Creo que las relaciones de pareja son las más profundas y complejas, pues en ellas se basa incluso la supervivencia de la especie humana. Es un tema delicado y, como tal, solo te puedo hablar desde mi experiencia. Al igual que en todo este programa, lo que pretendo es solo darte un sistema y consejos para encontrar lo que andas buscando. Respecto a las relaciones, puedo decirte que gracias a dejar ir algunas he logrado ser un poco más afortunado. El padrino Ernesto decía que «lo primero nunca sale bien» y, a veces, agregaba y «lo segundo tampoco»; así ha sido mi historia con el amor.
El primer tipo de amor que experimenté fue el que yo llamo «amor romántico», que consiste en desear a alguien como si estuviera dotado de atributos celestiales. Escribí cientos, quizás miles de hojas inspirado en mujeres que vi y que, más que conocer, imaginé, convirtiéndolas en mis musas, diosas de mi creación, haciéndolas portadoras de la solución a todos mis problemas. A algunas las convertí en obras de arte, y admiré cada detalle de su belleza; a otras en princesas de cuento, con las cuales viviría feliz para siempre. Todas estas ideas, nacidas principalmente de la literatura y del cine, me hicieron sentir y sufrir mucho, así como sustentar mi vida de excesos, pues ante las decepciones del amor me refugiaba en el alcohol y seguía alimentando mi adicción. A veces pienso que era parte del sistema, pues siempre acababa defraudado. El patrón era el siguiente: elegía a una mujer que me atraía y, a través de mis proyecciones neuróticas, la idealizaba hasta convertirla en una especie de diosa; cuando estaba con ella conocía a la persona real y me decepcionaba, y al poco tiempo ya me había fijado en otra buscando la fantasía. Las mujeres se sentían alagadas por lo que les escribía, pero veían en mí a un loco; o a un drogadicto; otras veces a un alcohólico; otras a un poeta; y otras a la personificación del sueño que ellas mismas traían en la cabeza. Algunas me escuchaban, pero la gran mayoría se alejaban un poco, aunque manteniéndome cerca para seguir recibiendo mis alabanzas. Así, yo me dedicaba a ensalzarlas y ellas a despreciarme, con lo cual yo tenía un pretexto perfecto para continuar deprimido, alcoholizado o con mi adicción a las drogas, porque no era correspondido en el amor, como la gran mayoría de canciones que escuchamos.
Tardé muchos, muchos años en dejar de buscar esa ilusión a la que hoy llamo «amor romántico», que se basa principalmente en proyectar en alguien nuestros ideales y sufrir irremediablemente por ello. Cuando dejé el alcohol y las sustancias estas relaciones, que también son como una droga, desaparecieron.
En esa época también tuve otras relaciones con mujeres que buscaban divertirse, experimentar cosas nuevas, o que también acababan sufriendo al proyectar en mí sus propias carencias emocionales, pues estar cerca de un hombre que dedica la mayor parte de su tiempo a destruirse es síntoma de otro síndrome, llamado codependencia. En los grupos de autoayuda entendí cómo funciona el sistema. La psicología clínica considera que las personas que sufren de trastornos obsesivo-compulsivos o TOC (adictos, alcohólicos, jugadores, comedores compulsivos, anoréxicos, etc.) se rodean de personas «salvadoras» que en el fondo desean hacer lo que hace el otro, pero que no se atreven a hacerlo o que, en lugar de hacerse cargo de sus problemas, viven preocupadas por el otro, cuidándolo e intentando salvarlo de sus problemas. Los codependientes o «codes» son víctimas de sus parejas, pero adoran sentirse realizados al sacarlos de los problemas; y los alcohólicos, anoréxicos, bulímicos y drogadictos siempre tienen problemas de los cuales necesitan ser salvados. La adicción de los codependientes es la otra persona, al final es como otra faceta del mismo tipo de trastorno obsesivo-compulsivo. Las personas codependientes experimentan algo similar al drogadicto: dolor, soledad y desesperación, aunque en vez de hacerse daño con sustancias, alcohol o comida, se hacen daño con relaciones destructivas, a las que suelen pasar de una a otra, a veces de mal en peor. Su vida es igual de triste que la de sus parejas, a pesar de que muchas de ellas son exitosas (tienen que serlo para obtener los recursos necesarios para sacar a la otra persona de sus problemas). Este síndrome, al igual que todas las adicciones, requiere un tratamiento integral, preferentemente conducido por uno o varios terapeutas y un grupo de autoayuda. Es difícil que estas personas asuman que tienen un problema, pues desde su punto de vista el que está mal siempre es el otro; al igual que como para cualquier adicto: el problema siempre son los otros o el sistema; hasta que no se hacen cargo de sus emociones y de su vida esta adicción a las relaciones destructivas va tragándose los mejores años, deseos y recursos de su vida.
