Cómo crear o cambiar tu empresa
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por | 29/09/2022 - 9:42 PM | Empresa, Trabajo y empresa

El trabajo es parte de la vida, no la vida misma; el éxito en el trabajo no significa éxito en la vida. El dinero no garantiza la felicidad. Lo que buscamos en el trabajo va mucho más allá de un número en nuestra cuenta bancaria, y además va cambiando conforme vamos avanzando en nuestro camino vital. Existe una epidemia de infelicidad provocada principalmente por las altas expectativas e interpretaciones erróneas sobre el dinero y el éxito inducidas por los medios de comunicación, que mediante la publicidad se dedican básicamente a insertar ideas en tu cabeza, como desear éxito, belleza, mujeres bonitas, hombres guapos, automóviles, ropa y todo tipo de accesorios. Al mismo tiempo, nos muestran a los famosos como si fueran dioses o un ejemplo de éxito porque tienen belleza y dinero. Estas ideas se plasman en la gran mayoría de películas y series, incluso en la música, y de esta manera tendemos a pensar que la felicidad está tanto en el éxito monetario como en el laboral. Y así es como vivimos, extraviados buscando algo que no necesariamente está en el trabajo, o al menos no únicamente está ahí. La verdadera felicidad está relacionada con el amor, y en el trabajo no siempre vamos a encontrarlo. Si basamos nuestra felicidad en el éxito laboral corremos el riesgo de que, si no lo alcanzamos, acabemos pasando la vida tristes por no haberlo logrado. Si basamos nuestras relaciones familiares en el éxito monetario corremos el riesgo de transformar el amor en dinero, cosas materiales y regalos, y de acostumbrarnos a ser queridos solo cuando damos, con lo cual perpetuamos el círculo de infelicidad. El trabajo, como cualquier virtud, puede tornarse en defecto si se realiza en exceso, haciéndonos perder de vista todo cuanto tenemos y sacrificando nuestra salud, relaciones y diversión por conseguir el éxito, pudiendo quedarnos solos, desesperados, tristes y con la idea obsesiva de que solo trabajando encontraremos aquello que andamos buscando. En este estado de adicción al trabajo podemos pasar meses, años o incluso décadas. Solo nosotros podemos saber cuál es la medida exacta. Hace muchos años le dije a mi maestro zen que ya no podría ir a las sesiones porqué tenía mucho trabajo. Abrió los ojos y, con una mirada compasiva, me dijo: «¿Y quién dice cuánto trabajo es suficiente?». Le dije «No sé: mis jefes, los clientes, la necesidad, la ambición, la soledad, las deudas, la obsesión…». Abrió los ojos grandes y me dijo «Noooooooooo. ¡TÚ! TÚ ERES EL ÚNICO QUE DICE CUÁNTO ES SUFICIENTE».

Años después, para poder salir de un periodo de insomnio de muchos años empecé a ir a una terapeuta y gracias a sus preguntas me fui dando cuenta de que había perdido mi pareja, mis amigos, mi salud, incluso mi diversión por culpa del trabajo. Tenía éxito, pero los fines de semana estaba solo, acompañado de mi cuaderno, y había dejado de hacer introspección, en su lugar creaba más y más estrategias de trabajo: planes, ideas, presupuestos… Alguien me dijo que me había quedado seco. Y justo así lo sentía. Para salir de este estado traumático tuve que rehacer mi vida área por área como lo había hecho diez años antes cuando dejé de drogarme.

Todo empezó con una terapia rápida en la que Yolanda Tortolero me hizo imaginar un mar: las olas venían, me mojaban y se llevaban mis preocupaciones. Tres meses después cruzaba la costa de Acapulco como nadador de aguas abiertas, haciendo mi primera prueba de alta resistencia. En ese tiempo conocí a entrenadores y practiqué muchos deportes, incluso conocí a una nutricionista que me hizo cambiar mis creencias. Mentalmente regresé a la meditación, a la atención plena, y eso me volvió a conectar con Dios, con lo que mi emoción empezó a mejorar. También me puse a estudiar y fue cuando encontré nombre a mi malestar, pues conocí al Dr. Alejandro Armenta, del IPADE, quien me explicó que la depresión y falta de senido que experimentaba se llamaba «acidia». Empecé a frecuentar a mis amistades. Volví a hacer viajes largos a diferentes países de Asia, a caminar en bosques, desiertos, calles, puentes, ríos y mares de otros países. Mi mente libre empezó a hacer nuevas conexiones y mi actitud a atraer gente nueva, con lo que el negocio siguió creciendo. El cambio fue tan grande que incluso conocí a la primera mujer con la que tuve ganas de pasar la vida entera, y día a día voy componiéndola.

