negocio y mis inversiones, entre otras, y para librarme de mis prejuicios.
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