Al entrar en rehabilitación conocí a muchas mujeres adictas y codependientes. Mi padrino nos advirtió a todos que no nos vinculáramos emocionalmente con ninguna de ellas. Era difícil, pues día a día escuchábamos sus problemas y el codependiente que hay en nosotros quería ayudarlas; y por otro lado también soñábamos con irnos con ellas para volver a beber o consumir drogas. Finalmente me di cuenta de que lo que decía el padrino era verdad: casi todas las relaciones que se daban entre los miembros de los grupos de autoayuda terminaban en tragedia, hijos no queridos, abortos, recaídas e incluso en suicidios. Además, los que empiezan una relación «amorosa» en un grupo terminan por abandonarlo, con lo que su recuperación se vuelve más complicada, si es que llega a completarse.
Tiempo después de estar en rehabilitación empecé a conocer a otras mujeres, fuera del grupo, que no conocían mi pasado. Me costó trabajo acercarme a ellas, pero después de algunos meses empecé a tener amigas y a conocer gente con otro tipo de vida. Ahora sí escuchaba a las personas en profundidad, pues estaba sobrio, aunque no sé si las entendía; pero lo que sí es cierto es que por primera vez empezaba a conocer realmente a las mujeres, no a las fantasías que yo imaginaba. Conocí a mujeres admirables, inteligentes, con gran corazón, trabajadoras y buenas personas. Me hice amigo de una de ellas y un día le escribí una carta; resultó que también escribía y me contestó con otra epístola bellísima, y así empezamos una relación mitad fantasía, mitad realidad —la fantasía estaba en las letras; en cuanto a la realidad, yo pude abrirme y contarle mis problemas, y ella a mí también los suyos—. Yo admiraba algo de ella y ella de mí. Empecé a darle cabida a la idea de que podía tener una relación con una mujer cuyo principal atributo era que me sentía bien a su lado, pues nos escuchábamos y nos caíamos muy bien; creo que fue la primera relación que partió de una amistad. Así, empezó mi primera relación sobrio. A diferencia de mis relaciones anteriores, al estar lúcido escuché y conocí mucho mejor a mi pareja. Siempre le estaré agradecido por compartir conmigo tantas cosas por primera vez, a ella y a mis amigas de entonces. Fue la primera vez que conocí realmente a una persona antes de que fuera mi novia. La relación duró muchos años, y al final terminó siendo lo que empezó: una amistad. Después de mucho tiempo conviviendo e intimando, al final me di cuenta de que vivía con una amiga, que con el tiempo pasó a ser una compañera de piso: ella vivía su vida y yo la mía, y nos hacíamos compañía; hasta que decidimos terminar.
Después de esta larga relación me di un tiempo para conocer mujeres: no quería tener compromisos, solo compañía, amistad y algo más. Hasta que un día mi terapeuta me puso una tarea: describir a mi mujer ideal. Y como a mí me encanta escribir, hice una carta sumamente larga y detallada. Conforme iba escribiendo iba imaginando sus aficiones y los lugares donde podría conocer mujeres como ella. Quería que fuera emprendedora y atleta. Ahí estaba la clave de dónde podía encontrarla: en grupos de empresarios y en equipos de triatlón. Utilicé las mismas técnicas que utilizaba para hacer amigos y me apunté a muchos cursos, escuelas, equipos y grupos, en los que conocí a muchas mujeres. Muchas de ellas tenían los atributos que yo buscaba en una pareja. Salí con bastantes, pero con ninguna se formalizó nada.
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