El cambio, la mejora continua, la transformación y la disrupción

Lo único permanente en este mundo en que vivimos es el cambio. Durante los últimos años las nuevas tecnologías han provocado un avance acelerado que ha modificado casi todos los aspectos de nuestra vida, especialmente nuestro trabajo. Y parece que esta tendencia no va a detenerse: apenas cincuenta años después del nacimiento de Internet, la gran mayoría del planeta vivimos con una computadora móvil en nuestro bolsillo a través de la cual nos relacionamos, trabajamos, estudiamos, nos informamos, nos recreamos y compartimos nuestras ideas, nuestros sentimientos e incluso nuestra ubicación y nuestro ritmo cardiaco. Desde este punto de vista podemos decir que ya estamos semirobotizados, pues tenemos un aparato casi pegado a la piel sin el cual no sabemos qué hacer. Y no solo los humanos estamos conectados, sino que cada día son más los vehículos, los electrodomésticos, las luces, las puertas, los semáforos, las casas y los sistemas monetarios que están conectados. Vivimos en una época de cambios acelerados; estos son tantos y tan significativos que han llamado a esta época «la cuarta revolución industrial», y todavía no sabemos lo que nos espera.

Aprender a usar las máquinas, los robots y la inteligencia artificial es cada día más indispensable para poder seguir vigente en el entorno laboral. En el momento en que rechazamos el uso de cierta tecnología para el desempeño de nuestro trabajo nos estamos quedando atrás. Como transformador digital, cada vez que veo un software nuevo y decido no intentar entenderlo sé que me estoy quedando atrás, es como decirle al mundo «no voy a avanzar». Esto se puede complicar cuando este desconocimiento hace que perdamos las mejores oportunidades laborales, pues cada vez hay más robots y algoritmos de inteligencia artificial que nos pueden remplazar. Charles Darwin descubrió que el hombre ha logrado convertirse en la especie dominante por su capacidad de adaptación. En el momento en que decidimos no adaptarnos a una nueva realidad, como las que nos ofrece día a día la tecnología, estamos dejando de evolucionar, en otras palabras, estamos limitando nuestras posibilidades y, en ocasiones, incluso poniendo fecha de caducidad a nuestras capacidades laborales o empresariales.

En la última década he hablado con cientos de empresarios y la gran mayoría rechazó adaptarse al cambio tecnológico. Cuando vino la pandemia los que habían hecho el salto a lo digital siguieron desarrollándose, mientras que los que no lo habían hecho se perdieron grandes oportunidades.

El cambio a lo digital no es una decisión que estemos en condiciones de rechazar si queremos seguir creciendo en el mundo laboral o empresarial. Durante la última década me he dedicado a ayudar a las empresas a entender y adoptar la revolución digital; sin embargo, me he dado cuenta de que lo que necesitamos dominar no solo son las nuevas tecnologías, sino nuestras habilidades de cambio, mejora continua, transformación y disrupción, y no solo en lo empresarial, sino en todos los ámbitos de nuestra vida, pues estos están cambiando también a un ritmo acelerado. En cuanto a la salud, la tecnología aplicada a la medicina va prolongando año tras año la esperanza de vida. Nuestras emociones y nuestro poder de atención están dominado por las pantallas, las aplicaciones y los medios sociales hasta el punto de que muchas veces no sabemos quién manda a quién, si nosotros a la computadora o al revés (¿decidimos realmente por nosotros mismos o estamos completamente subyugados por los estímulos provenientes del mundo digital?). Nuestras relaciones también han cambiado y siguen cambiando día a día influenciadas por las nuevas tecnologías; la gran mayoría de nuestras relaciones laborales, familiares, amorosas y amistosas son casi más digitales que físicas. Y en el mundo laboral la revolución ha sido integral: en la últimas dos décadas hemos vivido la migración de la educación al e-learning, de las finanzas a las fintech, de la prensa, radio y televisión a los medios digitales; todo está construyéndose en digital, y esto no para de avanzar, por ello la principal habilidad que debes de aprender no solo es utilizar la tecnología, sino a cambiar, porque todo está cambiando y lo seguirá haciendo, y si no sigues el ritmo puedes quedar perdido, tanto en tu vida, como en tu trabajo, como en tu economía. Por todo ello debes de tener claro tus objetivos, tu «bienSTAR», calibrar con frecuencia tu brújula para que vivas lo que quieres vivir, sentir, hacer, tener. La realidad va a estar cambiando y no se va a detener, por lo que debes de aprender a adaptarte. El aprender a cambiar de forma acelerada te dará la agilidad necesaria para sobrevivir en esta selva de cambio. Bien lo dijo Buda hace mil años, «lo único permanente es el cambio», por ello la habilidad que debemos de dominar en estos momentos de aceleración y disrupción es la del cambio.

 

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